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La larga espera: una lenta destrucción de los negocios alrededor de Los Andes


Por lo general, cuando se habla de la comunidad de la Universidad de los Andes se tiende a pensar como el conglomerado de estudiantes, profesores, administrativos y aquellos individuos que laboran dentro del campus. No obstante, existe un sector que, aunque no se encuentra dentro de las instalaciones universitarias, hace parte fundamental de la comunidad y de lo que la define como universidad. En otras palabras, sin Doña Blanca, One Burrito, Arepa Soñadora, Ajonjolí, El Mono, SIMON y casi un centenar de restaurantes y papelerías del sector, la Universidad de los Andes no sería como la conocemos hoy.


En el mes de junio, El Uniandino publicó un reportaje sobre la situación de los negocios alrededor de la universidad cuando el país llevaba dos meses en cuarentena. Hoy, con diversos anuncios sobre reapertura económica a nivel nacional e institucional, hacemos un seguimiento para responder cuál es el futuro de estos comercios y cómo podrían vivir el eventual regreso a clases.





Bola de cristal


La última vez que hablamos con Juan Camilo Cárdenas, entonces decano de la facultad de economía, nos dijo que “los empresarios con más posibilidades y músculo [financiero] sobrevivirán esta crisis con mejores chances de retomar actividades con el regreso al campus”. Para él, si el mercado por cuenta propia decide nivelar las cargas, sería una competencia inequitativa. Por esta razón la comunidad debía buscar mecanismos para proteger a los más débiles en términos financieros y de competitividad. Y agregó: “los pequeños emprendedores han tenido que cerrar locales y operaciones y probablemente tendrán menos ahorros para reabrir fácilmente”.


Para esta ocasión, Cárdenas plantea dos elementos claves atados al escenario de reapertura del campus. Primero, las medidas sanitarias obligarán a tener un campus menos lleno: “esto quiere decir que tendremos una demanda limitada de servicios y bienes y que muchos de estos negocios tratarán de operar dentro de esa demanda menor”. En segundo lugar, están las transformaciones que sufrirán aquellos bienes comercializados alrededor del campus introducidas en el contexto poscuarentenas: “fotocopias e impresiones en físico van a tener una recuperación que no llegará a los niveles prepandemia. Nos vimos forzados a pasar a formatos electrónicos y no tendrá sentido regresar al papel [...] sectores como el de comidas, pensaría, tiene una futura demanda de consumo más sano. La pandemia nos llevó a conocer y transformar nuestra alimentación hacia dietas sostenibles y balanceadas”. Aunque este ejercicio de bola de cristal sobre el futuro económico está rodeado de mucha incertidumbre, lo que es seguro es que “veremos una recuperación de varios emprendimientos, llegarán unos nuevos y desaparecerán otros”.


Hablemos de números


Para tener una visión más completa de la situación que está viviendo el sector, El Uniandino entrevistó a 16 comercios ubicados en las afueras de Los Andes y reunió información sobre el cerramiento de locales físicos, dinámicas de domicilios, cambios en la estructuración de negocios y destrucción de empleo, entre otros datos que dan cuenta de la realidad financiera que se está viviendo en esta parte del centro de la ciudad. Aunque existe una gran variedad de emprendimientos que dependen de la demanda universitaria, en este reportaje nos centramos particularmente en aquellos pequeños y medianos negocios que poseen un local físico alrededor de la universidad, cuyos servicios son principalmente alimentación y papelería.


El 25% de los negocios entrevistados dicen tener, por lo menos, un local adicional al inmediato a Los Andes. Esto quiere decir que, en momentos de crisis como este, esos negocios tienen mayor probabilidad de supervivencia puesto que pueden migrar su producción a locales donde los arriendos y servicios sean menores. De esas empresas, solo Varietale tomó esta decisión y así abandonó por completo el local de Las Aguas. Restaurantes como Venezuela Bistró cerraron parcialmente sus puertas mientras operan con la modalidad de domicilios en esos locales adicionales ubicados por toda la ciudad. Por otro lado, para el 29 de agosto, dos días después de que se acabaran las cuarentenas sectorizadas en Bogotá, solo encontramos que el 8% de todos los negocios del sector, decidió reabrir sus puertas con las medidas de seguridad adecuadas.


Los comercios que encontramos abiertos tienen un modelo enfocado a prestar servicios tanto a la comunidad estudiantil del sector como a los residentes y trabajadores de La Candelaria, dinámica que explicamos a inicios de este año en este reportaje. Lugares como Tienda Germania, Papelería el Toro, Doña Blanca y El Mono decidieron funcionar a puertas abiertas. No obstante, el gran porcentaje de los dueños de los locales consideran que su demanda recae principalmente en los estudiantes y que, por lo tanto, no tiene sentido abrir sus puertas y elevar sus costos mientras la universidad permanezca parcialmente cerrada.


Esto plantea otra gran pregunta: ¿Qué pasará cuando abra la universidad? Con los datos presentados antes tenemos una pista. Como la mayoría de las empresas cerraron temporalmente (las que podían migrar no lo hicieron), y tampoco abrieron con las primeras etapas de reapertura económica, solo les queda esperar a que la universidad abra sus puertas. De hecho, el 63% de los entrevistados le dijeron a El Uniandino que están esperando con ansias el anuncio de la rectoría.

Una reapertura dirigida únicamente a estudiantes en actividades de investigación no genera la demanda suficiente para los tres millones de pesos mensuales en arriendo, más servicios y costos de bioseguridad.

Pero aun si Los Andes abriera todavía deben superar varios obstáculos, como lo dijo Cárdenas, con respecto a la demanda menor de bienes. David Fernando Londoño, quien es dueño de A Dos Panes junto con su esposa, decidió a finales de agosto abandonar su lugar en la universidad y buscar otra ubicación con costos de producción más asequibles y una demanda más estable. Ellos mantuvieron el local abierto por cuatro meses, intentaron operar con plataformas de domicilios como Rappi y con domiciliarios propios. A pesar de haber llegado a un acuerdo con su arrendatario, nos dijo que una reapertura dirigida únicamente a estudiantes en actividades de investigación no genera la demanda suficiente para los tres millones de pesos mensuales en arriendo, más servicios y costos de bioseguridad.


Por otro lado, una situación de especial atención, que también cumple con las predicciones del exdecano de economía, es con respecto a la capacidad de ahorro de los negocios. Este es el caso de las plazas, un modelo en donde se le arrienda un espacio a restaurantes pequeños para que puedan vender sus productos: “estos negocios son un emprendimiento que buscaban darle trabajo y oportunidades a otros emprendedores más pequeños”, nos dijo Estefanía Bejarano, dueña del restaurante La Puerta y de la plaza Boxplaza. Tanto Bejarano, que es arrendataria, como Karen Usma, dueña del entonces Juan Chepe, ubicado en Plaza Germania, concuerdan en que este sector específico se ha visto más afectado que el resto de los comercios por su capacidad de ahorro e inversión. El dato más diciente es que todos los locales de Plaza Germania y Box Plaza fueron desocupados. Algunos pasaron a trabajar bajo la dinámica de domicilios; otros, acabaron el negocio: Usma ahora se dedica a hacer almuerzos desde su casa para vender en el barrio.


A diferencia de otros sectores de la economía, del sector comercial que rodea la universidad nadie se vio beneficiado con la pandemia, la virtualidad o los domicilios.

Las ventas para todos los locales que entrevistamos cayeron a menos de un 20% de la actividad prepandémica, siendo la papelería Séneka la única con ese máximo de ventas. Esto quiere decir que, a diferencia de otros sectores de la economía, del sector comercial que rodea la universidad nadie se vio beneficiado con la pandemia, la virtualidad o los domicilios.


Otro dato muy diciente sobre la situación de estas personas es la destrucción de puestos de trabajo del sector. Hubo negocios como Happy Snacks que pasaron de 23 empleados a tres en tan solo cuatro meses. Otros no tienen empleado a ningún personal y, si se puede decir, ni siquiera a ellos mismos. De las respuestas que obtuvimos, podemos estimar que por local había en promedio cuatro personas trabajando (unos con 15 o 20, varios con 2) y que con la pandemia ese número se redujo a un operario. Esto significa que en el sector se perdieron alrededor de 150 empleos durante las cuarentenas, cifra que aún puede aumentar drásticamente. Esto sin incluir los puestos de trabajo perdidos en las demás actividades productivas dependientes de Los Andes. A pesar de que los dueños de los locales siguen en contacto con estas personas para facilitarles ayudas y mercados, llegará un punto en el que no habrá ingresos para seguir haciéndolo.


¿Cuánto duraron y cuánto durarán? La inmensa mayoría de las empresas hoy cerradas tomaron esta decisión desde que comenzó la cuarentena para Los Andes el ocho de marzo, desde entonces no han abierto. Otras, como Taco Taco, aguantaron mes y medio operando. Diana Álvarez, dueña de este negocio, nos dijo que los domicilios no le funcionaron y tampoco pudo acceder a subsidios al desempleo en las cajas de compensación. Sobre cuánto tiempo de vida les queda con ingresos tan inestables, solo Felipe Farfán, gerente de Quality Plotter, tiene una fecha tentativa: para él y su negocio es el 31 de septiembre. Si la universidad no abre para ese momento, Farfán tendrá que cerrar sus puertas de manera definitiva para Los Andes.


Los riesgos de “reinventarse”


La idea de reinventarse ha sido una expresión muy usada en estos tiempos. Antes, los consumidores iban caminando hacia el local en el que querían comprar. Ahora los locales deben ir hacia ellos, no solo mediante domicilios, para poder continuar con su oferta de productos. Exceptuando un par de locales, como el Restaurante Hindú, todos, incluso las papelerías, hicieron domicilios mientras Bogotá permanecía encerrada. Las superficies más grandes pudieron acceder a plataformas como Rappi y Domicilios.com. Otras medianas, como A Dos Panes, que intentaron con estas plataformas opinan que “cobran 30% de comisión y para lograr una venta toca hacer promoción del 50%, lo que es inoperable”. No obstante, la mayoría llegaron a operar con domicilios propios: por lo general uno de los trabajadores o algún conocido. Negocios más pequeños como El Peaje, lograron funcionar por dos semanas con esta dinámica. Luego de eso, no se volvieron a ver ingresos. La actividad de los domicilios es funcional en muchos casos, pero insuficiente en la mayoría.


De igual manera se ha hablado mucho sobre el negocio de los tapabocas. Nelson Bernal, su esposa e hijo son los propietarios de Doña Anita. Bernal nos cuenta que “la oferta de tapabocas en el centro es altísima. Al principio los tapabocas se conseguían al por mayor a 500 pesos, ahora a 1160”. Esta situación hace que exista un exceso de oferta de este bien en La Candelaria mientras que, por el cierre de la universidad, en este momento hay una escasez de demanda.


Aunque hay un gran número de experiencias negativas a la hora de replantear los negocios, también es cierto que hay casos esperanzadores. Happy Snacks y Séneka, por ejemplo, están trabajando en hacer productos más sostenibles. Print&Copy ampliará la variedad de sus productos. Boxplaza, por su parte, decidió pasar sus operaciones a la modalidad de e-commerce e incluso sus dueños están pensando en abrir otro restaurante. En general, este proceso obligará a los emprendimientos a replantearse dinámicas como la porción destinada a ahorros, seguros, inversión en productos sostenibles, digitalización, entre otras, lo que no es del todo malo.


Pero aún con estos casos que podrían ser exitosos, toda inversión tiene un riesgo, y ahora, con la pandemia y la posibilidad de más cierres en el futuro, hacer una inversión o cambio de actividad productiva es extremadamente riesgoso: “no pensamos cambiar el modelo de negocio, pensamos en adaptarnos. No es reinvención, es adaptación”, nos dijo Daniel Alfredo Herrera, dueño de Séneka.


Los rostros detrás de los números

Al hacer este reportaje escuchamos voces que en algunas ocasiones reflejaban angustia, desesperación, estrés y tristeza. Esta es una cara de la incertidumbre que también debe ser mencionada, escuchada y tratada.

Al hacer este reportaje escuchamos voces de personas que en este momento tienen en juego el esfuerzo, tiempo y dinero de muchos años. Sus voces en algunas ocasiones reflejaban angustia, desesperación, estrés, tristeza. Había otras tranquilas, rígidas y pujantes. Hubo personas que no pudieron continuar con la entrevista del impacto emocional que preguntas sencillas generaban en ellos. Esta es una cara de la incertidumbre que también debe ser mencionada, escuchada y tratada. Detrás de cada llamada se encontraban Estefanía, Diana, Karen, Felipe, John, Rohit, Camilo, David, Daniel, Adriana, Santiago y Nelson. Personas que como nosotros estaban confinadas.


“Cuando vienes a la universidad y sacas una copia, creas un vínculo mucho más cercano que construye una familiaridad imposible de reemplazar”, dice Daniel Herrera. “Trabajé por 15 días y no di más. Los productos son perecederos y no tengo a quién venderlos. Hice una encuesta en Facebook para ver cuánta gente está dispuesta a ayudarnos con una rifa. Es que ya no hay de otra. Los andinos (sic) siempre han tenido un tacto muy agradable con nosotros y eso lo agradeceré por siempre”, concluye Nelson Bernal mientras su voz se quiebra.



Por: Juan Manuel Guerrero


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