• El Uniandino

Ojo con el uribismo


Nicolás Ramírez, estudiante de Psicología de la Universidad de los Andes. Aquí su columna "Ojo con el uribismo" que envió como respuesta a esta entrada de opinión. Para contestar la columna envía tu propuesta a periodicoeluniandino@gmail.com


No es de sorprender que miembros del Centro Democrático (CD) intenten manipular la opinión pública con disparatados razonamientos. Aquel artículo lejos de demostrar el peligro de la izquierda, nos recuerda que ser universitario no nos exenta de ser crédulos, o de plano, imbéciles. El presente texto podría encargarse de desmentir las afirmaciones que allí se presentan, pero hacer esto sería insultar a la inteligencia de quienes leyeron aquella horrorosa proclama. Tal vez, lo único que comparta con la persona que escribió aquella sarta de mentiras, sea la creencia de que la democracia en Colombia está en peligro. Como es de esperar mi idea es contraria y (considero) sí está debidamente justificada.



El autoritarismo es algo a lo que debemos temer, pero desafortunadamente estamos ya muy acostumbrados a él. Recuerdo una clase en la que mencionaban cómo las autodefensas pudieron instalarse en muchas comunidades por medio de la promesa de un orden, pues estos grupos armados tomaban el papel del Estado en aquellas comunidades. De esta forma, la presencia del grupo armado parecía necesaria. La imposición de los paramilitares de un orden social abarcaba el castigo a criminales, la resolución de conflictos entre vecinos, la música que se debe escuchar, lo que se debe vestir, cómo se debe llevar el cabello; incluso, cuál debe ser la identidad sexual de los individuos. Todas estas “normas” fueron coherentes con el ideal de la mayoría. Así se planeó aniquilar la diferencia. Una idea similar de orden es peligrosamente difundida por el CD, un orden que solo contempla la existencia del “colombiano de bien”, católico, heterosexual y, principalmente, con muy poco sentido crítico.


La presión autoritaria de miembros y simpatizantes del partido CD se pueden evidenciar de muchas formas (opiniones problemáticas sobre el derecho a la protesta, su discurso sobre las instituciones y la aversión extrema a la crítica), pero últimamente esta se ha ejercido sobre el ejercicio periodístico y la libertad de expresión. Un primer ejemplo es la carta que envió el consejero del presidente, Luigi Echeverri, al periódico español El País en la que escribió: “No es democrático darles vitrina mediática a las fuerzas parlamentarias del narcoterrorismo” que se refiere a una entrevista a Iván Cepeda (que, por cierto, recuerda mucho a la columna a la que constantemente me refiero). Sucedió otra vez, cuando el CD publicó, según información de la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) del año pasado, un comunicado en el que “se señala de forma genérica e indeterminada a medios de comunicación y periodistas de hacer parte de una estrategia organizada para afectar al partido”. También se vió con la respuesta de Hassan Nassar al tweet de la periodista Paola Herrera, donde la encara diciendo “La empresa en la que usted trabaja también ha sido beneficiaria del PAEF en todos sus ciclos para salvar y proteger el empleo”.


Todo lo anterior es evidencia de que estos comportamientos no son fortuitos, obedecen a una maniobra organizada (en la que incluso mantienen un lenguaje propio del partido) de la cual la sociedad civil no puede defenderse. Esto es algo que de ninguna manera debe pasarse por alto.


Considero que la narrativa que mantienen los uribistas disuade la discusión y la reflexión de el aquí y el ahora. Es absolutamente necesario mencionar el tétrico panorama en el que nos encontramos: la Jurisdicción Especial para la Paz estima que 6.402 personas fueron asesinadas por el Ejército Nacional. Esto no debe ser solo la noticia que se escucha un día en la mañana, tarde y noche. Una tragedia que debería ser impensable ocurrió miles de veces y no nos dimos cuenta. Mi respuesta es que cada una de esas vidas, que ya no están, son importantes y no solo para la Constitución. Me importan a mí y, considero, debería ser así para todos a quienes se les denomina colombianos. Una política de Estado que se desplegó técnicamente para el asesinato sistemático de las que consideraron personas vulnerables, por las que nadie se preocuparía. A riesgo de parecer molesto debo recordarles nuevamente a los distraídos que la destrucción de la democracia ya la vivimos, pues en una siniestra incongruencia durante la llamada “seguridad democrática” no hubo seguridad y, peor aún, uno de los principales actores que contribuyeron a la inseguridad fue el Ejército por medio del asesinato selectivo a cierto “tipo” de ciudadanos.


Quisiera creer que el autor de la columna “Ojo con el 2022”, Vizcaya, es tan solo un estudiante de derecho que no parece saber lo que es la democracia, víctima del desconocimiento. Por desgracia, no es así. Él, tal y como sus copartidarios en la universidad, son ineludiblemente responsables de sus insostenibles posturas. Es detestable el enorgullecerse de la pertenencia a un orden social que los privilegia y los deja vivir (igual que a mí y a la mayoría de uniandinos) en una realidad sumamente alejada a la de la gran mayoría de colombianos. Vizcaya no se limita a ser otro abogado desconectado de la realidad, habla de la desobediencia civil como si fuera un acto reprochable sólo cuando lo hace alguien de izquierda y eso, honestamente, me produce asco. Habla de su temor a la pérdida del equilibrio de poderes como consecuencia de la victoria de la izquierda en las próximas elecciones, cuando el fiscal, la procuradora, el registrador y el defensor del pueblo son “fichas” del gobierno actual. Esto es algo, cuanto menos, absurdo. Concluyo entonces con la siguiente reflexión: no debemos caer ante una paranoia orquestada y propagada con el fin de influenciar y engañar a un futuro electorado. Podríamos, en cambio, confrontar la realidad que se nos presenta, les aseguro que al fijarse en ella encontraremos voces que narran desesperación y miedo, y les sobrarán razones para creer que el uribismo es lo peor que nos pudo haber pasado.


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Por: Nicolás Ramírez, estudiante de Psicología de la Universidad de los Andes.


*** Esta columna hace parte de la sección de Opinión y no representa necesariamente el sentir ni el pensar de El Uniandino.

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