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Una cuarentena caleidoscópica



Si tuviera que describirme en una sola palabra seguramente elegiría planificadora. Recuerdo que cuando comencé mi carrera en psicología me enteré de que tenía la posibilidad de homologar las prácticas haciendo una maestría en una de las universidades con las cuales la mía tiene convenio. Supe de inmediato que me gustaría hacer eso cuando estuviera por terminar la carrera. Comencé a tomar clases de italiano en la universidad y, cuando llegó el momento, apliqué a la maestría en psicología clínica y promoción de la salud de la Universitá Cattolica del Sacro Cuore de Milán. Viajé el 28 de enero con una amiga que también iba a hacer su maestría en la misma universidad. Apenas aterrizamos en el aeropuerto notamos que muchas personas llegaban con mucho equipaje, como si se estuvieran mudando al país. Recuerdo mucho a mi amiga diciéndome en ese momento “¿será que esto del virus se va a poner muy grave?”, y yo respondiéndole algo como: “¡qué va! Eso no se nos sale de las manos”.


Las dos nos quedamos en la casa de una amiga de mi familia, en Lissone. Nuestra permanencia ahí debía ser temporal ya que teníamos programado que apenas llegáramos habríamos comenzado a mirar apartamentos en alquiler que estuvieran más cerca del campus, dentro de la ciudad de Milán. Tuvimos la oportunidad de ir a la universidad un par de semanas por un curso intensivo que teníamos de italiano antes de que comenzaran las clases. No obstante, todos nuestros planes cambiaron porque unos cuantos días después de llegar a Italia salió en las noticias que ya se habían detectado los primeros casos del virus en el país, varios a pocos kilómetros de Lissone. En los días consecutivos escuchaba los números crecientes en las noticias y me asustaba. El siguiente punto focal identificado por la zona en la que estábamos era la estación de Sesto San Giovanni, esa donde nosotras tomábamos el tren a diario; no lo podía creer, fue muy impactante. Pensar que allí, en esos lugares que había visitado apenas unos días antes, ahora había un enemigo sin rostro me provocó una fuerte sensación de extrañamiento. Toda la situación era escalofriante; sin embargo, me reconfortaba pensar que al menos con la detección de esos primeros casos podrían empezar a tomarse medidas, trataba de convencerme de que no iba a pasar nada malo y de que el gobierno iba a manejar la situación muy bien.


Los días previos a que empezara la cuarentena –el 23 de Febrero– fueron muy angustiosos. Yo dejé de salir, y después de enterarme de que tres de los siete estudiantes de intercambio de la maestría habían vuelto a su lugar de origen en vuelos de última hora mis inseguridades aumentaron. Mis papás estaban tranquilos en Colombia, me decían que era más prudente que me quedara, pero un correo recibido de parte de la organización que me ayudó a tramitar el viaje aumentó mi preocupación. En este me proponían la posibilidad de volver a Colombia en un vuelo humanitario que presuntamente sería facilitado por la Cancillería. Mi amiga y yo ya habíamos pensado que nos quedaríamos; mas decidimos de igual forma llenar el formulario. Nunca recibimos una respuesta.


Los siguientes días fueron difíciles, el tiempo fue mi peor enemigo. Recuerdo uno de los momentos más dolorosos de toda la cuarentena, cuando salió en las noticias uno de los primeros casos de suicidio de personal médico que hubo en el país por la crisis, la víctima era una enfermera que vivía acá, en Lissone. Entonces en esos días yo replanteé todo a mi alrededor, sentía más que nunca el privilegio de poderme quedar en casa frente a gente que tenía que salir a exponerse todos los días. La irresponsabilidad de las personas que rompían las normas me dolía y me hacía preguntarme “¿qué tanto estoy haciendo por ayudar, de verdad servirá de algo si la conciencia colectiva parece no prevalecer?”. Te cuestionas cuál es el punto de todo cuando ves que en Instagram todos usan esos stickers de Todo va a estar bien, se forman tendencias y hashtags; pero te asomas a la ventana y ves que en la práctica nada ha cambiado.


Hasta hace muy poco comencé a salir –con el comienzo de la fase 3 de reapertura– y puedo concluir que la cuarentena para mí significó aprender mucho no solo como persona, sino también como profesional en el área de psicología. Cada vez que a mí se me estaba rayando el disco pensaba en aquellos que no tienen acceso a los conocimientos o a la ayuda que podría tener yo. Sin duda estos momentos de dificultad universal reafirman la importancia de la salud mental. No sé qué pasará en el futuro. La incertidumbre para mí, como sé que es también para muchos, sigue siendo el denominador común de esta extraña experiencia.


ESTA HISTORIA FUE COMPARTIDA CON NOSOTROS DE FORMA ANÓNIMA

Adaptada por: Melissa Betancour

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