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Nos conviene ser feministas


Camilo Mendoza es estudiante de Antropología en la Universidad de los Andes. Aquí su columna "Nos conviene ser feministas". Para contestar a la columna de Camilo envía tu propuesta a preiodicoeluniandino@gmail.com



Con el revivir mediático del debate sobre el feminismo (que no demora en terminar), producido por el bochornoso debate entre Alejandra Borrero y Amparo Grisales, me puse a ver distintas reacciones que suscita la noción de feminismo en esta colcha desjaretada de retazos que nos atrevemos a llamar nación colombiana. No tuve que buscar mucho para encontrarme con posturas muy diversas, pero hay un espectro particular de ellas con el que no coincido y del que me urge hablar en este texto. Me refiero a aquellas miradas que reducen el feminismo a un mero capricho de algunas mujeres, a las que juzgan precipitadamente, ignorando el problema estructural, identitario y relacional detrás de una sociedad machista, cerrada y desigual como Colombia.


Más allá de atacar estas posturas, que tienen una razón de ser y que son fruto del contexto cultural y social en el que hemos vivido, lo que busco es sacudir la noción de feminismo de esos prejuicios apresurados y pasionales, con el fin de poder abrir el tema de la igualdad de género en Colombia al tipo de discusión que en realidad merece. Para ello, basta entender que el feminismo, en términos generales, es una lucha de las personas por el igual acceso a libertades, derechos y oportunidades sin importar cuestiones de género. Es decir, aunque haya tenido su origen como una lucha de mujeres por igualdad que vale la pena reconocer y destacar dentro de este mundo diseñado para los hombres, por lo que aboga el feminismo contemporáneo (si es que se puede hablar de solo uno) es que, sin importar el género con el que sumercé se identifique, pueda gozar de las mismas cosas que cualquier otra persona. Sobra decir, entonces, que el feminismo no se reduce a una manada de “machorras” peludas y gritonas que buscan atención a través de la victimización. En últimas, el feminismo es una forma de vida que toma diferentes matices y manifestaciones, de acuerdo a quien lo concibe y cuyo campo de acción es la vida cotidiana.


Ahora bien, para que esto cale en nuestras cabezas, tenemos la labor de desnaturalizar nuestras nociones de feminidad y masculinidad, comprendiendo que estas son ficciones a las que les hemos dado un significado particular de acuerdo a nuestro contexto. En otras palabras, son construcciones colectivas que, como sociedad, tenemos el deber de moldear hacia unas ideas más incluyentes e igualitarias. Ya habiendo echado este reguero de lindas palabras y ya habiendo sacudido la noción de la que partió mi discusión, no hay que olvidar que el problema estructural se mantiene y que Colombia sigue siendo una sociedad machista, violenta y discriminatoria. Entonces, la pregunta es: ¿qué podemos hacer nosotros desde nuestros entornos cotidianos (como la Universidad), desde nuestras interpretaciones del mundo que construimos y desde nuestras formas de relacionarnos unos con otros para reproducir un discurso y unas prácticas en las que quepamos todos? Yo creo que la respuesta está en que nos conviene ser feministas. Es decir, luchar en el campo de batalla de la cotidianidad por un entorno en el que, quienquiera que seamos, podamos vivir en una Colombia que, como Estado social de derecho que se supone que es, nos brinde las mismas oportunidades a todos. No creo que esta lucha sea fácil, pero intento convencerme a mí mismo de que se puede.


P.s: Volviendo al principio, sería lindo que, cuando habláramos de la igualdad de género, fuera por sus implicaciones en la construcción constante de lo que somos como sociedad y no por el fugaz y mediático eco de Doña Amparo.



Por: Camilo Mendoza


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