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[FOTOCRÓNICA] Los Andes en cuarentena: vacía y transformada



El Uniandino visitó el campus de la Universidad de los Andes, que por los últimos meses ha permanecido vacío. Acá la crónica fotográfica de esa visita.



La llegada


Luego de acercarme para explicarle el propósito de mi visita, me preguntó cuándo volveríamos los estudiantes. Mientras me acompañaba a la portería, contaba con emoción la experiencia de otras universidades en las que los estudiantes ya habían regresado a las aulas.

Esta madrugada era diferente a las demás: ya no me preparaba para sentarme en mi escritorio durante horas, iría por primera vez, después de seis meses, a la universidad. Mis expectativas eran altas, esperaba encontrar un campus solitario, pero no tan desierto y frío como lo encontré. Sentía intriga y me emocionaba pensar en el momento en que pondría un pie donde antes me quedaba hasta tarde estudiando.


Ese día fue cálido y de cielo despejado. El tránsito era suave y la ciudad parecía estar silenciosa. Me encontré, como solía hacer muchas mañanas, frente a la concurrida calle entre la estación de Transmilenio Universidades y el edificio Santo Domingo. La escena de la subida vacía fue el inicio de un encuentro nostálgico y solitario. Un minuto después de sacar la cámara y procurar documentar el vacío, un guarda de seguridad de Torres de Fenicia ya me advertía que el lugar no era tan seguro como pensaba y me recomendó guardarla. Los alrededores estaban deshabitados y fríos. Los puestos de venta ambulante no se veían, solo algunos vendedores esperaban algún caminante del centro de la ciudad.



En la subida por el eje ambiental hacia el Mario Laserna se veía lejos un guarda de seguridad que parecía custodiar un edificio, una calle y un parque desierto. Se encontraba con un labrador café claro y mantenía una postura firme mientras observaba los transeúntes que bajan de Monserrate. Luego de acercarme para explicarle el propósito de mi visita, me preguntó cuándo volveríamos los estudiantes. Mientras me acompañaba a la portería, contaba con emoción la experiencia de otras universidades en las que los estudiantes ya habían regresado a las aulas. Ya en la portería del W el registro fue exhaustivo: lavado de manos, fila con distancia, toma de temperatura, permiso de ingreso, registro de datos personales, así la cédula y el carnet para validar el permiso. El registro tomó alrededor de veinticinco minutos y marcó el inició de un recorrido evocativo y solitario.




Un campus vacío y desolado


se veían las oficinas cerradas, los salones apagados, una ausencia casi completa de ruido

Luego del protocolo, me encontraba completamente solo en el primer piso del Lleras. A cada paso, el silencio contrastaba aún más con los recuerdos asociados a esos lugares. Los pasillos ya no eran escenarios de encuentros casuales, charlas de mañana, pasos afanados hacia clases que ya habían empezado: lugares de tránsito. En cambio, se veían las oficinas cerradas, los salones apagados, una ausencia casi completa de ruido. Todas las sillas, incluso las que nunca se vaciaban, estaban disponibles. Mientras paseaba, me encontré ocasionalmente con personal administrativo o de servicios generales, pero la contingencia reducía la interacción a una mirada callada y distanciada. Los espacios que antes destacaban por su calidez, ahora eran escenarios desolados.


los únicos rastros de estudiantes se veían en los tableros llenos de notas o ecuaciones de hace meses


Pese a la ausencia de estudiantes y profesores, la universidad brillaba de lo limpia y ordenada, como si se preparara para volver a recibir a los miles de estudiantes que llegaban cada día. Los espacios de espera, los sitios donde se fumaba, los puntos de encuentro, los lugares de descanso y las oficinas permanecían a la espera de sus ocupantes recurrentes. El Bobo, por ejemplo, se encontraba completamente despejado, el pasto verde evidenciaba un corte reciente y no había rastro de espacios abollados por el tránsito corriente de la vida antes de la pandemia. Era casi artificial, el sol generaba un ambiente agradable y la escena brindaba paz junto con un singular sentimiento de extrañeza. En los espacios usuales de estudio los únicos rastros de estudiantes se veían en los tableros llenos de notas o ecuaciones de hace meses. Las sillas permanecían recogidas en las mesas o incluso habían desaparecido de sus lugares cotidianos. Los espacios de uso ordinario se habían convertido en meros senderos, lugares de paso para destinos concretos. Las únicas personas que se veían de vez en cuando eran estudiantes o personal que trabajaba en laboratorios, principalmente miembros del proyecto COVIDA del Laboratorio de Secuenciación Gencore.



Recorrer de nuevo la universidad fue un reto: las escaleras infinitas, las subidas, pasillos y rampas hacían evidente todo el espacio que antes caminaba sin darme cuenta. La diferencia era que en esta ocasión no sentía estrés, ansiedad por un parcial o entrega, no iba al encuentro con nadie, simplemente caminaba atento a los paisajes. Las escenas eran dignas de postales, la atención se centraba en los colores, las estructuras de los edificios y las disposiciones del campus. Los lugares más icónicos, e incluso los que no lo eran, despertaban recuerdos y experiencias.



La visita a la biblioteca general fue todo un proceso. Luego de solicitar varios permisos me dejaron entrar al fin. Al parecer era el primer estudiante que lograba ingresar desde la pandemia. Además del corto personal administrativo estaba completamente vacía. Los corredores de innumerables estudiantes, maletas, computadores, libros y cuadernos ahora eran una hilera extensa de sillas y mesas uniformes. Las mejores mesas y sillas que permanecían ocupadas, ahora estaban libres, al igual que las salas de estudio.



Luego de recorrer ampliamente la universidad me di a la tarea de subir al centro deportivo. Ya no solo la subida corriente era un obstáculo, sino que el ingreso solo fue posible por el camino empedrado por la calle entre el ML y el W. El panorama se repetía, espacios desolados, muchas puertas cerradas y luces apagadas. Mi presencia era inusual y de vez en cuando las personas de seguridad o servicios generales indagaban sobre mi visita. Las canchas, máquinas del gimnasio, mesas de ping-pong y tres bandas, así como la piscina y demás espacios deportivos permanecían cerrados y abandonados.




Un campus transformado


Desde el primer momento, el campus brilla por los colores amarillos vivos y negros de las marcas de distanciamiento. En el ingreso hay grupos de lavamanos con dispensador de jabón y papel desechable. Las marcas que separan las personas en la fila y las cintas que indican la dirección e ingreso a la fila son reiterativas, están en todas partes. Los torniquetes de ingreso indican que no se deben tocar los molinetes con las manos y el carnet no debe tocar el sensor. En la entrada habilitada, primer piso del W, hay una máquina dispensadora de autocuidado: tapabocas y geles antibacteriales y kits de desinfección dispuestos para ser adquiridos por los transeúntes que en algún momento llegarán.



Las cafeterías y zonas sociales ya cuentan con stickers que señalan los espacios que no deben ser ocupados para conservar la distancia. También, en los ascensores solo se permiten máximo cuatro personas o, incluso dos, si una de ellas se encuentra en silla de ruedas. Los lavamanos se encuentran a lo largo del campus en puntos estratégicos: cercanos a entradas, edificios o pasos antes concurridos.



La mayoría de salones se encuentran cerrados con llave, sus sillas organizadas encima de las mesas y las luces apagadas. Los pocos que se encuentran abiertos ya cuentan con una reducción significativa de sillas, tienen stickers adheridos a las mesas que indican la distancia física de dos metros y una guía con recomendaciones para prevenir el contagio como mantener la puerta abierta, conservar una buena ventilación y usar tapabocas. Los laboratorios indican su aforo de capacidad máxima y reiteran el uso del tapabocas. Al igual que el resto del campus, los baños se encuentran delineados con marcas negras y amarillas y se deshabilitaron lavamanos e inodoros para evitar el contacto.



Las disposiciones actuales del campus parecen reducir considerablemente los espacios sociales y las posibles interacciones. El campus demuestra estar listo para recibir a los estudiantes, pero por el momento es difícil imaginar un campus como lo era antes. La contingencia parece marcar la ruta hacia un campus diferente, una vida universitaria alternativa. En un futuro cercano será necesario convivir en un ambiente limitado, en un campus desolado, distanciado, restringido. La experiencia de recorrer el campus después de un tiempo largo me hizo apreciar los espacios, edificios, salones, cafeterías, y calles en las que antes caminaba sin percatarme. Ahora más que nunca extraño hacer una larga fila para subir por el ascensor del W o el SD, recorrer los pasillos de la biblioteca para encontrar algún espacio disponible, esperar a un amigo junto a otros cientos de personas que también esperan a sus amigos en banderas, quedarme sin aliento tras subir a la caneca, caminar solo pero junto a muchos otros en los cambios de clase, experimentar el caos diario en el que me sentía, paradójicamente, en calma.


Por: Juan Pablo Langlade



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