• El Uniandino

La sensualidad de quitarse el tapabocas

Iba a verte de nuevo después de todo el tiempo que estuvimos separados, la tarde era tibia y el ambiente peligroso. Iba en el transporte público y todos a mi alrededor podían hacerme daño. Todos estaban muy enfermos y yo no tenía otro escudo que mis propias vestiduras. No sé si te acuerdas bien de aquella tarde, con tantas cosas memorables que han sucedido desde que nos enamoramos. En cambio yo no he dejado de pensar en la vida nueva que esa vez comenzaba, en los nuevos peligros a los que nos estábamos exponiendo al encontrarnos, en el peligro que significaba descubrirnos y en la necesidad, una vez más, de confiar… confiar muchísimo porque esta vez la cara, los labios para besar y para ofrecer gestos, eran partes vulnerables al contagio. Amor, estoy casi seguro de que también lo recuerdas, sobre todo por las cosas raras que en esa tarde experimentamos. Por eso, para ver si les pongo un orden y las comprendo, ahora te escribo.


Fueron cuatro meses en los que estuvimos separados, y esa tarde de julio nos volvimos a encontrar. Yo sí te recuerdo muy bien avanzando hacia mí, con la cara medio cubierta, tan irreconocible de lejos que sospeché que no eras tú, o que no eras el mismo Sebastián de antes, que este mundo cambiando tanto también te había cambiado, y luego hasta temí que ya hubieras dejado de gustarme. Las cosas, sin embargo, no eran tan graves todavía. Presentía que estaba enfrente tuyo pero no frente a tus gestos, que te miraba de nuevo pero no completamente, o un poco más desconocido que de costumbre, y yo tan acostumbrado a atravesarte con los ojos cada gesto, como si fueran párrafos. Estoy seguro de que lo recuerdas y a lo mejor pensaste lo mismo, porque tú también me tuviste enfrente durante un rato y apenas un poquito de mí tuviste, porque esa tarde yo también llevaba el tapabocas puesto.


Desde el sitio del encuentro caminamos un rato hasta un café amplio, oloroso a alcohol, con cinco mesas: una en el centro y otra en cada esquina. El mesero nos indicó la mesa del centro mientras la limpiaba con un trapo. La gente iba y venía por la calle y de vez en cuando se nos quedaban viendo a través de los vidrios, a veces entraban y pedían algo para llevar o preguntaban los precios, e incluso otra pareja, un hijo joven y su mamá algo vieja, ocuparon una mesa de la esquina. Quitarnos los tapabocas ya se había vuelto un acto íntimo, no lo podíamos hacer ahí. Mostrar la cara entera debía ser algo que sólo tiene lugar en la casa, frente a las personas con las que convivimos; y no en ese sitio tan público, con toda esa gente pasando, ni frente a ti, que quién sabe dónde habrías estado ni cuánto te habrías cuidado durante el tiempo que estuvimos lejos. Lo que entonces nos unía, como cuando apenas nos conocimos, era la confianza. Solamente se confía cuando no se puede ver, y esa confianza implica muchos riesgos. Intentaste quitarme el tapabocas pero la primera vez yo me negué. Supe entonces que cargaba con una gran responsabilidad, y que no contaba con otra cosa que la incertidumbre para hacerle frente. Mi amor, era la incertidumbre de no saber si acaso yo estaba enfermo sin saberlo y al mostrarte mi cara y hablarte, o al acercarnos los labios te estaría dañando a ti o a las personas que quieres. O que el enfermo fueras tú y en mi casa está mi padre, y no, no podía descuidarme ni ser un irresponsable haciendo esas cosas en lugares públicos, junto a otras personas que no conocíamos pero igual de vulnerables e igual de infecciosas que nosotros.


Se estaba pasando la tarde y mientras tanto yo me daba cuenta de que quitarse el tapabocas era ya un hecho cercano a desvestirse. Me contaste que a ti te había pasado lo mismo. A mí me sucedió varias semanas antes cuando olvidé el tapabocas al salir, y en la calle vi que todos lo llevaban puesto y la brisa exterior me rozaba la cara. Esa vez me sentí demasiado descubierto, como si me faltara algo muy común, la camisa o los zapatos. Además, me di cuenta de que en andar descubierto ganaba sentido a la luz del peligro. Que si de los zapatos se trataba, alguna espina podía enterrárseme en el pie o algún bicho me dejaría su ponzoña; o en el caso de la camisa podía insolarme la espalda. El peligro nos había impuesto también una responsabilidad moral, un deber con los demás, con los otros a los que no reconocemos pero con los que establecemos la íntima relación del contacto. Un contacto telepático del virus que se pasa de boca en boca como una mala noticia. Aquel día regresé a mi casa de inmediato, llenísimo de vergüenza, y nunca más se me olvidó vestir el tapabocas.


Al comienzo se sentía muy raro e incómodo. Pero entonces, tres meses pasados de ese comienzo, lo raro habría sido salir para verte y no llevarlo sobre la cara. Así me di cuenta de algo más: que si el tapabocas se iba volviendo una prenda, un vestido adicional que estaba puesto para protegernos pero cuya ausencia nos develaba, nos exponía al peligro y habría de exhibir aquello que siempre ocultamos, los males de nuestro cuerpo, sus defectos, sus enfermedades, sus partes más sensibles y débiles, a veces vulnerables, las estrías o las cicatrices, nuestras zonas más susceptibles a ser violentadas o infectadas o ahí donde materializamos muchos de nuestros miedos y deseos, hartos deseos que a veces nos causan un terror insoportable o a los que nos entregamos amorosamente, partes del cuerpo a través de las cuales nos enfrentamos al peligro y al placer; entonces quitárselo, bajarse el tapabocas frente a alguien ya no era un acto muy lejano a la sensualidad.


Hiciste otro intento. Era mi oportunidad para acortar los restos de esa distancia que aún sobrevivía a nuestro reencuentro. Debes estar recordando justo ahora. Levantaste tu mano despacio y con tus dedos pellizcaste el centro de mi tapabocas, y empezaste a bajarlo. El joven y su madre vieja ya se habían ido pero el mesero nos observaba desde la barra. Amor mío, la intimidad está llena de grietas, aunque los rayos del sol que la penetran no siempre alcanzan a dañarnos. Tal vez le sumen claridad, como si alguien más leyera esta carta que escribo sólo para ti, y también la entendiera. Torpe, yo también fui llevando mi mano hacia tu cara hasta que los dedos se estrellaron con tu mejilla, torpemente fui arrastrando la mano hasta tu oreja y te solté el resorte del tapabocas. Como si fuera un insecto que caminaba sobre tu cara y que podía picarte, tú te quedaste quieto, muy quietito mientras yo retiraba definitivamente el tapabocas de tu rostro. Y debajo del tapabocas la boca, tus labios rosados como hace meses cuando nos distanciamos, la boca enteramente susceptible dibujando una sonrisa, peligrosamente entreabierta.


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Por: Juan José Medina, estudiante de literatura de la Universidad de los Andes


Ilustraciones por: Daniela Riveros




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