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Necesidad del enfoque étnico y territorial en las políticas contra la COVID-19

Actualizado: ago 7

En esta entrada, Kristian Ibarguen, estudiante de Derecho en EAFIT, y Francisco Mazo, estudiante de Gobierno y Asuntos Públicos en la Universidad de los Andes, reflexionan sobre la importancia de actuar con prontitud en la aplicación del enfoque diferencial territorial y étnico en las medidas actuales y futuras en el marco de la lucha contra el coronavirus.


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La necesidad de políticas públicas con enfoque diferencial étnico y territorial es indiscutible. En medio de la pandemia y de cara a las políticas contra el coronavirus, Colombia no solo debe aprender y actuar rápido, sino que debe hacerlo teniendo en cuenta las particularidades de las regiones. Ahora bien, ¿cuáles son esas características particulares de las que tanto se pregona? Aquí buscamos aterrizar dicha necesidad a partir de particularidades socioculturales a la luz de la Región del Pacífico, donde predomina la presencia de comunidades negras y resguardos indígenas. Esperamos aportar a la discusión para que tomadores de decisiones, hacedores de política pública y la comunidad en general entienda, desde ejemplos pragmáticos, lo crucial que es el enfoque diferencial territorial y étnico.


Antes de empezar, entendemos que los tomadores de decisiones han actuado con un margen de maniobra difuso y teniendo como base la experiencia de los países en los que el virus tuvo presencia primero. Aun así, ya hemos convivido con el virus varios meses y todavía nos restan varios más y por ello es momento de actuar rápido a partir de un ejercicio de retrospección sensato. De hecho, esperamos que esta situación funcione como aliciente para fomentar e implementar más políticas que entiendan y se adapten las dinámicas de su población objetivo.


Partamos de que la Región del Pacífico comprende gran parte de los departamentos del Chocó, Valle del Cauca, Cauca y Nariño. En la región habitan cerca del 44% de la población afro y 30% de las comunidades indígenas de todo el país. Las comunidades afrodescendientes se caracterizan por su alto nivel de cohesión social, como si se tratara de la presencia intrínseca del concepto bantú Ubuntu: “soy porque somos” en el desarrollo de la vida comunitaria. Los pueblos afrodescendientes del Pacífico no son ajenos a esta realidad: cuando se miran de cerca nos encontramos con un entramado sociocultural que se funda sobre la solidaridad y unidad entre los habitantes del territorio. Ejemplo de estas relaciones son: la ritualidad mortuoria, el desarrollo de las fiestas patronales y la presencia de consejos comunitarios. Y, como es natural, la población tiene una fuerte aversión a dejar sus costumbres de lado. Hablemos de los puntos de cohesión antes dichos y los efectos que ha tenido la pandemia de COVID-19 en ellos.


Tal vez el momento de integración más afectado es la ritualidad mortuoria. Decía Rogerio Velásquez, etnólogo chocoano, (citado en Ayala, 2011) que “para el negro chocoano [por extensión, del Pacífico] morir en la cama rodeado de familiares y amigos, es gracia de Dios. Con acompañamiento largo es buena muerte”. La ritualidad mortuoria en las comunidades afrodescendientes del Pacífico colombiano inicia con la caída en enfermedad que pinta terminal, llamada “cama larga”, y se extiende hasta el último día del novenario y más allá en los años. Durante este período toda la comunidad (en el caso de la zona rural) o amigos y parientes (en los centros urbanos) se unen al dolor de la familia: lo sienten como suyo, le abrazan, rezan, cantan alabaos o gualíes según el caso (cánticos que se entonan durante el proceso mortuorio; surgen a partir a de la transversalización entre los himnos gregorianos de la Iglesia Católica y el ‘canto de lágrima’ africano). Todo esto, desde su cosmovisión, para liberar al ‘finado’ de las culpas y pesares que pudo tener en vida y ayudarlo a llegar al lugar divino, y acompañar a sus ‘deudos’ en el proceso de dejar partir el espíritu de aquel. En la zona rural, inclusive, existen ‘juntas mortuorias’, o el mismo consejo comunitario, que se encargan de recoger entre la comunidad el dinero e insumos necesarios para velorio, sepelio, entierro y novenas.


Prosigamos a hablar de las fiestas patronales. En los pueblos del Pacífico, aunque muchos actualmente tengan organismos organizadores de las festividades, es la comunidad quien se encarga de llevar a cabo cada detalle de estas: bailes “peseteros” y recorridos callejeros para recoger fondos, decoración del poblado, preparación de los oficios religiosos y arreglo del santo si es el caso, entre otros. Todo es realizado mancomunadamente. La comunidad en general es partícipe sin discriminaciones de algún tipo.


También es pertinente mencionar los ‘consejos comunitarios de comunidades negras’, organizaciones en las que una comunidad, asentada en un territorio específico y con unas relaciones propias con este, se organiza para su administración y preservación. Parten de la idea de propiedad colectiva y participación directa en la toma de decisiones; con la presencia de actores armados, también se organizan para defensa del territorio y el mantenimiento de las tradiciones en los centros urbanos donde llegan después del desplazamiento.


Estos tres escenarios dejan en evidencia la importancia de la cohesión social al interior de los pueblos afros en el Pacífico colombiano. Por ello, las medidas para prevenir el contagio de COVID-19, basadas principalmente en el aislamiento obligatorio, rompen con esta estructura sociocultural y amenazan la preservación de las tradiciones y la salud mental de las comunidades afrocolombianas. Finalmente, cabe recalcar que esta afectación se suma a otras propias de la región tales como estrés crónico, inseguridad alimentaria e hipertensión alta, que son causadas por determinantes sociales como el desplazamiento forzado, el espacio urbano no planificado y el desempleo y las condiciones económicas. Estas últimas son hallazgos del profesor Diego Lucumí, de la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes, en un estudio realizado en población negra en Quibdó.


No queremos adentrarnos en las relaciones sociales de los pueblos indígenas, las cuales desconocemos más allá de lo que se logra entender al convivir con personas de estas etnias o leer materiales producidos directamente en las comunidades, máxime cuando estas son variantes según las costumbres de cada caserío. Un factor común en las comunidades indoamericanas del Pacífico colombiano es el modo de vida basado en la sincronía comunidad-fauna-flora-territorio. Encontramos en el siguiente una descripción de un modelo organizativo de los asentamientos frecuentes. En un primer nivel, vemos casas grandes de estancias abiertas, llamadas “tambos” o “bohíos”, en las que todos los miembros de una familia conviven. Propiamente en la vida comunitaria, hay personas encargadas para la pesca, agricultura, caza, y cuyo producto del trabajo es esencial para el sostenimiento de todos. Establecen, ancestralmente, espiritualidades y medicinas basadas en la naturaleza y lo que esta les da.


Las políticas de prevención del COVID-19 les obligan a estarse en sus tambos, mas no se les garantiza seguridad alimentaria; les impiden realizar sus rituales ancestrales; les imponen aislarse de familia y comunidad. Hablamos de escenarios que no deben ser mirados como simples consecuencias necesarias de la prevención, sino como el rompimiento de una simbiosis milenaria y necesaria para la supervivencia de sus etnias.


Además del aislamiento, las instrucciones de vida en medio de la COVID-19 han sugerido la implementación de herramientas tecnológicas y digitales. Aun así, en muchos de estos territorios se carece de conexión a internet y el acceso a dispositivos tecnológicos se reduce a un pequeñísimo sector de la comunidad. Sin perjuicio de ello, proponemos que los gobierno locales tomen medidas que se adecúen al status quo de sus entidades territoriales. Esto significa la descentralización de la toma de decisiones de política pública. En este sentido, sugerimos que se trabaje de la mano con representantes barriales, con los Consejos Comunitarios y resguardos indígenas en la construcción de acuerdos y políticas que rijan a nivel local. Por ello, ponemos sobre la mesa las siguientes recomendaciones de Ana Gilma Ayala, Win Perea y Monseñor Barreto (expertos en asuntos socioculturales del Pacífico): (i) permitir la reunión de individuos para la celebración de costumbres, evitando a toda costa las conglomeraciones; (ii) fortalecer la infraestructura necesaria para transitar gradualmente a eventos en vivo (como conciertos y misas) y (iii) campañas de sensibilización y construcción de capacidad en torno a las consecuencias del virus, que traten a las personas como agentes racionales.


A manera de conclusión tenemos que el aislamiento como política pública atenta contra las dinámicas territoriales. Aquí vemos que, para las comunidades afrocolombianas e indígenas, y para su identidad y sus prácticas culturales, esta medida implica el rompimiento de las bases de su composición social. Esto es grave porque atenta contra la conservación de las costumbres la mayoría de ellas ancestrales. El llamado es a actuar con prontitud en la aplicación del enfoque diferencial territorial y étnico en las medidas actuales y futuras en el marco de la lucha contra el coronavirus.



Por: Kristian Ibarguen, estudiante de Derecho en EAFIT, y Francisco Mazo, estudiante de Gobierno y Asuntos Públicos en la Universidad de los Andes. Ambos nacidos en el Chocó.


*** Blogs El Uniandino es un espacio abierto a la comunidad que ofrece el periódico El Uniandino para explorar temas nuevos, voces diversas y perspectivas diferentes. El contenido se desarrolla por los colaboradores con asesoría del equipo editorial del periódico

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