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“¿Y si el pueblo pide reggaetón, reggaetón?” Una mirada desde los estudios culturales



Probablemente no exista en el mundo un género más polémico que el reggaetón. Es uno de esos casos en que lo amas o lo detestas, no hay término medio. Es realmente curioso ver lo que dicen las personas de un lado y del otro para defender su punto de vista. Seguro que todos hemos escuchado el típico: “es pegajoso y me encanta para bailar” o “lo escucho desde que era pequeño, crecí con el reggaetón”; pero también hemos escuchado: “es machista, degrada a la mujer”, “es vulgar e inapropiado” y el popular “nunca escucho reggaetón”. Entrar en estos juicios de valor es complejo, así que propongo analizar este polémico género desde una óptica diferente, pensándolo como artefacto cultural. Para eso, nos remitiremos al Puerto Rico de finales del siglo pasado.


El reggaetón nació de una mezcla entre varios ritmos durante la última década del siglo XX: el reggae antillano –que apenas pocas décadas antes había comenzado a cantarse en español–, el Hip Hop y el rap en español. Al principio, al reggaetón se le dieron otros nombres –como underground–; su expansión fue rápida y masiva por todo el caribe. De pronto, las discotecas estaban plagadas de este nuevo género y, como ha pasado en más de una ocasión a lo largo de la historia, se convirtió más en una moda y un estilo de vida que en solo un género musical. Con una estética muy similar a la de los raperos y hoppers –gente que hace Hip Hop– norteamericanos, abundaba la ropa de horma grande, las cadenas de oro y plata y las gorras de sol. Por supuesto, desde sus inicios, la polémica rodeó al mundo del reggaetón. Las autoridades perseguían a estos nuevos artistas emergentes por el contenido –considerado inapropiado– de sus letras. Desde el principio, la lírica del reggaetón surgía alrededor de temas como drogas, sexo, pandillas, violencia y amor, impactando especialmente a un grupo social: los jóvenes y adolescentes.


Podemos entonces preguntarnos ahora ¿por qué el reggaetón fue tan violento desde sus inicios?, ¿por qué era un género destinado a ser marginal?, podríamos cuestionarnos acerca de la posibilidad de cambiar sus letras y quedarnos solo con la música y el ritmo –algo que alegraría a más de uno–. Sin embargo, no parece que ninguna de estas preguntas sea la indicada. El reggaetón es violento y marginal porque surgió como el fruto de una sociedad violentada y marginada. La población de los barrios bajos de las islas caribeñas es un grupo invisibilizado, problemático y cuya cultura, a menudo, es disminuida y poco valorada. El reggaetón, en este caso, está funcionando como un vehículo e incluso como un espejo de la realidad de estas comunidades. El reggaetón es muestra de su sufrimiento, de la represión que sufren, de su lucha diaria en una sociedad que no los acepta porque son diferentes, son los otros, quienes no encajan en la matriz social.



Analicemos entonces el reggaetón como un objeto cultural, como una herramienta de la que estos artistas se valen para decir: “eh, ¡estoy aquí!, yo también existo y esta es mi realidad social”. Estos jóvenes marginados están usando el reggaetón para dar a conocer su parte de la historia, una que nadie nunca les ha permitido contar. Si lo miramos desde esta perspectiva, es casi ingenuo pedirles a estos artistas que intenten ser más políticamente correctos, mientras ellos no han recibido esta misma cortesía por parte del grupo mayoritario que habla desde una perspectiva de poder y privilegio. Ellos hablan de su día a día, de la violencia que ven en sus calles, del papel que tienen en este círculo social y del rol que dan a otras personas. Es su manera de ver el mundo y, por lo tanto, hace parte de su cultura.


Por supuesto, el reggaetón ha cambiado de forma inimaginable desde sus inicios hasta ahora, pero su esencia sigue allí, oculta. Figuras actualmente relevantes en el género como Bad Bunny, Nicky Jam y la brasilera Anitta, de hecho, aún encarnan a esta sociedad marginalizada en sus letras y sus canciones. Por ejemplo, Anitta –exponente del “funk carioca” y conocida por el hit Downtown en el que participó junto a J Balvin– es una mujer nacida en las favelas de Río de Janeiro. El funk carioca, el primo hermano brasilero del reggaetón, ha sufrido los mismos prejuicios que este. Ha habido numerosos intentos de prohibir este género por sus orígenes humildes, por la incomodidad que supone escuchar este ritmo popular en una sociedad de ricos. “Es la manera en que la gente que vive ahí tiene para contar lo que le pasa”, menciona la cantante en una entrevista dada al medio Clarín. Es un intento por darle visibilidad a los problemas que usualmente pasan desapercibidos. Bad Bunny, por otro lado, encarna la figura del reggaetonero puertorriqueño. Y Nicky Jam, tal vez con la historia más dura de todas, creció en una familia pobre de Puerto Rico y se vio obligado a trabajar siendo menor de edad para ayudar a su familia.


A pesar de todas las polémicas que giran en torno al reggaetón, es curioso pensar en cómo este género urbano se ha expandido por todo el mundo. Según la plataforma de reproducción de música Spotify, el reggaetón es el género que más crece en el mundo desde 2017 –incluso más que el pop– no solo en Latinoamérica, sino en el mundo entero. Lo que podemos preguntarnos ahora es cómo, después de ser un género tan criticado, ha logrado ser el género más escuchado en el mundo. Es evidente que el crecimiento se debe, en gran parte, a la industria musical. Pocas veces esta ha invertido tanto en un género como lo ha hecho con el reggaetón; no solo ha creado álbumes número 1, sino también contribuido a divulgar la imagen y la estética reggaetonera. Ha sido una de las estrategias de marketing más hábiles de este siglo. Pero más allá de eso, es que el reggaetón es, por decirlo así, un género de consumo veloz. Sus letras son pegajosas, el ritmo invita a bailar –aunque nadie sepa a ciencia cierta cómo hacerlo– y, al final del día, la industria realmente invierte para que los jóvenes no puedan sacarse de la cabeza las canciones. Aparecen en todo lado: en las discotecas, en transporte público y hasta en propagandas de telefonía e internet. Además, la latinidad siempre ha sido un elemento de encanto para el resto del mundo. El uso de lo tropical, lo alegre y de colores vivos es una estrategia que también ha adoptado la industria para vender este género al mundo. Lo latino impacta porque es visto desde el exotismo; esa otredad fascinante del trópico es muy difícil de ignorar para el resto de los continentes.


Pero también debemos hablar del problema y las implicaciones del exotismo, de esta esencia caribe deslumbrante que le ha dado la vuelta al mundo y que comienza a ser copiada en muchos otros lugares, no solo en el plano musical, sino también estético y artístico. Solo hay que pensar en figuras como Selena Gómez, cantante estadounidense que apareció cantando reggaetón junto a Ozuna y Cardi B hace un par de años en el éxito Taki Taki. La canción, después de convertirse en un éxito rotundo en internet, se prestó para muchas charlas y opiniones en torno a un tema que últimamente está en auge: la llamada apropiación cultural.


La apropiación cultural responde a la hiperglobalización del mundo, donde ahora nada permanece en secreto y todo se sabe y se conoce. Este fenómeno radica en la utilización de una cultura ajena por parte de entes externos a esta, ignorando en muchos casos las características históricas que poseen los artefactos que sufren la apropiación. Las posibles consecuencias de esta utilización de la cultura es la banalización de estos artefactos. La cultura, entendida como un bien inmaterial, deja de pertenecerle a unos y pierde parte de su importancia y simbología. ¿Es este fenómeno de la apropiación un aspecto negativo de la globalización? A mi modo de ver, no hay nada de malo en la apropiación cultural, siempre y cuando se haga entendiendo y respetando el relevancia intrínseca de dichos artefactos. Tomar un bien cultural, material o inmaterial, para un disfrute propio, no es ningún crimen. Al contrario, pienso que si se hace con conciencia es incluso una manera de reconocer y darle un valor a estas culturas olvidadas o desconocidas, como sucedió en el caso del reggaetón.


El problema está en el otro lado, cuando, en lugar de apropiarse de algo, se expropia a un grupo de elementos de su cultura, porque esto implica que no le sea arrebatado un objeto, sino un saber, una conciencia de clase y una epistemología del mundo. Se podría decir entonces que el reggaetón ha sufrido un caso grave de expropiación cultural. Aunque valdría la pena pensar qué es lo que realmente se les está despojando –¿un saber cultural o simplemente un ritmo musical? – y si para los reggaetoneros esta expropiación ha tenido una consecuencia negativa. Al parecer, no es un problema prioritario en este medio, ya que esta industria busca la fama y el espectáculo, no una revolución política y cultural. El reggaetón, a pesar de su trasfondo histórico y de clase, es banal. Ya no habla de la vida de los barrios bajos del caribe, ya no habla de la lucha, ya no habla de una clase social invisible. Ahora solo se limita a la rumba, el sexo, la juventud y el disfrute. El reggaetón ha dejado de ser de los puertorriqueños de barrios bajos y ahora le pertenece al mundo en su totalidad, y esto se entiende como una ganancia en este medio.

Sin embargo, podríamos preguntarnos cuáles son las consecuencias de este inmenso consumo mundial del reggaetón para nosotros los latinoamericanos. Si la industria musical se ha dedicado a exotizar la cultura caribeña y latina, ¿qué imagen de América Latina se le está dando al mundo? Una versión muy reducida: rumba, juventud, colores y fiesta. ¿Qué hay de todas las otras manifestaciones culturales, pensamientos y luchas de nuestro continente? Estamos atrapados en los estereotipos creados desde y por el reggaetón, y este ha contribuido a la disminución de demás prácticas culturales. ¿Cuántos otros ritmos y músicas han quedado estancados allá abajo, del otro lado del mundo de la industria y el espectáculo? Podemos pensar en un puñado de estos justo ahora: el hip-hop, la cumbia, el joropo, las músicas indígenas, etc. Estos géneros siguen siendo objetos culturales invisibilizados, sin poder. Así, solo nos queda preguntarnos si vale la pena que otros géneros sigan el proceso del reggaetón o si podrán encontrar su propio valor fuera del sistema globalizador.

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Por: Gabriela Valencia Reyes



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