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La Peste Negra y las danzas macabras: bailar hasta morir.


Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.

Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado;

tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar;

tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar.

Eclesiastés. 3:1-4.


La Peste Negra fue una de las epidemias más mortíferas en la historia de la humanidad y su primer y más grande brote se remonta a los años entre 1346 y 1353 en los que, gracias a las nefastas condiciones sanitarias de las ciudades, la gran actividad de las rutas marítimas comerciales y el escaso conocimiento médico, la enfermedad se propagó por Europa, África del Norte y Asia Occidental. La catástrofe demográfica fue tal que estudios indican que la explicación más recurrente fue que se trató de un “castigo divino por los pecados”, mientras que los pocos médicos y eruditos de la época se inclinaron por un evento astrológico como la conjunción de Saturno y Júpiter o por una corrupción en el aire de vapores pútridos que afectaban el equilibrio de quienes lo inhalaban.


Los principales síntomas de la peste eran la inflamación de los nódulos linfáticos o bubones, por eso también apodada peste bubónica, ubicados en ingle, cuello, axila o brazos, que supuraban un líquido de olor pestilente, fiebre alta, tos y sangrado por la nariz. Siendo una enfermedad terriblemente dolorosa y, además, después de su gran brote, con frecuentes reapariciones catastróficas la idea e imagen de la muerte se imprimió con una insistencia, nunca antes vista, en la sociedad medieval. Como una fuerza imparable y fatal la peste conducía, sin importar sus posesiones, cualidades o características, a quién fuera que cayera bajo sus garras a la muerte. Hubo, en ese entonces, quienes, reconociendo el peligro de vivir en las ciudades, emigraron al campo sometiéndose a una estricta austeridad en un intento de preservar su vida. Mientras que otros aceptando el carácter inminente de la muerte se inclinaron por los placeres terrenales, asistiendo a estrepitosas orgias y fiestas que podían durar semanas. De cualquier forma, en Europa la peste, junto con los problemas sociales que causó, como prolongadas hambrunas o guerras para estabilizar con botines la economía arruinada, estableció un ambiente emocional de estrés y pesimismo que, como veremos, pudo ser el detonante de las danzas macabras.


Las danzas macabras en la Edad Media fueron un fenómeno psicológico-social, en el que, según documentos testimoniales varios, una sola persona comenzaba a bailar erráticamente y sin ningún control sobre sus propios movimientos. Poco a poco los espectadores, también, se unían a la danza durante días o semanas, hasta morir agotados en medio del delirio colectivo. El primero de los episodios se registró en 1021 en la aldea sajona Kolbig dónde, cuenta el humanista Covarrubias, un grupo de hombres y mujeres entraron bailando sin control a la iglesia durante la vigilia de Navidad y como penitencia fueron condenados a bailar por todo un año hasta morir. Con el paso de los siglos, sobre todo a partir de la Peste Negra y sus posteriores rebrotes, hubo un aumento significativo de los documentos, desde grabados y crónicas hasta órdenes municipales y tratados médicos, que dan cuenta de las danzas macabras en Europa.


Uno de los episodios más importantes fue la “epidemia de baile de 1518” ocurrida en Estrasburgo, al norte de Francia. Se cuenta que una mujer llamada Frau Troffea empezó un baile frenético al que se unieron más de cuatrocientas personas que gritando de dolor, danzaron de un lugar a otro, casi convulsos, por semanas hasta desfallecer. En cuanto a las autoridades de la época, valiéndose de supersticiones que relacionaban el baile con la curación de los males, contrataron a decenas de músicos y bailarines instando a los afectados a seguir moviéndose. Aunque a través de los años han surgido distintas teorías para explicar las epidemias de baile, entre las más aceptadas se encuentra la que postula que se trató de manifestaciones de histeria colectiva gracias a las situaciones de extrema pobreza, la peste y la aflicción que vivió la población, junto con creencias sagradas y profanas profundamente arraigadas en el imaginario común.


En efecto, en la tardía Edad Media, San Vito, un mártir de trece años torturado en un caldero hirviente por los romanos, gozaba de gran popularidad entre las gentes. La historia cuenta que al momento de su muerte comenzó a bailar, hipótesis recientes apuntan a que pudo deberse a espasmos provocados por el intenso dolor, haciendo que quienes le rodeaban en su ejecución también bailaran. Un complemento de las creencias religiosas en el imaginario común, pudieron ser las producciones artísticas del folklore como La Dança general de la Muerte, una canción popular, escrita originalmente en castellano, en la que la Muerte invita a bailar a una serie de personajes que representan a los distintos estaños de la sociedad medieval y uno a uno va llevándolos a su fin. La idea grave y continua de la muerte en la Edad Media se condensa entonces en el latinismo: Memento Mori, que significa “recuerda que mueres”.


Es interesante que precisamente una de las representaciones más importante de la Muerte en la Edad Media como lo es la Dança general se trate de un canto o baile, que en general, es carnavalesco. Aunque la muerte era un suceso, por supuesto, doloroso y terrible, también podía funcionar como una bisagra a otras posibilidades de organización social, a un mundo de cabeza, en el que los más poderosos sufrían como el peor de los mendigos y quizá, contando con suerte, el más pobre hombre gozaba de todas las riquezas al disponer de buena salud. El hombre medieval creía, además, que el universo se constituía por un baile armonioso entre las esferas y elementos, un movimiento perfecto impulsado por el amor de Dios. El baile entre la vida y la muerte, entre la peste y los hombres, podría pensarse como una risa dolorosa, grotesca si quisiera definirse, incontrolable en todos los sentidos, al igual que un ataque de pánico, morir bailando, como muchos hombres y mujeres hace ya siglos lo hicieron y, al tiempo, creer en un mundo que se sostiene gracias a la divina correspondencia de sus movimientos, deja un presentimiento en la punta de la lengua que no sabría describir de otra manera que no fuera: paradójico.



Por: Laura Sepúlveda Yusti


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