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The house: comunidad y soledad en el encierro



The House es una película franco-lituana dirigida por Sharunas Bartas en 1997. Más allá de cualquier personaje, el protagonista es, como bien sugiere el título, la propia Casa. Tanto así, que el filme es casi completamente silente y es la imagen la que nos cuenta toda la historia. En estas épocas de cuarentena no es necesario realizar esfuerzo alguno para identificarse con los personajes, que parecen haber vivido encerrados allí largo tiempo.


Las escenas del largometraje claramente buscan romantizar la Casa. Es un edificio enorme, rodeado de lo que parecen hectáreas de terreno virgen. Pareciera que en el pasado tuvo muy buenas épocas, equipada con muebles y objetos que claramente son finos; no obstante, el polvo y las telarañas son testigo de los años de abandono. Las cortinas están corridas y la luz del sol entra por las ventanas para desvelar la orfandad a la que alguna vez estuvo sometida; aun así, las habitaciones son grandes y la luz no es suficiente. Vemos únicamente parte de esta huella del desamparo, pero la Casa aún guarda muchos secretos para sí.


Así, la película parece inicialmente un tour que nos lleva por muchas de sus habitaciones y glorifica la Casa. Nos muestra la miseria en la que está en el presente, pero también podemos ver la grandeza que alguna vez tuvo, como un regusto que queda en la boca después de probar bocado. Es todo un ecosistema, independiente del mundo e incluso casi autosuficiente. Y no solo en aspectos de abastecimiento, sino también culturales. Se ve que sus habitantes tienen su propia forma de satisfacer anhelos y placeres dentro de la comunidad y que también tienen rituales propios. Decir esto último no es más que consecuencia de haberlo visto. Específicamente, cierta escena donde los habitantes bailan enmascarados, en una especie de danza alrededor de fuego y un gran árbol central. A medida que más vamos conociendo el inmueble, parece que menos nos esconde. Pasamos por habitaciones de grandes ventanales, que no dejan sombra alguna. Ahora bien, la Casa nunca pierde su misterio, de hecho, no es hasta el final que descubrimos que hace las veces de refugio, y que la fuerza que une a personajes de naturaleza tan variada bajo un mismo techo no es otra que la de huir de tanques y soldados.


A pesar de que vivan en conjunto, es claro la soledad empapa esa colectividad, como un río que se desborda e inunda el pueblo adyacente. Ni aunque Bartas lo gritara en plena película nos quedaría tan claro como cuando nos muestra al hombre afroamericano jugando ajedrez individualmente, aunque no viva solo. Pareciera que la ajenidad es ley, incluso entre la compañía. Cada uno de los inquilinos –y ellos en conjunto- transmiten la sensación de abandono, y una especie de ansiedad por llenar ese vacío. Curiosamente, parece que eso no hace más que llevarlos a la locura.


De esta manera, es claro que la Casa es todo un mundo compuesto de otros mundos menores. Es hogar de muy contrastantes grupos de personas e incluso de animales, como una perra que ocupa una habitación con todos sus cachorros. Con cada residente a su bola e indiferente al resto, The house parece una versión moderna de la Torre de Babel. Similar a muchos hogares en cuarentena, donde cada miembro de la familia está tan ensimismado en sus propias obligaciones que se enajenan de la realidad y al final pareciera que viven de forma individual. En el largo, las personas no se entienden entre ellas y, en un principio, tampoco realizan esfuerzo alguno para hacerlo; sin embargo, al igual que muchos ahora en familia, quiéranlo o no tiene que vivir en comunidad. Con el paso de las escenas, la interacción se aviva y los personajes van tejiendo una red cada vez más compleja entre ellos. Esta alcanza un clímax caótico cuando, en una cena, se reúnen en el comedor y parecen tantos, cada uno comiendo, moviéndose o charlando, que el resultado es un enredo turbio, pero a la vez casi coreográfico, sincronizado y armonioso.

De hecho, este tipo de escenas aparecen mucho a lo largo del filme. Ya había dicho que la historia nos la contaban con imágenes. Así, pareciera que el director las usa para entretenerse. Muchas veces nos muestra juegos con la figura y el movimiento de las personas, así como composiciones con luz que dan lugar a claroscuros y que exponen mucho más de lo que está en explícito en pantalla. En general, la imagen es muy cuidada. Tiene una tendencia a las tonalidades verdes, que le da cierta uniformidad al largo y resalta el tinte de misterio de la Casa.


Al igual que para nosotros, la realidad parece espesa y confusa dentro de ese encierro. Al principio, una voz que recita un monólogo dice lo siguiente, muy bonito para no rescatar: “En el futuro soy libre. Libre, porque aún no existe. No entiendo el presente. El momento presente es tan efímero...No estoy realmente seguro de que exista.” Creo que muchos nos podemos identificar con esas palabras. En estos momentos, donde el tiempo parece más que nunca una construcción social, con jornadas idénticas trascurriendo a un ritmo muy extraño, nuestras casas son lo único que día a día conocemos. Y el techo bajo el que nosotros, también, nos refugiamos, de lo poco que podemos estar seguros.


Por: Andrea P. Gómez Jaime

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