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Respuesta a Quintero “McBain a base, nos atacan las feministas cristianas”


***Esta columna es respuesta a esta entrada de opinión.


María Andrea Campo es editora de Opinión en El Uniandino. Aquí su columna "Respuesta a Quintero “McBain a base, nos atacan las feministas cristianas”". Para contestar la columna envía tu propuesta a preiodicoeluniandino@gmail.com.



Para el filólogo Schleiermacher estamos atados a la realidad de las palabras porque solo entendemos el mundo a través de ellas, solo sabemos lo que significan. Además, cada quien las usa de forma radicalmente diferente. ¿Qué esperanzas tenemos entonces de entendernos, de comprender al otro? Más allá de la cuestión de libertad de expresión, que propone una salida fácil para evitar el problema de la comunicación, propongo pensarlo desde el ángulo de la empatía, del verdadero entendimiento. ¿Queremos entendernos? ¿Es posible entendernos? Y aún más allá, Schleiermacher nos lleva a pensar cómo el uso de las palabras es poderoso. Las palabras nos dicen cómo entender el mundo, tienen efectos materiales. Por eso ciertos discursos son violentos, minimizan, destruyen, olvidan, tanto como otros visibilizan, concientizan, incluyen o cuestionan. Las palabras hacen cosas. Le hacen cosas a otros, a nosotros mismos, afectan directamente los cuerpos y realidades de las personas. Este poder nos lleva a la pregunta importante: ¿se debe entender a todo el mundo? ¿Cualquiera merece ser escuchado?


Mi respuesta, hasta el momento, es que sería un error no escuchar a quienes no podemos entender. Pienso en las clases de colegio cuando los profesores repetían ‘no hay pregunta tonta’ y a partir de esas preguntas absurdas, poco elocuentes, el curso se daba cuenta si realmente entendía. ¿Cómo sabremos en qué estamos equivocados, o de qué manera estamos manipulando las palabras, el sentido de mundo, si no lo decimos y caemos en el error? Nos condenaríamos a la ignorancia, o peor, al solipsismo. Pero, ¿para qué entender los errores del otro? ¿Por qué soportar preguntas tontas, argumentos flojos, ideas pesadas, infundadas y violentas? Creo que, a pesar de que la comunicación es el medio para el rechazo o la invalidación también lo es para hacer posible la empatía, la respuesta y el cambio. Entonces me obligo a escuchar a aquellos que no puedo entender, tanto como editora como persona, a esas ideas que afectan nuestro sentido de mundo y la validez de sus agentes. Escuchando puedo responder y es con esta respuesta, por muy desconcertante y errada que sea la pregunta, que el mundo se puede reconfigurar devuelta.


Me pongo entonces en la tarea de responder la columna de Quintero como lo harían mis profesores de colegio.


He sido intransigente al hablar de pornografía especialmente desde que leí un pequeño discurso de la feminista radical Andrea Dworking llamado “Pornography and Grief” (1978) que les recomiendo leer completo. Acá va una traducción mía: “Cada vez más encuentro que el enojo es una pálida sombra al lado del duelo que siento. Si cualquier mujer tiene un sentido de su valor intrínseco, ver pornografía aquí y allá la puede mover a un enojo útil […] Pero esta experiencia visceral de odio hacia las mujeres me ha puesto más allá de la rabia y de las lágrimas. Solo les puedo hablar desde el duelo”.


El mismo sentimiento de duelo despierta la columna. Y lo hace porque falla en involucrarse en la idea implícita de que el placer erótico masculino se deriva directamente de la explotación sexual de mujeres y niñas. Primero con su insensibilidad, al dirigir la discusión a ‘lo curioso que resulta la alianza feminista con los sectores cristianos’ o a ‘cómo perfeccionar los mecanismos para eliminar el contenido ilegal’. Estas evasiones obvian de manera indigna lo más alarmante y vergonzoso que acolita Pornhub: la creación de estos ‘contenidos’ en primer lugar.


¿Por qué tenemos una sociedad que permite evidencias en vivo (ya siquiera decirle ‘contenido’ es insultante e infame para las víctimas) de pornografía infantil, abuso sexual y tráfico de personas? El ignorarlo es aún más grave que apoyarlo abiertamente al minimizarlo con una ironía insoportable pasada por ‘ingenua’ que pone ‘la prohibición del porno’ delante del verdadero problema. ¿A quién le importa la censura del porno cuando la verdadera lucha de Laila Mickelwait y del National Center on Sexual Exploitation es en contra de la deshumanización de mujeres y niñas a través de la repartición pública de los actos sexuales violentos cometidos por el lucro y divertimento masculino?


Lo que nos lleva a lo segundo. La columna evade las consecuencias de la violencia sexual y de los bastos efectos de la explotación masculina sobre los cuerpos femeninos por su propio entretenimiento, escondido bajo excusas denigrantes de ‘normatividad sexual’ y ‘libertad de kink’. Lo importante no son las víctimas ni la violencia sexual, lo importante en la columna es la protección, la subsistencia del porno. Esta defensa me transporta nuevamente a las palabras de Dworking : “Lo más terrible de la pornografía es que evidencia la verdad masculina como la verdad universal. […] Sea abiertamente vista o no, los valores que expresa son los mismos valores de los actos de violación y de violencia doméstica, en el sistema legal, en la religión, en el arte y la literatura, en la sistemática discriminación económica femenina, en las academias moribundas y por los buenos, sabios e iluminados de todos esos campos y áreas. […] Sea ilegal o legal, funciona para perpetuar la supremacía masculina y los crímenes de violencia en contra de las mujeres porque condiciona, entrena, educa e inspira a los hombres a despreciar a las mujeres, usarlas, lastimarlas. La pornografía existe porque los hombres desprecian a las mujeres, y los hombres desprecian a las mujeres en parte porque la pornografía existe”.


Todos entendimos lo que quería decir Quintero, así no lo hubiera dicho explícitamente, así lo hubiera ocultado en la cobardía de ‘apoyar el sexo no convencional’ o ‘tener que bajar todas las plataformas porque igualmente todas publican abuso sexual y pornografía infantil’. Es poderoso el lenguaje, hace cosas, afecta lo real, tanto para quienes leyeron a Quintero y apoyaron sus falencias, su máscara ideológica, su misoginia internalizada, como para quienes resignificaron y reconfiguraron este discurso para hacerlo evidente y deslegitimarlo, cambiarlo, abrir un nuevo sentido del mundo que haga y piense, que cree las cosas diametralmente opuestas al odio y a la falta de empatía.


María Andrea Campo

Editora de Opinión de El Uniandino



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