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Retos en la transferencia tecnológica: de la investigación al mercado

Actualizado: oct 12




Investigaciones, resultados, experimentación y soluciones a problemas específicos hacen parte del panorama al que se enfrentan los investigadores colombianos desde la academia. Muchas de estas investigaciones resultan en publicaciones de revistas especializadas. Sin embargo, otra alternativa ha estado tomando fuerza para que no solo se plasmen en una publicación científica sino que lleguen a tener un impacto en forma de productos o servicios, los cuales puedan traducirse en beneficios para la sociedad y el ambiente. Esta alternativa se denomina transferencia tecnológica y comprende el conjunto de procesos y actividades que permiten llevar los resultados de investigación -logrados en la academia- hacia los actores del sector externo.


El Uniandino habló con Giovanna Danies, Jairo Escobar y Alberto Barros, conocedores del proceso de transferencia tecnológica para generar una visión global sobre las ventajas, problemas y oportunidades que se presentan en este campo.


Estrategias contra la desinformación - Alberto Barros y Jairo Escobar


En 2015, la Vicerrectoría de Investigación y Creación de la Universidad de los Andes fundó la Oficina de Transferencia de Tecnología y Conocimiento para fomentar el proceso de transferencia tecnológica desde la academia al sector externo. Su misión, en palabras de su director Jairo Escobar, es “buscar y encontrar rutas en donde los resultados de investigación que surgen en la universidad se transformen en productos/servicios que puedan llegar a tener un impacto social y económico en el país”.


Adicionalmente, Alberto Barros, gestor de transferencia y propiedad intelectual de dicha oficina, expresa que “desde acá se ofrece una estructura para que los profesores puedan avanzar a partir de un acompañamiento. Lo que antes ocurría era que los profesores tenían las ganas de tener esta transformación comercial y tenían que estrellarse un par de veces. La apuesta es constituir un equipo interdisciplinar, que pueda guiar y orientar a los investigadores para que no tengan que recorrer el camino sin rumbo”.


Las estrategias que menciona Escobar para fomentar el paso de la academia al sector productivo se centran en tres campos. El primero es dentro de la universidad “porque creemos que, para que esto realmente tenga un impacto, debe ocurrir de una manera más sistemática, no tanto casual [...] y una de las estrategias para que esto suceda se basa en entrar en contacto con toda la comunidad uniandina para que esta ruta la conozcan y sepan que la universidad la está implementando. Por eso, ¡entre más gente sepa de esto, se verán mejores resultados!”


El segundo campo, dice Escobar, es fuera de la universidad “porque nada sacamos con tener gente que está consciente de esto, que tiene un objeto transferible con resultados de una altísima calidad, si nosotros no tenemos afuera alguien que lo reciba”. Por último, el tercer punto consiste en “ese campo medio en el que nos preguntamos ¿cómo protejo mis resultados? y eso depende mucho de lo que se quiera proteger y ahí entran expertos, que tenemos en esta oficina, que saben cómo proteger, cómo compatibilizar la generación de una patente con un modelo de negocio o explotación del resultado de investigación”. Para complementar, Barros expresa que ese campo medio es la Oficina de Transferencia porque son ellos el puente que acerca a la academia con el sector externo para generar una interacción favorable entre las dos partes.


Barros y Escobar concuerdan que los principales retos son el desconocimiento de la información y la existencia de mitos alrededor de este campo. Entre ellos están pensar que si se revela la investigación se la van a robar, que la patente es un fin y no un medio o que al proteger algo se privatiza el conocimiento. Entonces, desde la Oficina de Transferencia y Conocimiento se han establecido canales para romper con la desinformación y los mitos que son perjudiciales para el paso de la academia al mercado. Uno de estos canales, dice Barros, es “ir a cursos introductorios de algunas carreras para darles a los estudiantes bases sobre propiedad intelectual. También asistir a los cursos donde nos inviten y responder todas las dudas que tengan sobre este campo poco tratado en la academia”. Escobar añade que estas iniciativas pretenden fomentar un cambio de cultura, para ilustrar sobre conceptos clave para ver las patentes como un indicador de invención más no de innovación, en donde la patente, complementa Barros “es el mecanismo para proteger los resultados, un motor de la economía”.


En muchas ocasiones, dice Escobar, se tiende a confundir la propiedad intelectual con “paranoia intelectual” de las patentes. ¡Se intenta patentar cualquier resultado de investigación sin antes ver si esto es innovador o resuelve un problema de la industria! Y esto se observó en 2015, cuando la Superintendencia de Industria y Comercio (SIC) creó unos incentivos para aumentar el número de patentes hechas por investigadores colombianos. Así, para Escobar, los incentivos generaron un ¡boom de patente todo! Sin embargo, desde 2017, el entorno colombiano cuestionó el tema de las patentes, pues el desarrollo de una sociedad no se mide por el número de patentes, sino por el número de problemas que resuelve cada invención. Esto se evidenció en Los Andes, pues, según las estadísticas de propiedad industrial de la Superintendencia de Industria y Comercio, durante el periodo 2015-2016 los investigadores uniandinos presentaron 14 solicitudes de patente, de las cuales solo el 14% fueron concedidas, mientras que durante 2017-2019, se presentaron siete solicitudes pero el 72% se han convertido en propiedad intelectual protegible.


Estos resultados patentables, además de ser innovadores deben respetar los procesos e invenciones tradicionales -como el proceso de elaboración del queso paipa-. Para esto, Escobar y Barros expresan que se debe romper esa tradición individualista y propiciar una colaboración de los sectores, porque seguramente, los sectores productivos serían más fuertes si se buscaran asociaciones para mejorar y proteger procesos.


Por último, Escobar concluye diciendo que “la universidad y la Oficina de Transferencia y Conocimiento ya se sabe esas mañitas para cada área y si se acercan a la oficina aconsejamos: para un resultado en particular, le decimos qué parte es protegible y le podemos mostrar un camino general de cómo protegerlo, haciendo énfasis en que la patente no es un fin pero sí es la herramienta, que debe ser buena y sólida porque sino, no sirve”.





Del aula a la invención - Giovanna Danies


Giovanna Danies, profesora del Departamento de Diseño y unas de las creadoras del énfasis en biodiseño está en proceso de patentar uno de sus resultados de investigación. Este resultado viene de un proyecto de Estudio 7, uno de los cursos que ella dicta. Según Danies, el grupo responsable del proyecto se interesó en una biotecnología basada en la capacidad de congelar el agua por medio de una proteína bacteriana que ya existía en el mercado. Usando esta proteína se creó un contenedor para el transporte de vacunas a zonas rurales.


El desarrollo de este proyecto se dió gracias al trabajo de sus estudiantes y a la formación de un grupo interdisciplinar, pues comenta Danies que “trabajar en un grupo interdisciplinar es de lo más emocionante que hay en el mundo, nada es imposible de hacer; todo el mundo tiene un aporte para la investigación desde una perspectiva distinta y lo que hacemos es complementarnos ¡todo es ganancia!”.


Sobre los retos durante el proceso de transferencia tecnológica, Danies menciona que el primer reto al que se enfrentan los científicos es al cambio de mentalidad pues “como científicos es muy posible hacer muchas cosas a nivel laboratorio, pero a la hora de saber si realmente eso que hicimos en el laboratorio es una solución real, es difícil definirlo por problemas de escalabilidad, de costos, entre otros”. Para contrarrestar esto, añade Danies, “hay que entender el problema que se abarca desde una perspectiva mucho más global, más incluyente del ambiente, del proceso, de la adopción de la tecnología que estoy proponiendo”.


Danies concuerda con Escobar y Barros al afirmar que otro reto para pasar de la academia al mercado es la existencia de mitos, por ello recomienda patentar para lograr proteger las ideas. Para ella, proteger no necesariamente quiere decir “me voy a adueñar de algo para que nadie más lo pueda hacer, pero sí me puedo adueñar del uso que va a tener, ya sea un uso para poder recuperar algo de recursos o un uso donde la gente tenga libre acceso a este”.


Para la académica otro reto para fortalecer el puente entre los investigadores y el sector externo es la diferencia entre las velocidades de trabajo. Por ejemplo, “una tesis de pregrado se demora seis meses o un año, una de maestría se logra en dos años y la de un doctorado en 4-5 años, mientras que, ¡la industria quiere respuestas ya! para hacerle algo a la industria no hay que decir solamente ¡tengo esta solución!, hay que probar 50 soluciones sólo para saber cuál funciona”.


Existe un problema de la educación en ciencia, pues enseña a sus estudiantes a escribir, buscar y leer artículos científicos, pero pocas veces enseñan cómo buscar, leer y escribir una patente. “Cuando uno aprende a entender patentes [...] uno dice ¡wow, toda esta información increíble que nunca había buscado porque no nos enseñan a hacerlo!” expresa Danies.


Por último, Danies concluye que, desde el aula, las estrategias para incentivar el paso de la academia al mercado se basan en convencer a los estudiantes de que sus invenciones tienen futuro. Entonces, dice Danies “es muy interesante decirle al estudiante: ¡no te imagines esto solamente como un proyecto de clase! Realmente desde el principio del curso yo quiero que ellos solucionen una problemática local con una visión global diciéndoles: esto que ustedes están haciendo hoy puede impactar al planeta, puede ser una oportunidad de negocio para ustedes, una solución para alguna comunidad o algo que realmente pueda causar un cambio.”



Por: Daniel Bustos Forero


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