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La ventana indiscreta - El voyeurismo en el encierro

Hay grandes historias que trascienden su tiempo, que atraviesan generaciones para convertirse en clásicos. La ventana indiscreta, sin lugar a duda, desde su estreno en 1954 se ha enmarcado en la historia del cine como una película cuya reflexión acerca de la utilización y recepción del lenguaje cinematográfico continúa siendo vigente.




La obra de Hitchcock engloba a grandes figuras del mundo cinematográfico de la época, teniendo un elenco que incluye a James Stewart –ganador de dos premios de la Academia–, Grace Kelly –ganadora del Oscar a mejor actriz en 1955–, Thelma Ritter –nominada numerosas veces en los Oscar y ganadora de un premio Tony en 1958–, Wendell Corey y a Raymond Burr.


A lo largo de la película el principal protagonista resulta ser el confinamiento al cual se ve sometido el fotógrafo LB Jefferies, interpretado por Stewart, con el fin de recuperarse de la ruptura de su pierna. El encierro y la inmovilidad, sin embargo, llevan a Jefferies a un profundo aburrimiento del cual decide escapar husmeando por su ventana, observando a sus vecinos y adentrándose en la cotidianidad de cada uno de los particulares personajes que habitan a su alrededor, entre los cuales se encuentra un pianista profesional, una bailarina, una mujer solitaria y una pareja que pelea continuamente.


El espacio en la historia adquiere una relevancia particular, la ventana del fotógrafo se convierte en una gran pantalla que juega con la dialéctica entre el interior y el exterior, permitiéndole al fotógrafo –como a cualquiera de nosotros que haya tenido la oportunidad o la osadía de espiar a través de una ventana– crear una articulación entre lo público y lo privado que le permite analizar, de acuerdo a esto, las diversas formas en las cuales se presentan los personajes dentro de un espacio desinhibido y en el cual Jefferies logra identificar los patrones usuales de comportamiento de cada uno de sus vecinos.


El movimiento de la trama, dentro y fuera del hogar de Jefferies, se encuentra impulsado por la práctica de la observación que realiza el personaje principal, siendo el fundamento de este el encierro. La reflexión que propone Hitchcock alrededor del voyeurismo permea de forma dual en una primera instancia a la incapacidad introspectiva de Jefferies en diálogo con su posición de espectador de vidas ajenas, y en un segundo momento la función misma de la audiencia, la cual resulta cómplice del fotógrafo al contar, al igual que este, con un punto de vista limitado y que solo puede transgredir los límites de la visión de Jefferies a partir de otros personajes.


El placer en el marco de la obra se compone de igual forma como uno de los elementos que brinda movimiento a la historia. Este se convierte en una consecuencia de la práctica del voyeurismo en contraposición con la inactividad que implica para Jefferies, fotógrafo –o sea voyerista– de profesión, estar sumido en la realidad que se desenvuelve en la privacidad de su hogar. El deleite que encuentran protagonista y espectador, y posteriormente también los personajes femeninos que se oponen en un principio a dicha práctica, en la observación convierte a los vecinos en una fuente de entretenimiento que los cosifica y los vuelve el objeto de la mirada fetichista de quienes miran.


Con La ventana indiscreta Hitchcock plantea un ejercicio lúdico que tiene como principal aliado la subjetividad narrativa en la cual sumerge el director a su audiencia. Teniendo como principal cómplice el espacio cerrado y limitado en el que se desenvuelve el protagonista, el cual desemboca en una profunda dependencia de Jefferies de sus contrapartes femeninas, que de igual manera cuentan con restricciones morales ligadas al diálogo entre lo público y lo privado. Las fronteras narrativas que se proyectan en la obra de Hitchcock permiten la creación de espacios que le dan la oportunidad al espectador de dar vida a su propia hipótesis acerca de lo visto por Jefferies, que posteriormente podrá cotejar con la resolución del conflicto.


La ventana indiscreta nos muestra una nueva teoría y primicia acerca de lo que nos caracteriza como seres humanos, más allá del ejercicio de la libertad, del razonamiento o de la creación de promesas que propone Nietzsche. Quizá el rasgo que nos distingue sea simplemente que “somos una raza de mirones” (Hitchcock, 1954).



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Por: Melissa Betancour


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