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La pureza es para el agua, no para la gente


Juan Esteban Quintero* es fundador de Confesiones Uniandes & Chompos. Aquí su columna "La pureza es para el agua, no para la gente". Para contestar la columna de envía tu propuesta a preiodicoeluniandino@gmail.com.


*pseudónimo





Nadie debió ayudar a Bolívar en su lucha contra el colonialismo español porque sus esfuerzos por la libertad no incluían de igual manera la de los esclavos. Tampoco se debió apoyar a los abolicionistas del siglo XIX en Colombia porque fueron machistas que no lucharon por los derechos de la mujer . Nadie debió escuchar el llamado de un racista y colonialista como Winston Churchill para enfrentarse a Hitler y evitar que se consolidara el dominio nazi sobre Europa. Tampoco se debió dar voz a Gandhi en su lucha contra el imperialismo británico por posibles posturas racistas en su juventud. ¿Un mundo bajo el colonialismo español, la esclavitud en Colombia, el nazismo, o el colonialismo inglés sería mejor? ¡No! Sin lugar a duda el mundo progresó cuando nos deshicimos de cada una de estas cosas, una a la vez, pero nos deshicimos de ellas.


Una idea que hace carrera por estos días es que ninguno de estos hombres podría ser celebrado en sus logros porque no defendían alguna de las posturas que nuestra sensibilidad política moderna valora. Esta creencia de que el progreso moral y sus impulsores tienen que ser completos y perfectos es equivocada, pues ignora que ese progreso es gradual y que intentarlo de otra forma ha sido, por regla general, contraproducente..


Ignorante porque desconoce que el progreso moral no fue impulsado por seres de luz ni ha sido a través de un salto gigante hacia un mundo perfecto. En la antigua Grecia el infanticidio era una práctica normal junto con la esclavitud y la posición subordinada de la mujer. Lo primero en apartarse de la concepción general como práctica aceptable fue el infanticidio, luego la esclavitud hace sólo un par de siglos y la liberación femenina empezó a verse con fuerza hace apenas unos 100 años. Sin duda alguna hubo progreso moral al deshacernos de cada una de estas prácticas; una sociedad sin esclavos es mejor que una esclavista, así ambas sean injustas desde la carencia de derechos para las mujeres. Detenernos a repudiar un personaje histórico porque el progreso moral que impulsó no tomó nota de todas las demás causas que pudo apoyar desconoce que pocas veces la justicia progresó de otra manera.


Esta idea de pureza ideológica y moral de las figuras históricas no sólo ignora que el progreso de la justicia se ha dado de manera parcial, lenta y acumulativa, sino que además los saltos milagrosos y absolutos hacia sociedades completamente justas -que es lo que algunos parecieran reclamar- han terminado en todo lo contrario. Por citar dos ejemplos, la Revolución francesa que, en principio traería la eliminación del absolutismo y el advenimiento de una Francia igualitaria, degeneró en un régimen de terror con ejecuciones exprés de decenas de miles de personas bajo la simple sospecha de actitudes contrarrevolucionarias y allanó el camino para el ascenso al poder de Napoleón. Otro ejemplo es la Revolución de octubre a inicios del siglo XX que prometía traernos el paraíso de miel y leche profetizado por el socialismo antes de derivar, primero, en una hambruna y después en un sistema político totalitario que sobrevivió casi hasta nuestro siglo. Ambos desastres iniciaron con revoluciones completas del orden social que apuntaban a la superación definitiva y absoluta de un juego de injusticias, pero avanzar en corregir el mundo es mucho más difícil que salir a la calle y pedir que se haga. Esta exigencia de avances comprehensivos y perfectos a cualquiera que haya promovido algún progreso en asuntos de justica es desproporcionada; le impone un criterio del reino de la ficción a los hechos históricos.


Podemos diagnosticar injusticias manifiestas sin estar de acuerdo en lo que sería el mundo perfecto y sobre esa base es que la humanidad, lenta pero segura, ha ido caminando hacia mejores sociedades. Los personajes históricos pueden ser recordados por contribuir a superar situaciones particulares que todos reconocemos como injustas. Repudiarlos por no luchar por un mundo completamente justo es medirlos con una vara que en nadie ha superado -ni lo hará-, muy a pesar de nuestras esperanzas en revoluciones utópicas.



Por: Juan Esteban Quintero*, fundador de Confesiones Uniandes y Chompos

*Pseudónimo


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