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Inhalar, exhalar y contar hasta diez


En la mañana del 16 de marzo de 2020, Pedro se levantó motivado. Para él, era necesario aprovechar estos quince días de cuarentena para hacer todo lo que tenía pendiente por falta de tiempo. Pero cuando no encontró que más verse en netflix después de algunos días, se vio enfrentado al tiempo libre. Y como cualquier papá o mamá o abuelo que te ve sin nada que hacer o con la mínima seña de que un “estoy aburrido” te va a salir de la boca, todos en su casa le dijeron: “pues busca cómo desaburrirte”, “ordena tu cuarto”, “lee algo”, su abuela le dijo “busca un nuevo hobby”. En vez de organizar o leer, decidió meterse en Instagram. Y como siempre parece que Instagram te está escuchando, a Pedro le apareció un anuncio: “Descarga la app para unirte a una comunidad de meditación, sueño y bienestar.”


Con la primera semana haciendo sesiones de diez minutos de meditación, Pedro estaba seguro que había encontrado su nuevo pasatiempo favorito, su nuevo hábito fundamental. Unas semanas después estaba seguro que había encontrado un nuevo estilo de vida, incluso se sintió agradecido en el fondo por la extensión de la cuarentena obligatoria, así ni la universidad ni el tiempo que gastaba en ir, podrían interponerse entre la aplicación de meditación y él. Cuando se acabó el semestre y Pedro todavía no había vuelto a la universidad, no se preocupó porque con unos minutos de meditación en la mañana estaría más tranquilo. La voz femenina y cálida, que guiaba la meditación en la app, le decía: “Suelta la necesidad de controlar todo, inhala paz y exhala paz hacia los demás. Lo esencial no se puede comprar, no se puede tener, no es algo tangible.” En esos minutos, Pedro se sentía pleno, feliz y calmado. Había logrado lo que todos estaban intentando: reinventarse.

Una mañana de septiembre del año pasado, cerca de su cumpleaños número veinte, abrió los ojos durante la meditación. Algo que nunca había hecho antes. La voz femenina se sentía lejos. Se le había olvidado cómo contar hasta diez. Antes había estado seguro de su concentración al meditar, de su capacidad de poner la mente en blanco, pero sus pensamientos, los cuales no era capaz de poner en palabras, lo traían de vuelta a la realidad cada vez que trataba de escaparse. Esta vez no hubo meditación guiada ni vibraciones ni voces que pudieran callar lo que se había estado preguntando por tanto tiempo: ¿Y esto hasta cuándo?

Era febrero 2 de 2021, segunda semana de su quinto semestre, segundo semestre que empezaba virtual. Esa mañana Pedro no pudo seguir inhalando y exhalando como le decía la voz tranquila de la aplicación que había descargado en marzo del año anterior. Abrió los ojos y se vio en el mismo lugar que hace diez meses con las mismas preocupaciones y pensó que de pronto, así como no hay forma de comprar la felicidad, tampoco hay forma de inhalarla. Decidió usar el resto del tiempo que le quedaba para gritarle a la almohada justo antes de su primera clase virtual del día. ‘Mi mamá tenía razón.’ Pensó. ‘Ayuda un poco.’

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Por: Sara Torres Benavides



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