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Los Andes contagiada: la renuncia, los ajustes y el encierro

Actualizado: may 26


Mientras los estudiantes de Los Andes se ocupaban de parciales, entregas, presentaciones y proyectos del primer corte, los directivos de la universidad se ingeniaban un plan para cerrar el campus y continuar con el semestre ante la inminente llegada del COVID-19 a Colombia. El jueves 12 de marzo, el rector, Alejandro Gaviria, comunicó la decisión de realizar la totalidad de las clases de manera virtual y remota, inicialmente hasta el 13 de abril: “La declaración de pandemia por parte de la Organización Mundial de la Salud genera un contexto en el cual la Universidad debe actuar de forma responsable y oportuna. Debemos anticiparnos a la presencia del virus en nuestro campus. El momento de actuar es ahora.”


Hoy, los 67 bloques de la universidad están completamente vacíos y cerrados. Así permanecerán hasta el final del semestre. Se continuarán las clases y las actividades administrativas de forma virtual.






Fase 1 - La preparación


El primer paso que el equipo de tecnología tomó fue el de asegurarse de aumentar la capacidad de almacenamiento y adaptar la infraestructura de equipos para el cambio

Desde inicios del semestre académico, el cuerpo directivo de la universidad comenzó a evaluar las alternativas y planes para preparar a los profesores, estudiantes y personal administrativo, directivo y de servicio para afrontar la veloz y agresiva propagación del virus que en ese entonces se veía tan lejano.


Cinthya Sánchez, directora de la Dirección de Servicios de Información y Tecnología (DSIT) nos explicó que a comienzos de febrero se conformó un “Comité pre-coronavirus” conformado por el equipo de la DSIT, Conécta-TE, el Centro Médico y los vicerrectores administrativo, financiero y académica. Allí, epidemiólogos de la Fundación Santafé les explicaron que la llegada del virus era inevitable y debían prepararse para implementar medidas radicales. La experiencia internacional les indicaba que eventualmente el campus debía cerrar. La consideración existía desde mucho antes que llegara a Colombia.


Con el paso de los días la llegada de la pandemia se acercaba y en cuestión de dos semanas el equipo de tecnología debía prepararse para la decisión que comunicaría Gaviria el 12 de marzo: virtualizar el 100% de las clases y actividades de la universidad.


“Toca intentar continuar con el semestre y sabemos que va a ser duro, doloroso y difícil, pero hay que intentarlo” dice Sánchez ante la decisión del rector. El primer paso que el equipo de tecnología tomó fue el de asegurarse de aumentar la capacidad de almacenamiento y adaptar la infraestructura de equipos para el cambio. Según Sánchez, fue clave cotizar y comprar anticipadamente los módems y dispositivos necesarios para la virtualización pues en la actualidad varias universidades cuentan con problemas de conectividad y los proveedores no dan abasto.




Fase 2 - La contención




Una vez tomada la decisión de virtualizar, en principio hasta mediados de abril, era necesario preparar a los profesores para adaptar los cursos y clases al nuevo formato. Comenzaron las capacitaciones pedagógicas y de herramientas para los profesores y se habilitaron los canales de comunicación con los directivos.


Se lanzaron foros, podcasts y reuniones virtuales como espacios de discusión entre profesores. En últimas la idea era prepararlos para la virtualidad, pero adicionalmente estos ejercicios evidenciaron sus inquietudes y temores: ¿Cómo se continuarían las clases con un componente presencial como laboratorios y talleres? ¿Cómo se daría apoyo psicológico a estudiantes y profesores? ¿Cómo se afectaría la calidad de las clases? ¿Cómo se iban a proveer los recursos tecnológicos necesarios para todos los estudiantes? Para el momento, había más preguntas que respuestas pues las decisiones se estaban tomando en la marcha y se le estaba apostando a un modelo que no se había implementado nunca en la universidad: “si esto lo hubiéramos querido hacer en otro momento, hubieran sido dos años de preparación [...] un curso toma aproximadamente un año para adaptarse a la virtualidad. La sensación era de caos y angustia, nadie en el área de tecnología dormía y aun así nada [salía] perfecto”, le dijo a El Uniandino la directora de la DSIT.


En medio de la confusión, la universidad aseguraba que el tránsito a la virtualidad estaba precedido por años de esfuerzos en el área de innovación en tecnología y educación. A pesar de esto, aunque algunos profesores habían transformado sus cursos a tipo blended, es decir una modalidad mixta entre virtual y presencial, había otros que jamás habían usado Sicua+, la plataforma de apoyo virtual que maneja Los Andes, y evidenciaban que el cambio súbito sería complejo. La transformación le llegó a todos al mismo tiempo y con unas pocas semanas de preparación. Andrés Molano, profesor de la facultad de educación, cuenta que incluso sintiéndose cómodo con la virtualidad el método de enseñanza adecuado era una incógnita cuando llegó la crisis. “Debemos estar dispuestos a cambiar de una semana a otra. Siempre tomé las decisiones pensando en qué sería lo mejor para los estudiantes, pero debo estar abierto a entender que tal vez no funcione”.


“Virtualizar un laboratorio experimental implica cambiar los objetivos de aprendizaje y flexibilizarse, el estudiante es el actor principal de su proceso educativo”

Sin embargo, el proceso con los profesores iba más allá de la adaptación del contenido del curso. A medida que se implementaba la virtualidad, se revelaban limitaciones que antes parecían no existir. En muchas ocasiones, el espacio físico era un componente esencial de la clase. Así sucedió, por ejemplo, en los cursos con componente experimental. El profesor Juan Gabriel Ramírez, del departamento de física, cuenta que el tema de los laboratorios ha sido un reto, pues requieren de instrumentos y métodos propios de la presencialidad. Sin embargo, y esto lo confirma el profesor José Alejandro García, coordinador del curso Laboratorio Intermedio de física, la meta es no postergar ni dividir los cursos. En palabras de García: “Virtualizar un laboratorio experimental implica cambiar los objetivos de aprendizaje y flexibilizarse, el estudiante es el actor principal de su proceso educativo”.


Así, se han repensado no solo las competencias pedagógicas sino también la finalidad de los cursos. Ramírez cuenta que para adaptar los laboratorios se debieron modificar los experimentos para realizarse con datos ya disponibles, llevarlos a cabo a través de simulaciones con softwares abiertos a los estudiantes o a través de cálculos teóricos. Los parámetros de calificación también debían flexibilizarse, pero el objetivo era que los estudiantes tuvieran la disposición de adecuarse a los cambios: “Hemos hecho un montón de cambios pedagógicos en formas y herramientas, teníamos claro que debíamos ayudarles a los estudiantes a encontrar nuevos caminos de aprendizaje”.


A pesar de la ansiedad y complicaciones generalizadas, se percibe optimismo en la preparación y los resultados de la virtualización para los profesores. María Teresa Gómez, profesora de la facultad de educación, considera que varios profesores se han dispuesto a colaborar con los demás para compartir sus experiencias y métodos. Para Gómez, “Esto es una reflexión pedagógica permanente que no se da si uno siempre está haciendo lo mismo. Es una oportunidad que me pone a pensar qué quiero que aprendan mis estudiantes y cómo lo voy a hacer”.



Fase 3 - La mitigación


“Nos angustia pensar cómo seguiremos con el proceso de aprendizaje. No siento que sea tan efectivo porque necesitamos contacto con maestros y compañeros. Es una vocación de creación, de trabajo en equipo y comunicación”

A punto de iniciar la semana de receso miles de estudiantes de fuera y dentro de Bogotá debieron planear cómo iban a acceder desde sus casas a las clases virtuales. Para ello requerían no solo de un computador con sonido y cámara, sino de una conexión a internet lo suficientemente estable para acceder a cursos remotos, trabajar en grupos, descargar archivos y enviar evaluaciones.


En principio se consultó a los estudiantes las necesidades y posibles limitaciones de equipos y acceso a internet que podrían enfrentar. El principal problema era red. La universidad contaba con aproximadamente 1700 computadores portátiles de los cuales ha entregado 282, según cifras de la misma DSIT. El acceso a internet, en cambio, ha sido más complicado. Primero, se entregaron módems de ETB en Bogotá, pero en cuestión de días se evidenció que era en otros municipios donde la necesidad de conexión a la red era superior. En ese momento, se compraron módems a Claro, pero por el aumento en la demanda de internet se demoraron más de lo esperado en llegar. En principio se debieron enviar directamente a los estudiantes, pero por el anuncio presidencial de la cuarentena obligatoria se cerraron las oficinas municipales de Claro y se debió coordinar internamente el envío de los módems. Hasta el momento, con la ayuda de redes de apoyo entre estudiantes, se han entregado 142 de estos dispositivos.


El proceso de proveer tecnológicamente a los estudiantes no estuvo libre de inconvenientes y confusiones. Louise Rivas, estudiante de quinto semestre de Ingeniería Biomédica, cuenta que en la semana de receso solicitó un módem de conexión a internet para llevarlo a su casa en Ciénaga de Oro, Córdoba. En principio fue a la universidad para reclamarlo, pero después de un par de visitas le dijeron que no tenían unidades disponibles. Su viaje su casa se acercaba. Al final, según ella, tras mensajes contradictorios, pudo enviar a un amigo para que recibiera el aparato y se lo enviara a su municipio. Sin embargo, considera que no hubo claridad en la comunicación e implementación de los mecanismos de entrega.


Adicionalmente, la carga emocional y psicológica a la que se sometía la comunidad universitaria era otro frente que debía cubrirse. En búsqueda de crear redes de apoyo, se implementaron los recursos de la Decanatura de Estudiantes para el acompañamiento psicológico que fuera requerido durante estas semanas. En una noche se actualizó la página web de Ágora para acercar a los estudiantes a los recursos de apoyo de la universidad. Ángela Patiño, jefe del Centro de Apoyo de la Decanatura de Estudiantes, explica que la idea era que los estudiantes encontraran recursos virtuales con información sobre métodos de aprendizaje y adaptación, cuidado emocional, actividad física y organización del tiempo. Además se habilitaron los servicios de Empleabilidad, Admisiones y Registros y Servicios Financieros. Según Patiño, la Decanatura de Estudiantes está en permanente contacto, a través de los canales virtuales, para escuchar y responder a las necesidades particulares de los estudiantes.


El martes 24 de marzo, al finalizar la semana de receso empezaron las primeras clases virtuales. Toda la universidad se conectó, principalmente desde Collaborate en Sicua+, para desarrollar las sesiones virtuales de sus cursos. Hasta el momento, no se han presentado fallas importantes en el sistema general. Algunos estudiantes han enviado solicitudes, inconvenientes y quejas particulares, pero el debate real, o por lo menos más visible, se ha dado en redes sociales.


El muro de los grupos estudiantiles en Facebook, las publicaciones de Twitter y las discusiones en grupos internos de WhatsApp han demostrado la confrontación de posturas entre los estudiantes. Relatos de experiencias particulares se han transformado en propuestas estructurales.


El pico de interacciones se dio el viernes 27 de marzo, cuando el rector anunció la modificación al sistema de calificaciones. Ahora las notas finales se medirán con un sistema cualitativo de aprobado/reprobado en vez de la usual escala numérica. Este anuncio estuvo acompañado con la noticia de la extensión de las clases virtuales hasta el final del semestre.





Quedan muchas preguntas sin responder, y parece que vendrán muchas más a lo largo del semestre. Para Valentina Ibarra, presidente del Consejo Estudiantil Uniandino (CEU), el proceso de implementación y la comunicación de las decisiones no ha sido sencillo. Desde el CEU, se ha sugerido, por iniciativa de los representantes de arte, que los representantes de cada departamento o facultad se encarguen de habilitar los canales necesarios para que los directivos reciban las solicitudes de cada estudiantes. Los esfuerzos del CEU se han concentrado en ser una vía de comunicación e información pues, según Ibarra, la capacidad de decisión de los representante es bastante limitada.


A pesar de las medidas implementadas, varios estudiantes consideran que la virtualización no funciona en muchos pregrados y que las medidas tomadas por la universidad realmente no logran solucionar los problemas de fondo.


Luna Ramírez, estudiante de cuarto semestre de música, cuenta que tanto sus compañeros como maestros están preocupados por el transcurso del semestre. Por un lado, varias clases del pregrado en música implican un nivel de corrección bastante detallado tanto de profesores como de compañeros de clase, adicionalmente en varias materias el resultado final debería ser un concierto con el resultado del trabajo del semestre. Algunos estudiantes no han podido acceder a los instrumentos que requieren para sus clases y a algunos otros se les ha dificultado acceder a programas de producción musical. Si bien considera que el departamento y los representantes han estado actuando activamente, piensa que las decisiones no se han tomado con la celeridad requerida: “Nos angustia pensar cómo seguiremos con el proceso de aprendizaje. No siento que sea tan efectivo porque necesitamos contacto con maestros y compañeros. Es una vocación de creación, de trabajo en equipo y comunicación”.


“no salgo por miedo a traer el virus a la casa. Vivo con mi abuela de 86 años, no voy a salir por una cartulina y pegante”

Por otro lado está el caso de diseño y arquitectura. Alejandra Restrepo, estudiante de cuarto semestre de arquitectura, nos dijo que en los primeros semestres hay varias clases tipo taller que requieren materiales específicos y metodologías especiales para la retroalimentación de los proyectos. Por otro lado, Luis Mejía, estudiante de octavo semestre de arquitectura, cree que es inviable seguir con el semestre de esta manera pues las afectaciones emocionales y familiares son una carga demasiado alta para algunos estudiantes. Además cuenta que para un estudiante de arquitectura, encontrar los materiales necesarios para realizar las entregas puede ser muy complicado. Y finaliza: “no salgo por miedo a traer el virus a la casa. Vivo con mi abuela de 86 años, no voy a salir por una cartulina y pegante”.


Nicolás Lozada, estudiante de penúltimo semestre de diseño y monitor de un curso con un alto componente manual y creativo que requiere el uso de materiales y herramientas disponibles en la universidad, considera que el nivel de la clase podría disminuir y aún consultando alternativas con el departamento la respuesta no ha sido clara. “Veo el panorama con mucha incertidumbre. Alcancé a pensar que no iba a ser tan grave porque eran dos semanas, pero ahora no sé. He hablado con el profesor y él tampoco sabe qué va a pasar. Tenía esperanza de que él, al ser profesor, iba a recibir alguna comunicación, pero al parecer no fue así”


Por otro lado, la representatividad del CEU ha sido uno de los puntos centrales de discusión pues no es claro cuál es el verdadero poder de los estudiantes en la toma de decisiones. Ante las diferentes adversidades, Ana Salazar, estudiante miembro del Consejo Académico, encuentra una gran falla en el proceso comunicativo y de manejo de la información: “La universidad no tiene una estrategia de comunicaciones interna muy clara, por lo que al CEU le toca suplirla”.


En cuanto a las clases que definitivamente no se podrán desarrollar virtualmente, dice que se han buscado alternativas y soluciones, sin embargo, si no se encuentra una salida se deberá hacer uso del pendiente y del pendiente especial para realizar cursos intensivos de los componentes prácticos de algunas materias.


“Esto no es una democracia [...] la universidad toma las decisiones considerando las instancias, pero acá nadie vota. El argumento de que son decisiones poco democráticas responde a que no les gustó y uno trata de deslegitimar las decisiones que no le gustan”.

En todo caso, tanto Ibarra como Salazar aseguran que el proceso de decisión es complejo y limitado. Ni los estudiantes ni los representantes tienen participación en la toma de decisiones. Tampoco es cierto que el CEU planteó la propuesta de la modificación al sistema de notas, como reportó en un principio el periódico Al Derecho en esta nota: “La propuesta no fue nuestra, explícitamente en la reunión se dijo que no fue el CEU quien propuso el cambio del sistema, era una propuesta de vicerrectoría académica”, cuenta Ibarra.


Incluso así, los debates en redes sociales han evidenciado que la participación de los estudiantes no se ha tenido en cuenta. Nicolás Dupont, estudiante de historia y derecho de sexto semestre, cree que la universidad no está escuchando: “Los estudiantes [del Consejo Académico], y en parte la universidad, solo aparecieron para comunicar la decisión y defenderse. Eso siempre está mal en una institución que dice tener principios democráticos”.


Por su parte, Salazar no está de acuerdo con la falta de confianza de algunos hacia sus representantes. “Solo hay dos estudiantes en el Consejo Académico y solo uno tiene voto por ahora. A los estudiantes se les olvida que la democracia es perversa a veces y que las decisiones de la mayoría tiene efectos perversos a veces”. Para ella, el CEU hace lo que puede y han llevado todos los puntos, pero a veces se pierde y a veces se gana: “Esto no es una democracia [...] la universidad toma las decisiones considerando las instancias, pero acá nadie vota. El argumento de que son decisiones poco democráticas responde a que no les gustó y uno trata de deslegitimar las decisiones que no le gustan”.


La incertidumbre y la repetitiva renuncia a la costumbre es el punto de encuentro de todos. Las dudas son abundantes y recurrentes. Las respuestas son escasas. La normalidad, al menos como se concebía antes parece estar lejos, y el proceso de adaptación será complicado.


“Nuestra normalidad se ha visto profundamente alterada y no volverá a ser lo que era antes porque el mundo cambió y la universidad también lo está haciendo”, dice Salazar. Y complementa Ibarra: “las discusiones que se están dando nos hacen pensar en el rol de la universidad en crisis como esta, nos va confrontar son preguntas sobre cómo aprendemos, cómo enseñamos y para qué lo estamos haciendo”.



Por: Susana Echavarría Medina

Fotomontaje: El Uniandino


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