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  • El Uniandino

La importancia de la memoria histórica

Camilo Mendoza es estudiante de Antropología en la Universidad de los Andes. Aquí su columna "La importancia de la memoria histórica". Para contestar a la columna de Camilo envía tu propuesta a preiodicoeluniandino@gmail.com




Luego del revuelo generado por uno de los últimos absurdos escándalos nacionales, de los que se han vuelto recurrentes desde que Duque entró en las largas vacaciones que, para él, son la presidencia, vengo con una columna corta. Se trata de la elección de la persona que asumirá la dirección del Centro Nacional de Memoria Histórica. Más allá de seguir echándole leña al fuego del bochornoso embrollo de Vicente Torrijos, quiero enfatizar cuán importantes son este cargo y la labor de esta institución para el momento coyuntural que está viviendo nuestro país con el posconflicto y para la transformación de realidades estructurales de violencia, desigualdad y dolor que han generado y reproducido nuestro conflicto armado.


Para empezar, considero pertinente dejar clara la razón por la que la memoria histórica es fundamental para una sociedad como la nuestra. En un país en el que la presencia del Estado nunca ha llegado a los rincones de su territorio y en el que, además, la guerra se ha manifestado en diferentes actores, se ha transformado y ha arrasado con la dignidad de su gente de diversas maneras, recoger la memoria se vuelve una forma de reconstruir lo que sucedió en el contexto del conflicto. No obstante, el componente diferencial, que la hace más valiosa, es que surge de las experiencias individuales y colectivas de las personas que vivieron en carne propia los distintos acontecimientos de la guerra, en diferentes partes del territorio. Es decir, consiste en escuchar a la gente desde sus vivencias, recuerdos, emociones y particularidades, con el fin de comprender a un nivel más amplio las dimensiones del conflicto armado que hemos vivido por más de cincuenta años. Esto con el propósito de formular estrategias que eviten, como sociedad, reproducirlo.


La memoria (la cual debe conjugarse y dialogar con la historia) tiene una relevancia para el presente y para el futuro. No basta con hacer un gran archivo de experiencias dolorosas, sino que debe venir acompañada de un ejercicio de reflexión sobre el pasado, que abra el camino a una transformación estructural de esas condiciones de desigualdad y violencia perpetuadoras del dolor y de la guerra.


Habiendo dicho esto, no puede pasar desapercibido el gran papel que tiene para nuestra sociedad el Centro Nacional de Memoria Histórica, el cual se encarga de recolectar y reconstruir esas memorias. Por esto, escoger a quien deba dirigirlo no es cualquier pendejada. El debate que ha habido en estos días respecto a dicha elección se ha centrado en resaltar que la cabeza de la institución debe ser neutral y objetiva. Sin embargo, ese no es el verdadero problema, porque cualquier tipo de relato alrededor de la memoria es construido por personas que están inmersas en un contexto determinado. De manera que es un relato político y responde a formas particulares de ver el mundo, lo cual no es en sí mismo malo. Simplemente, derrumba cualquier presunción ilusa de neutralidad.


Lo verdaderamente importante es que quien construya esos relatos tenga en cuenta que la guerra en Colombia no puede ser contada y entendida desde una única mirada. Por el contrario, para comprender la complejidad del conflicto (para no repetirlo), debe reconocer como igualmente válidas las verdades de los distintos involucrados, ya sean víctimas o cualquier tipo de victimario. Debe garantizar que haya un espacio para las verdades de todos, permitiendo la construcción y articulación de los distintos relatos que emergen de ellas.


Esta es una tarea que, en los últimos años, ha venido cumpliendo con altura el Centro Nacional de Memoria Histórica y es mi deber reconocerlo. Pero, ahora que el Centro está acéfalo, es nuestro deber como personas, más que como ciudadanos, exigir y vigilar (como pasó con Torrijos) que el guitarrista, papá de los siete enanitos, elija a alguien que no solamente esté calificado (de verdad y sin la, ahora común, maña de inventar doctorados) para el cargo, sino que sea capaz de liderar la reconstrucción de una memoria tan amplia y diversa, como el repertorio musical del presidente.




Por: Camilo Mendoza

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