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Palabra/territorio: mi cuerpo

Mensaje para las personas que por cualquier razón se han negado a narrar su cuerpo


En esta entrada, Clara Gómez, estudiante de maestría de la Universidad de los Andes relata su historia de cómo ha logrado conquistar su cuerpo y deja un mensaje para las personas que se han negado a narrar su cuerpo.


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Comparto mi relato porque compartirlo es para mí la mayor conquista en un largo proceso de autorreconocimiento, de aprender sobre mí y sobre cómo puedo quererme. Las palabras que vienen a mi mente incluyen “victoria”, “logro”, “meta” y, como ya vieron, “conquista”, pese a que ya nos han dicho mil veces que cuando se trata de afecciones a la salud nunca es una lucha, una competencia o juego. Sin embargo, al decir que he conquistado mi relato quiero referirme literalmente a lo que evoca: he llegado a un espacio conformado por mi propia trayectoria de vida, he puesto mi bandera y he determinado sus límites y significados para poder hablar. Este relato es el territorio que habito y al que le he dado significado durante los años y, al habitarlo, he encontrado un espacio seguro que encuentra su materialidad en mi cuerpo.


Desde pequeña he tenido afecciones en la piel que con el tiempo y la ayuda de numerosos médicos logramos identificar como una dermatitis de tipo psoriasiforme que se manifiesta en mis manos, muñecas, pies y eventualmente en la cara. Actualmente estoy en nuevos estudios por algunas formaciones diferentes en otras partes de mi cuerpo, que me han llevado a revivir nuevamente las prácticas médicas, la espera, el pasar de un profesional a otro siempre con preguntas. Nuevamente interpelarme a mí misma sobre mi cuerpo, luego de que ya había aprendido a vivir con una condición conocida y nombrada. Es un proceso que ha definido mi relación con mi cuerpo y la relación de mi cuerpo con los otros.

Al principio recuerdo mucho dolor y molestia, que con el tiempo se convirtieron en miedo a que alguien me tocara y en la adolescencia a que la persona que me gustara no me quisiera coger la mano o que al hacerlo sintiera mi piel quemarse. Recuerdo alguna vez que entre risas confesé que incluso al ir a la iglesia me aterraba el momento del saludo de la paz porque implicaba dar la mano a desconocidos, haciendo que mis dos mayores miedos se hicieran realidad: la incomodidad del contacto y las miradas de sorpresa de la gente. Y, sin embargo, en mi adolescencia nunca me sentí realmente confrontada con la idea del señalamiento por mi piel.


Al entrar a la universidad me encontré con más preguntas, con comentarios incómodos y con miradas imprudentes. La decisión, tácita hasta ese momento, se convirtió en una estrategia clara: tapar mis manos, mis brazos, mi piel cuando fuese necesario. Las explicaciones esquivas, las privaciones sobre la alimentación, el estrés, el calor o cualquier cosa asociada con la aparición de nuevas manchas. Nunca faltó el amigo que hiciera chistes al respecto, el que usara palabras o términos irrepetibles pensando que la mofa hacía parte de la relación. Sí, definitivamente la solución fue tapar mi piel y con eso evadir cualquier palabra que pudiese decir al respecto.


En TransMilenio aceptar que la gente corriera sus manos cuando veían las mías, no usar accesorios en las manos (de ahí mi gusto por los aretes grandes y pañoletas para llevar la atención a otras partes del cuerpo), aceptar no arreglar mis uñas para evitar la reacción en el salón de belleza…construir un repertorio cuyos extremos iban desde el ocultamiento, hasta el llamado de atención a otras de mis características, físicas o no. Un repertorio performativo que incluyó cirugías estéticas, cambio en el color de pelo, accesorios, vendajes y creación de historias alternativas que me permitieran jugar con lo que quisiera decir sobre mi piel: que había sido un accidente, una reacción alérgica al agua o al sol, el reflejo de mi estado de ánimo (lo cual sí es verdad, es un proceso llamado somatización que hace que la piel empeore en estados límites), etc. Un repertorio que, finalmente, cansa.


Tal vez el cambio inició con un diagnóstico. Llegados los 23 o 24 años un médico le puso nombre a lo que se veía en mi piel, otra médica me enseñó que era algo con lo que iba a vivir y que por ende debía aprender a conocerlo y tratarlo, y otra médica más que encontró un nexo detonador con las situaciones límite que al controlarlas me permitían cierta estabilidad anímica y física. Ahora, cuando me preguntaran, podría elegir una historia inventada (que a veces son divertidas, no lo niego) o una respuesta con asidero médico. Además, al salir de la universidad volví a tener cierta tranquilidad, la inexistencia de relaciones de confianza en el ámbito laboral me libró de las preguntas incómodas y los comentarios pesados. Ante las dudas respondía cualquier cosa.


Antes de seguir, quiero invitar a un ejercicio rápido. Imaginen que están frente al espejo y ven su cuerpo con manchas rojas, como heridas de quemaduras, moradas y grises según el momento de la cicatrización; su piel con estrías grandes y oscuras en la espalda y en los brazos. Yo creo que me veo bien, creerían que al desnudarme o ponerme vestido de baño sentiría miedo o pena. No, mis preocupaciones son las mismas (desafortunadas) de cualquier mujer: si estoy gordita, no bronceada, tengo celulitis o no. Mis inseguridades aparecen cuando me toca hablar sobre mi cuerpo, porque ahí es donde me toca saber que, aunque me sienta hermosa y lo sea “parcialmente” en los cánones de belleza actuales, hay alguien externo que ve diferencias que al hablarlas me toca reconocer y explicar.


Más adelante conocí nuevos discursos sobre mi cuerpo: la idea de mi cuerpo como territorio, la invitación a la aceptación, el llamado a hacerle frente al patriarcado dándole la espalda a los cánones normativos en cuanto a la belleza. Yo me siento hermosa y es lo que importa, debo verbalizarlo. Ya no solo aceptar mi cuerpo en privado, sino también en público, no por medio del performance, sino de la palabra. Pareciera que es el fin del camino. Ya no oculto las manos, solo me cubro las heridas cuando duelen bastante y cualquier contacto es molesto. Una conquista de hace unos años…pero hay más.


Hace unos meses me pidieron una foto mía y tuve una sorpresa y revelación: no tengo fotos mías. Claro, tengo una cuenta de Instagram llena de selfies y fotos con amigos, pero no hay una foto mía (sola, frontal, donde mi cara sea visible sin muecas o filtros). Aquí es donde la conquista se hizo real: descubrí que al ocultar mis manos ¡negué en general mi cuerpo entero! Podrían reírse de los intentos de tomar la foto, todos los movimientos para tomarla eran torpes y ninguna imagen reflejaba ni un poco cómo me veía. Entonces entendí: mi repertorio de negación y de buen humor para crear historias había sido mi defensa, pero además estaba soportado en un discurso súper poderoso según el cual al negar mi aspecto físico yo no era vanidosa (algo muy mal visto en muchos escenarios), sino que había encontrado lo que realmente importaba en mí (la inteligencia, la personalidad, mi empatía, etc.) ¡No! Había negado mi corporalidad en búsqueda de un refugio y una excusa y lo había hecho basada en un discurso aparentemente correcto. Viví 26 años negándome mi cuerpo y viéndolo solo como algo con lo cual convivir. Es casi como sentir lástima por mi cuerpo.


Hace unos días, en medio del trabajo de campo para mi tesis, se acerco una niña, me cogió la mano (ya podrán intuir la incomodidad que eso produce en mi) y me pregunto qué tenía “ahí”. Le explique qué le pasa a la piel con condiciones psoriasiformes. No sé si le quedó claro, pero no dijo más. Su abuela me preguntó si con el calor era peor y me recomendó algunas cremas. Pude hablar de mi piel, no invente historias ni evadí el tema. Ahí me di cuenta de que estaba lista para hablar. Y hablar para mi es la cúspide de este proceso. Hace unos años me habría dado pena o mi caso lo habría considerado irrelevante. Puede que sea irrelevante como caso de interés para muchos, pero para mí es importante y quería compartirlo con ustedes, lectores.


Si tuviera que dejar un mensaje diría que hablar, narrar, es parte importante de la conquista (recuerden la imagen literal del primer párrafo) sobre el territorio que es nuestro cuerpo. Y finalmente, lo más importante: negar nuestro cuerpo no hace parte de esa conquista, sino que reproduce los discursos culposos sobre nuestra corporalidad, sensaciones (sensualidad), placer y hacer en nuestras vidas. Hoy, usando el concepto de body positive, entiendo que vivir mi cuerpo y narrarlo es mi retribución por dos décadas de negación y ocultamiento. Sentirme y narrarme guapa es el espacio conquistado para mi desenvolvimiento.

Por :Clara Gómez, estudiante de maestría de la Universidad de los Andes


*** Blogs El Uniandino es un espacio abierto a la comunidad que ofrece el periódico El Uniandino para explorar temas nuevos, voces diversas y perspectivas diferentes. El contenido se desarrolla por los colaboradores con asesoría del equipo editorial del periódico

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