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La Minga y la leyenda negra




La imagen de un caballo de bronce patas arriba, con su jinete tumbado al lado, y de un grupo de indígenas Misak saltando de júbilo después de derribar un símbolo del legado colonial, abrió nuevamente la discusión sobre nuestra identidad colectiva y el papel de los pueblos indígenas en la construcción del estado pluriétnico y multicultural. De hecho, la ministra de cultura Carmen Vásquez criticó fuertemente el acto señalando que dicha estatua forma parte “del patrimonio cultural mueble de la Nación y por eso todos tenemos el deber de protegerlos y conservarlos”. Por su parte, Marta Peralta Epieyú explicaba que a través de este acto simbólico los indígenas Misak “reivindican la memoria de sus ancestros asesinados y esclavizados por las élites”.


En el centro de esta discusión se encuentra el nada sencillo asunto de cómo deberíamos enfrentar, discutir y narrar el pasado para entender mejor nuestro presente y abrir caminos futuros en los que reconozcamos que los pueblos indígenas, las comunidades afrocolombianas y el pueblo Rrom ocupan un lugar central en el proceso de construcción de una sociedad plural. Creo que para poder avanzar en esta dirección debemos primero reconocer que seguimos viviendo en el pasado y que somos protagonistas de una historia colonial de muerte y destrucción del mundo indígena que aún no ha terminado pero creemos sucedió hace siglos: la leyenda negra. Todavía no hemos logrado apartarnos de sus prácticas y discursos. Parece que estamos abocados a que la respuesta a los reclamos políticos de los pueblos indígenas sea su estigmatización, el falso reconocimiento y la violencia.


No es por supuesto la primera vez que el establecimiento nacional prefiere optar por la negación del legado indígena y abrazar una narrativa histórica que les excluye de cualquier participación en la vida política del país. En su célebre Discurso de Angostura Simón Bolívar dejó clara la suerte que iban a correr los pueblos indígenas con la emergencia del criollo y las nuevas repúblicas andinas. El mestizaje es la clave de la unidad nacional y el pueblo de allí resultante está cerca de abandonar el legado indígena pero muy lejos de ser europeo:


“Nosotros ni aun conservamos los vestigios de lo que fue en otro tiempo; no somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles. Americanos por nacimiento y europeos por derechos, nos hallamos en el conflicto de disputar a los naturales los títulos de posesión y de mantenernos en el país que nos vio nacer”.


Décadas después, durante el auge de la Regeneración, Rafel Núñez reprochaba a sus contemporáneos que no reconocieran en toda su dimensión la labor de los españoles en el Nuevo Mundo. Para Núñez, a pesar de los errores que pudieron haber cometido los españoles, la conquista fue en términos generales un evento afortunado y no dudó en asegurar que en todo caso es preferible el virreinato al “gobierno rudimental de los Zipas”. Revolución e independencia se presentan como la gesta de un mismo linaje, de los españoles siempre presentes, de una forma u otra, en la subjetividad criolla: “¿Y quiénes fueron los iniciadores de la Independencia? Fueron (todos lo sabemos) los descendientes de los mismos conquistadores”, indica Ñuñez. Miguel Antonio Caro en su ensayo La Conquista asegura que la independencia es también la labor de España: “Y el genio de Simón Bolívar, su elocuencia fogosa, su constancia indomable, su generosidad magnifica, ¿son dotes de las tribus indígenas? ¿No son más bien rasgos que deben reclamar por suyos la Nación española?”.


Posiblemente el intento más completo por rescatar la tradición española y negar cualquier vínculo con los pueblos indígenas se da en la obra de Sergio Arboleda La República en la América española escrita entre 1869 y 1871. Arboleda habla de los conquistadores con emoción y admiración, son audaces “hombres de hierro” que poseen un don que no es otro que la “facultad propia de la raza latina, pero característica solo del español, de asimilarse los pueblos que conquista comunicándoles su lengua, sus creencias y costumbres”, por ello asegura que “No hay duda, hijos somos de los conquistadores y estos conquistadores nuestros padres”.


Seguimos viviendo la leyenda negra porque hemos crecido como nación creyendo que somos hijos e hijas de los conquistadores y que los pueblos indígenas son nuestros enemigos; enemigos del progreso, del desarrollo y de las bondades del mundo urbano. Nos hemos acostumbrado a creer y repetir esa historia convencional que nos cuenta que son enemigos que se pueden derrotar pues como lo muestra la historia un puñado de hombres valientes al mando de Cortés y de Pizarro fueron capaces de derribar un imperio; se nos ha enseñado que los indígenas eran tan ingenuos que cambiaban riquezas por baratijas y que, como decía Bolívar en la Carta de Jamaica, “El indio es de un carácter tan apacible, que sólo desea el reposo y la soledad” y que por ello su destino no es gobernar sino ser gobernado. Se nos ha enseñado que los pueblos indígenas no son interlocutores políticos.


También se nos ha enseñado que si algo tenemos de indígenas es su malicia. No sabemos ninguna de las 65 lenguas indígenas, pero usamos algunas de sus palabras para insultarnos como guache, guaricha, chibchombiano y “no sea indio”; tampoco tenemos su relación especial con la naturaleza, pero les confiamos la titánica tarea de defender bosques y ecosistemas y enfrentarse a la maquinaria destructora de las industrias extractivas a través de la Consulta Previa. Y veladamente se nos ha dicho que, en todo caso, la malicia indígena ha persistido en nosotros y que es esa actitud la que nos hace ser como somos, estratégicos e incumplidos.


La ‘sociedad mayoritaria’ debe derribar los monumentos que ha erigido para celebrar su pretendida grandeza, conmemorando la devastación que ha desatado para consolidar un proyecto hegemónico que subordina, desplaza y asesina a aquellos pueblos que declara son sus obstáculos y enemigos. Es nuestra responsabilidad histórica proteger La Minga para disipar la niebla terrible de la leyenda negra en la que seguimos actuando.




Por: Libardo José Ariza, Profesor Asociado de la Facultad de Derecho en la Universidad de los Andes


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