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Nightcrawler: La sed insaciable de espectáculo

Actualizado: ene 11



Cuando pensamos en la violencia rara vez los medios de comunicación vienen a nuestra mente como perpetradores. Sin embargo, en la realidad, representan un importante eslabón en la perpetuación de las estructuras de violencia simbólica, e incluso material. Dan Gilroy con su obra debut Nightcrawler (2014) tiene muy claro esto, y pretende, además de recordárnoslo, hacernos ver que nosotros, como consumidores, somos el motor del macabro sistema. Protagonizada por un brillante y perturbador Jake Gyllenhaal, nos narra la historia de Lou Bloom, un desempleado, que encuentra la forma de lucrarse vendiendo cintas de accidentes y crímenes a los noticieros sensacionalistas. Con tomas cerradas a los rostros nos transmite las intensas emociones que provoca la noche, que es el espacio temporal en donde confluye todo lo que nos negamos a aceptar, cuando merodean las bestias sedientas de sangre en busca de su presa, y lo que al comienzo parece una sátira plagada de humor negro, se transforma en un reflejo alegórico fidedigno de nuestra realidad. Con planos picados y contrapicados, nos muestra a un antagonista que se debate entre lo terrorífico y lo patético, que es a veces un villano, pero también la víctima de una arquitectura social hostil.


Nightcrawler habla de la objetificación de los seres humanos como productos de consumo capitalista, como premisa más evidente encontramos la objetificación de la tragedia humana como entretenimiento morboso; al pasar a través de una pantalla todo se deshumaniza y en lugar de generar empatía, nos genera una fascinación enfermiza. Esto no se reduce solo a los medios amarillistas que muestran accidentes o crímenes sangrientos, sino también a las pequeñas pantallas con las que interactuamos a diario: los tabloides virtuales de chismes, las tendencias de twitter con la foto de Billie Eilish mostrando su figura, con el veredicto del juicio Jhonny Depp vs. The Sun o los lives de las celebridades a través de instagram. Cada aspecto nos pertenece, son nuestros artículos desprovistos de toda humanidad, cosas a las que les hacemos control de calidad: ¿por qué Billie Eilish luce tan “normal”?; “Luisa Fernanda no guardo luto suficiente tiempo”. Por ello, no es gratuito que la película se desarrolle en las calles de Los Angeles, la mayor fábrica de entretenimiento del mundo occidental. Lo que está mal en esta sociedad no es solo la violencia que tiene lugar en oscuros callejones, ni los noticieros de quinta que se lucran de una baja ética profesional; sino también los deslumbrantes espectáculos de Hollywood que resultan tan hipnóticos. Las calles de la ciudad, en tono sepia, lucen inmundas, no es el lugar glamuroso que nos han vendido, sino una ciudad que te devorara vivo.





Luego está Lou, en principio un personaje desagradable, manipulador y carente de toda empatía, que se alimenta de la sed de espectáculo; pero ¿no es Lou una víctima inevitable de las circunstancias?, una víctima del desempleo y en general de la sociedad anómica en la que vive, en la cual se le implantan metas culturales (bien interiorizadas por él, como nos deja ver en su filosofía de vida, que parodia a la hoy tan contagiosa “mentalidad de tiburón”) pero no brinda los medios para alcanzarlas, por lo cual, en su frustración incurre a vías ilegítimas para adquirir metas legítimas. En principio Louis es un personaje anómico, sin embargo, si se quiere ver así, la película es la historia de cómo logra acoplarse al sistema por medio de deshacerse de todo escrúpulo, lo cual nos deja un claro mensaje: para ser exitoso se debe elegir entre ser lobo u oveja, no hay otra opción. El sistema exige que todo se objetificado como producto, por lo tanto cada persona no es más que una ficha para ascender: la mujer es un objeto sexual, el joven no cualificado se traduce en mano de obra productiva y explotable, el latino, afro, o “diferente” en cualquier sentido, es un referente de peligrosidad a quien culpar de la violencia, y el hombre o mujer “promedio”, no es alguien más que en quien reflejamos nuestros miedos: “ese pudo haber sido cualquiera de nosotros”. Es un medio teatral por el cual se acentúan las diferencias y se crea un concepto de otredad, “gente como nosotros”, es violentada por “gente como ellos”. ¿Pero quién alimenta a esa arquitectura macabra? todos nosotros, quienes consumimos y clamamos por entretenimiento a cualquier costo, por medio de los múltiples productos culturales que en diferentes medidas contribuyen a estos fenómenos, de modo que sin verlo perpetuamos el sistema. Odiamos a Lou, primero por inepto y luego por cínico, porque finalmente muestra de una manera aséptica dos caras que odiamos de la sociedad a la que pertenecemos y a la que contribuimos y, por lo tanto, a una parte de nosotros.


En suma, Nightcrawler es una película inquietante que critica a los medios de comunicación y a sus consumidores, como perpetuadores del ciclo de violencia, a través de personajes que reflejan los antivalores a los que son obligados a incurrir los individuos en busca de encajar en los estándares culturales. Recomiendo la cinta porque brinda una perspectiva poco visualizada en el cine de los medios masivos, por medio de un humor negro brillante, un suspenso de infarto y como siempre la gran actuación de Jake Gyllenhaal, disfrutable si solo se quiere ver una película de acción el domingo o se quiere reflexionar acerca de la criminología.


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Por: Manuela Silva



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