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Lo que pudo ser Chinatown



Chinatown (1974) es una película de cine negro que retrata la historia de cómo J.J "Jake" Gittes (Jack Nicholson), un detective contratado por Evelyn Mulrway (Faye Dunway) para que investigue un posible amorío de su esposo, se ve envuelto en un thriller psicológico lleno de engaños que lo llevan a descubrir una sociedad llena de corrupción e inmoralidad. Este filme, dirigido por Roman Polanski, es llamado la cúspide del cine negro por su trama y escenografía, caracterizada por un montón de callejones sórdidos y subterráneos que no encuentran salida sino hasta los últimos minutos. El desarrollo de dichos eventos recorre problemáticas ambientales, sociales y políticas que intentan exponer el trasfondo oscuro tras la cortina de perfección que muestra Estados Unidos. Debido a esto, la obra adquiere especial importancia en los tiempos actuales tras la salida a la luz de la realidad trágica y desequilibrada enfrentada por el país, que intentaba mantenerse oculta. Sin embargo, la película está lejos de causar impacto a un nivel profundo, sobretodo en esta generación, a causa de la manera en que fue hecha. La realización del filme a nivel técnico es notable: la iluminación, actuación, montaje y banda sonora funcionan de manera individual para dar lugar a lo que debería ser una obra maestra. No obstante, Chinatown se queda corta a la hora de hacer confluir todos estos elementos.


La película inicia con una serie de fotos que ponen en evidencia un engaño a la vez que demuestran la efectividad de Jack Gittes como detective. Este se encuentra sentado con un traje blanco, pañuelo azul en el bolsillo y con los zapatos sobre el escritorio de su oficina, la cual está decorada con cortinas, estantes y estatuas que crean el ambiente ideal de los años cuarenta. Más adelante, a medida que la trama se enreda y profundiza en el tema central –que al inicio parece ser una disputa por una reserva del agua del sur de California– se muestra la ciudad en la noche y se hace un juego interesante con luces y sombras en diversas escenas. Entre estas destacan, por ejemplo, aquellas en las que Jack maneja su carro durante la búsqueda de pistas que lo ayuden a resolver el caso. Momentos como esos vuelven indiscutible el uso impecable de la iluminación, vestuario y escenografía en la película. Chinatown, con su visión negativa de la vida, escombros y crisis constantes, tiene todos los puntos claves de una buena película de cine negro; pero va más allá de aquello al generar contrastes presentando dicha decadencia frente a la elegancia y pulcritud de personajes como Evelyn Mulrway. La distinción entre ambas cosas crea una dinámica atractiva, mas, por desgracia, no hay nada más que te mantenga realmente atrapado en la pantalla.



La narración de esta historia tiene como base el desenmascaramiento de varias problemáticas pero, aunque se muestran a la audiencia las mismas pistas que el detective recibe, en pocos momentos se hace demostración de cómo él une los puntos y llega a sus conclusiones, dejando al público el trabajo de entender por sí mismos lo que está sucediendo. Esta es la apuesta que hace Polanski para mantener la atención de su público, sin embargo, olvida un aspecto fundamental que cualquier obra de arte debe tener para que se vuelva universal y duradera: la humanidad y empatía. Aquella pulcritud y perfección que Chinatown expone ejerce en su contra, por ejemplo, en la construcción de personajes. Todos participan en ese juego entre la elegancia y la formalidad que los vuelve aburridos, casi planos. Debido a esto no se forma un interés real por parte del público hacia ninguno de ellos y, cuando la trama se vuelve personal, Chinatown pierde a su audiencia. No hay nada que mantenga atrapado a su público, pues ya en aquel punto es muy tarde para que se genere empatía hacia los personajes que se ven envueltos en callejones sin salida –por más emocionales que sean–.


Más allá de esto, la trama de Chinatown debería ser extremadamente interesante de ver dada la cantidad de giros inesperados y drama que incluye; sin embargo, está hecha con una dirección tan prosaica y maneja un ritmo tan lento, que pierde todo el encanto. Al leer sobre los sucesos que tienen parte en la película se podría imaginar un filme lleno de tensión, acompañado por música intrigante y puntos fuertes de inflexión; no obstante, Roman Polanski parece destacar eventos que no tienen importancia temática –como la relación improbable entre Evelyn y Jack, o el énfasis en conversaciones que parecen no tener propósito alguno– y decide mantener ocultos puntos claves para el entendimiento de la trama –como el momento en el que Gittes se da cuenta de que el problema va mucho más allá de una reserva de agua–.


Si bien esto es problemático, por lo menos tiene una razón de ser. Roman Polanski parece haber decidido hacer una película que gira en torno a la percepción del personaje principal y no alrededor de su audiencia. Por ejemplo, la música de la película se caracteriza por una trompeta y piano suaves que quedarían perfectos en una obra romántica, pero en Chinatown, una película que intenta sacar a la luz toda la corrupción que hay en una sociedad, no sirve más que para sacar al espectador de aquel mundo oscuro. Sin embargo, si es escuchada interpretándose como la sonorización de la perspectiva de Jack Gittes, funciona. Las melodías presentadas no están allí para producir emociones o hacer de un momento algo más intenso de lo que verdaderamente es; de hecho, la música parece reemplazar un diálogo interno en la cabeza del detective. De esta manera, la película maneja contrastes interesantes, tanto dentro de la trama como fuera de ella.


Chinatown hace alusión a un mundo como el nuestro, en el cual existe una realidad llena de actos inmorales y una sociedad de personas dispuestas a hacer lo que sea por dinero. El trasfondo de esta película, a pesar de haber sido hecha hace casi 50 años, sigue teniendo relevancia hoy en día, pero dudo que tenga la misma popularidad que tuvo en su época con las generaciones actuales o futuras. El cine no necesariamente debe estar lleno de efectos especiales, acción, contenido ligero y fácil de ver para que triunfe en pantallas; basta con tocar temas que, de alguna u otra manera, hagan que el espectador sienta cosas o lo lleven a reflexionar acerca del tema tratado. La razón principal por la que en la actualidad Chinatown podría no funcionar es porque, a pesar de que tiene el potencial temático para ser una obra increíble, la manera en que la historia está contada –con un enfoque ajeno a lo que podría considerarse verdaderamente importante– genera una tensión casi nula y propicia la falta de conexión entre el público y sus personajes. Así, dificulta el encuentro y apreciación de aquellos aspectos que fueron tan bien ilustrados y el reconocimiento del reflejo de una sociedad actual. Chinatown es, sin dudas, una buena película dentro del marco de cine negro, pero por fuera del género se queda corta y hablar de ella como una de las mejores películas de la historia (The Guardian, 2010) es hablar de una cáscara que, transgeneracionalmente, se le dificulta llenar.


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Por: Salomé Rubio



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