• El Uniandino

En el ojo del huracán

Actualizado: hace 3 días


En la Fundación Santa Fe y en muchos otros hospitales del país, los internos son los únicos médicos no graduados que continúan en el hospital. Es su último año en la carrera de medicina, en el que se debaten entre estar a punto de ser médicos generales y seguir siendo estudiantes. Con la llegada de la pandemia, en un mes pasaron de ver decenas de pacientes al día a ver tan solo uno, a encontrar paredes donde antes había pasillos, a llenarse de preguntas en un lugar donde antes abundaban las respuestas.


El Uniandino entrevistó a ocho estudiantes de undécimo semestre de la Universidad de los Andes que hacen su internado en la Fundación Santa Fe de Bogotá.


Este es el relato de una pandemia desde su mirada. Desde adentro de un hospital. Desde el ojo de la tormenta.






Cuando la vida se puso patas arriba


La Fundación Santa Fe, como cualquier hospital, era un epicentro de actividad. Iban y venían enfermeras, doctores, residentes, internos y estudiantes por todos los pasillos, a todas horas. Por donde se caminara se encontraban pequeños grupos de gente con bata: pasando revista, discutiendo algún paciente, consultando alguna imagen alrededor de un computador. A menos que estuvieran en salas de cirugía, nadie andaba por ahí con tapabocas. Ver a alguien usando mascarillas N95, una especie de tapabocas que provee mayor protección, era todo un evento. Urgencias era un desfile interminable de personas y en consulta externa, sin importar lo que se hiciera, siempre estaban con algún paciente atrasado. Los días se iban en rondas interminables o en un consultorio, pasando un paciente tras otro tras otro tras otro. Así era la Fundación Santa Fe hace no mucho tiempo. Ya todo cambió.



E.D.


Todo pasó en un mes. Es irreal, muy irreal.


Empezamos a ver videos de China que estaban circulando por las redes y decíamos “no, eso es puro amarillismo, no es real”. Luego de un momento a otro empezaron a llegar noticias de Italia y España. Cuando llegó el primer paciente de COVID yo estaba de turno en urgencias de ortopedia. Me fui a un consultorio a ver pacientes, estaba reventado el servicio. Una enfermera me dice: “doctor, se puede salir un momento, es que vamos a pasar una paciente”... Esa era la primera paciente de COVID, la que llegó de Italia. Desde ese momento todos empezamos a usar tapabocas. Empezó un poco el pánico, algunos doctores se pusieron realmente paranoicos. Había ansiedad, todo el mundo decía: “marica, ya llegó el COVID”.



Z.M.


Todos sabíamos que el coronavirus en algún punto iba a llegar, sabíamos que la Fundación se estaba preparando, pero creo que ninguno entendía el impacto que iba a tener. Nos parecía hasta chistoso: “ay, estamos en internado y llegó una pandemia”. Nunca se me va a olvidar, estaba en la estación de enfermería del segundo piso cuando salieron las noticias del primer caso en Facebook, y luego salió ese tweet que decía que se atendió acá. Me acuerdo que el familiar de un paciente salió de una habitación y nos dijo: “¿ustedes no me van a dar un tapabocas? Aquí hay coronavirus”.


Empezaba a crecer la tensión. Un día iba caminando por el tercer piso y vi una pared de drywall nueva. Así como que un día tienes un pasillo y al otro tienes una pared. Yo subía y bajaba por las escaleras internas y la escalera del tercer piso estaba sellada. Después vi la puerta que decía ‘Área restringida, no entrar’. Entendí: “esto es coronavirus”.






D.A.


Todo estaba normal, pero no estaba normal. Fue un momento muy ambivalente para todos. Me acuerdo que invité a salir a una vieja: “vamos a salir hoy antes de que se acabe el mundo jajajaja”.


Hubo una reunión en el hospital. Era todo el auditorio del séptimo piso con las sillas a dos metros de distancia. Salió Henry Gallardo, el director de la Santa Fe, y tú entendías que era una persona que estaba cansada, que le estaba echando ganas, que no sabía qué hacer con esto porque nadie sabe qué hacer con esto. Esos eran unos días bien raros porque unas universidades iban cancelando el internado y otras no, y en esa reunión nos dijeron: “ustedes siguen firmes”.



R.D.


Para nosotros como estudiantes fue muy duro. En ese momento no solo cerraron nuestra universidad, también le suspendieron el internado a los de El Bosque. Nosotros ya veníamos con déficit de internos y cuando ellos se fueron quedó aún peor. El hospital estaba desorganizado, todavía no había un protocolo establecido y de hecho todavía no lo hay, la gente no sabe muy bien qué hacer. Esa transición fue bastante caótica. Ya después cada servicio empezó a organizarse para disminuir la exposición.


A.C.


Me acuerdo que estaba en una cirugía con un doctor preocupadísimo. Me decía “prepárense que a ustedes les va a tocar esto, les va a tocar escoger quién vive y quién muere...”. El hombre estaba mal, estaba en pánico. Casi que decía: “se van a trepar los zombies por la Fundación y los van a tener que patear”. Yo salí traumatizada, entré en pánico.


Después, en anestesia nos decían: “si ustedes quieren intubar, chévere que lo hagan, pero eso tiene un riesgo adicional de exposición a la vía aérea del paciente”, y en ese momento no teníamos ningún método especial de protección. Un día vi llegar a un doctor con un N95; se lo puso y pensé, “mierda, obviamente yo no puedo estar metida en la boca del paciente”. El doctor se hizo en la pared y me dijo que intubara, y yo ahí con mi tapabocas de tela. Pensé, “mierda, tal vez yo también necesito una de esas mascaritas”.


A partir de ahí los anestesiólogos empezaron a intubar con N95 y visores, y después en salas de cirugía se empezó a tratar todo paciente como un paciente de coronavirus. Para anestesiar u operar te toca vestirte como un astronauta, y si hay tres cirugías y eres de anestesia, te quedas durante las tres sin ir al baño ni nada. Una noche hubo cuatro cirugías y el anestesiólogo nos invitó a entrar. Esa fue mi primera experiencia con el traje: no tocar nada, vestirse bien, ocho regaños de la instrumentadora, se empaña el visor, toda la cosa. Y fui al baño antes por ahí tres veces para que no me dieran ganas durante cirugía.





G.P.


Yo estaba en urgencias cuando empezó todo. Se sentía el estrés de la gente: las jefes de triage se estaban peleando con los doctores, muchos buscaban echarle la culpa a los demás, nadie sabía muy bien qué hacer. También había mucha falta de comunicación, un día te decían una cosa, otro día te decían otra, nadie sabía qué hacer. Al mismo tiempo había doctores que eran paranoicos y otros muy frescos, que no lo veían tan grave. Cuando retiraron a los estudiantes uno de ellos dijo: “agh, y entonces el mundo va a parar por una gripa”.


Se supone que nosotros no atendíamos pacientes de coronavirus. Pero al principio, solo los que tuvieran contacto confirmado con personas de países infectados eran los que se aislaban, entonces terminamos viendo algunos pacientes que después fueron sospechosos. Luego empezaron a considerar que todos los pacientes respiratorios eran positivos y los llevaban al primer piso, donde no van los internos. Pero igual pasaba mucho que en triage los pacientes no mencionaban síntomas respiratorios y después en la consulta, cuando uno preguntaba bien, sí los tenían. Y al final pasaba que los casos no eran tan típicos: llegaba una persona con diarrea o con un infarto y terminaban siendo pacientes con coronavirus. Cualquier persona podía tenerlo.


La calma antes de la tormenta



La muerte

siempre llega con ese instante de retraso


Wislawa Szymborska - On Death, Without Exaggeration





E.D.


No sé, yo siento que en la Santa Fe todo pasó a ser nada.


Tienes la sensación constante de que algo muy grande está pasando y no sabes cómo encajas tú dentro de eso. Hay miedo, adrenalina, motivación, hay gente que simplemente no quiere estar ahí, es un sancocho.



H.N.


Todo el hospital está demasiado vacío: no hay consulta, no hay cirugía programada, a urgencias no está llegando nadie, a ortopedia no llega nada… Se siente rarísimo. El hospital está muy cambiado: hay un montón de pisos cerrados, con guayas entre las puertas, todo está lleno de plásticos, duplicaron la cantidad de dispensadores de antibacterial…


Es muy extraño. Cada vez que alguien tiene que ir a ver a los pacientes COVID empiezan: “pero tómate foto con el traje de astronauta”, y se la muestran a todo el mundo y es todo un tema, pero en el fondo es como… Qué implica ponerse el traje de astronauta. Nadie quiere ir, “si toca, toca”, pero nadie quiere ver esos pacientes. Se vuelve el tema de conversación en el hospital. Se habla todo el tiempo: en el almuerzo, en los tiempos libres, a todas horas.


La cafetería me ha impresionado un montón: separaron las mesas a más de dos metros y las mesas largas las pusieron contra las paredes. Ahora no puede estar una persona frente a otra, y las sillas a los lados están también muy separadas. Y se siente rarísimo, se siente muy lejano.




D.A.


Ver que el hospital funciona tan poco y que haya tan poquita gente caminando por ahí genera ansiedad, es como esperar a que esta vaina se desmierde. Es esperar y esperar hasta que se ponga feo. Es como cuando uno pone una película de miedo y se sabe que van a matar a alguien, van a matar a alguien. Así, pero semanas de eso.


Hay una armonía dentro del desespero. Es como, bueno, toca ir, pero se va y se hace, no es así de mala gana. Ese es el ambiente: todos siendo lo más positivos que se puede, pero, verga, todos tensos, todos ansiosos por dentro.


H.N.


Yo no me he quejado tanto de la incertidumbre porque sé que es para todo el mundo, no me he parado en que necesito pedir respuestas porque sé que nadie las tiene. Cuánto va a durar esto, hasta dónde vamos a llegar, si el hospital va a colapsar o no… Ni idea.



Z.M.


El común denominador es una sensación de miedo y peligro inminente. La Santa Fe nos ha visto crecer, es un lugar donde uno siempre estaba feliz y tranquilo y seguro. Y ahora no es ese lugar tan seguro. Es un ambiente donde todo el mundo está a la defensiva.



A.C.


Es muy raro, porque no hay ninguna reunión social dentro del hospital, entonces uno no sabe cómo está el otro. Nadie se queda ahí, nadie almuerza con nadie, de vez en cuando se charla si uno se encuentra con alguien, pero no mucho. Todo el mundo va, hace lo que tiene que hacer y se devuelve. Y como no hay pacientes es todo muy tranquilo. Yo creo que esta es la calma antes de una gran tormenta, no lo sé. Pareciera.


Con el miedo detrás de la oreja



En tiempos de coronavirus, ¿qué implica estar todo el día en un hospital? En una palabra: miedo. Los pacientes, acompañantes, estudiantes y médicos que antes llenaban los pasillos han dejado a su paso un vacío que ahora solo ocupa el fantasma del virus: la amenaza invisible, inaudible, intangible, que pareciera estar en todos lados y en ninguno al mismo tiempo. La posibilidad de contagio lo impregna todo y el miedo a contagiarse es grande, pero el miedo a contagiar a otros es aún mayor. Contamina las relaciones con compañeros, amigos y familia, ha cambiado las dinámicas de la vida diaria e incluso ha sacado a varios de su propia casa. Y el miedo lentamente se convierte en paranoia.






D.A.


Básicamente, en este punto cualquier persona tiene COVID hasta que se demuestre lo contrario.


Hay gente muy, muy asustada, y con buena razón. En este momento da mucho miedo ser lo que uno estudió. ¿Quiénes son los que se mueren en estas vainas? Primero viene la salud de uno. En el curso de reanimación que hacemos nos enseñan que antes de meterte a la escena tienes que comprobar que todo esté seguro. Y ahorita no está todo seguro, pero se tiene que meter alguien.



G.P.


El miedo está presente, uno intenta que no esté pero igual sí está.


Cuando todavía no aislaban a todos los pacientes respiratorios, en urgencias me pasaron a una señora con una neumonía terrible, y le hicieron la prueba de coronavirus. Eso fue un martes y el domingo me levanté con tos y fiebre. Me hicieron la prueba y salió negativa, pero igual eso da mucho miedo. Y al final todos tuvimos contacto con algún paciente de coronavirus que dio positivo.



Z.M.


El miedo es algo muy grande, todos somos conscientes de que nos podemos contagiar. A veces me da miedo entrar en las habitaciones de algunos pacientes, cosa que nunca me pasaba, incluso acercarme a las personas. En la Fundación se tienen bastantes protocolos, pero aún así a veces no son suficientes. Hay pacientes con una sospecha muy baja que se les toma una prueba pero no los aíslan, y si piden una consulta igual los tienes que ir a ver. En cirugía nos tocó un paciente así y a las tres semanas resulta que la prueba dio positiva. Entonces todos estábamos en crisis, que yo lo vi tal día, que yo lo vi tal otro, que yo lo vi sin N95… Esos días son horribles, hasta que ya después te calmas: “no pasa nada, no pasa nada, no pasa nada”.



P.D.


Yo compré N95 y todo el tiempo estoy usándolo porque ya no se sabe quién puede ser positivo y quién no. Entonces no me importa si estoy solamente con mis compañeros, no, todo el tiempo estoy con N95.



H.N.


Ningún interno va al piso de COVID, pero los internos sí están viendo a los pacientes que estaban ahí y ya los trasladaron porque son negativos. Son pacientes que eran sospechosos y la prueba salió negativa, o que estuvieron positivos y se curaron. Entonces es muy angustiante, porque, bueno, de pronto nunca tuvo COVID, pero duró cinco días en el tercer piso: ¿cuál es la probabilidad de que ahí no se haya infectado? Y tampoco hay garantía de inmunidad para los que sí tuvieron COVID, entonces ni idea.


Ayer en turno me mandaron a dormir y casi no lo logro, la sensación de estar al lado de unas personas que no conozco en un sitio cerrado… Me dio demasiada angustia. Casi me duermo con el tapabocas puesto, pero después sentí que me iba a ahogar. Es como un miedo que está ahí detrás de la oreja todo el tiempo.





E.D.


Cada vez que me toca ir al hospital, el día anterior me da una ansiedad loquísima. Y cuando regresas a la casa te quedas pensando, “qué tal que lo tenga”. Y dices “bueno, no pasa nada, si lo tengo soy joven, lo más probable es que no me pase nada”, y luego te acuerdas que no, que se han muerto personas jóvenes intubadas. “Jueputa, esto es grave”. Y ya después se te olvida al segundo día. Y después te toca volver al hospital y vuelve a empezar el ciclo.



H.N.


Hay gente que se fue a vivir con otros internos, y los que no tienen opción es llegar a bañarse en la entrada y rogar por no contagiar a la familia, que es una carga durísima. Todas las personas con las que hablo en el hospital ya han tenido dolor de garganta más de una vez… No, qué estrés estar con dolor de garganta alrededor de la familia.


Un día una doctora nos contó que su hijo había tenido un síntoma y lo primero que pensó fue coronavirus y no pudo dormir en toda la noche. Mientras nos decía eso se atacó a llorar. Eso fue el fin de semana que se murió el médico, y ella decía: “fue un día horrible, todo el tiempo estaba pensando cuándo me voy a tener que ir de mi casa y dejar a mis hijos”. Pero después está la dicotomía de: “por qué tengo que irme de mi casa, simplemente dejo de venir al hospital y ya”. Y esa es la sensación que ha sido muy dura del tema de los héroes.


Yo he ido como tres veces a mi casa solo para estar con mi mamá. Pensaba ir otra vez hace dos días, pero decidí no hacerlo. En pediatría hemos tenido siete casos sospechosos, todos hijos de enfermeras, y tuvimos un caso positivo de una bebé de ocho meses hija de una doctora de otro lado. Y ahí dije: “no voy”. El mayor contagio que he visto hasta ahora en el hospital es de familiares del personal de salud. En este momento no tengo por qué visitar a mi mamá, solo quería ir a verla muy caprichosamente. Pero es un riesgo muy innecesario solamente por ganas de verla.





E.D.


En un punto empezamos a leer sobre COVID y nos dimos cuenta de que las personas con mayor riesgo son los cardiópatas. Mi mamá es cardiópata, y yo dije, “ni hablar, ya, me voy de la casa”. Fue muy fácil tomar la decisión. Ha sido más duro ahora que no sé cuándo voy a poder volver a casa.



Z.M.


Si a mis papás les llega a dar coronavirus, así no les pase nada, me voy a sentir terrible. Porque fue mi culpa, porque no me lavé las manos lo suficiente... Ese sentimiento de ser ‘radioactivo’ es muy feo. Yo le digo a mi mamá que soy radioactiva. Uno se siente sucio todo el tiempo.



La nueva normalidad


Y escucharon más profundamente. Algunos meditaron, algunos rezaron, algunos danzaron. Algunos encontraron sus sombras. Y la gente empezó a pensar diferente.


Catherine M. O’Meara - In the Time of Pandemic





D.A.


No sé, es como un continuo raro. Todo está paralizado pero nosotros seguimos yendo al hospital.



H.N.


Muchas cosas se suman para que todo se sienta distinto. Sí, puede que tú vayas al hospital y hagas lo mismo, pero ahora sales de la casa a coger un taxi o te vas caminando para no coger transporte público, tienes que cambiarte el uniforme cuando llegas al hospital, llegas a la casa a bañarte y lavar toda la ropa… ¿Sabes? Siento que es una mentalidad demasiado distinta que parte un poco desde el miedo y es muy desgastante.


Ahora nos toca entrar por la novena porque la entrada de urgencias está cerrada. Subimos a pedir un uniforme y ahí mismo te dan un tapabocas. Me cambio, meto mi ropa en la maleta, salgo de ahí, y en ese proceso ya me he echado antibacterial tres veces. Después, cuando entro al piso de hospitalización, también me echo antibacterial, y todo el tiempo están pasando señores de aseo desinfectando teclados, computadores, mesones, pantallas, todo, muchas veces al día.




P.D.


Yo el celular, apenas salgo de la casa, lo meto en una bolsita ziploc y a cada rato estoy limpiándola. Si lo pongo en una mesa, apenas lo levanto lo limpio con antibacterial. Todo el tiempo. Uno se vuelve más consciente: si tocas algo, ese algo está contaminado, entonces lávate las manos o ponte antibacterial.


Apenas llego a la casa dejo los zapatos en la entrada, saco el celular de la bolsita ziploc y le echo alcohol de todas maneras. Me quito literalmente todo en la puerta y paso directo a la ducha. Me baño toda: pelo con shampoo, todo, todos los días.



Z.M.


Tenemos en la entrada una estación de limpieza. Hay un spray de cloro que uso para las suelas de los zapatos y los dejamos en el balcón. Dejo todas las cosas de la maleta en una cubeta y se desinfectan con alcohol. La maleta se echa a la lavadora junto con toda la ropa. Salto de la entrada a ducharme. Y ya después me empijamo y ahí es cuando digo, “bueno, ya puedo saludar a mis papás, puedo sentarme en mi casa, puedo estar tranquila”.



El internado que no fue


“Vamos a ser médicos en menos de un año”: todos están de acuerdo en que ese es un pensamiento emocionante, pero ante todo escalofriante. Y más cuando no saben si van a poder graduarse con todas las habilidades que un médico general debe tener, que es lo que deberían estar aprendiendo en el internado. Divididos entre el deber y la incertidumbre, los internos casi a diario se preguntan si vale la pena seguir con su labor en medio de la pandemia, o si quizás deberían aplazar el semestre para no exponerse en vano y tener la oportunidad de graduarse sabiendo todo lo que necesitan saber si alguien va a poner una vida en sus manos.





D.A.


Mucha gente considera que aplazar el próximo semestre es una opción, en el sentido de que el valor académico que tenía este año se perdió. Pero por ahora, yo creo que el espíritu del internado es que, mientras podamos seguir yendo al hospital a trabajar y mientras esperamos que esto se ponga peor, pues vamos a seguir yendo y con toda la actitud. Porque la sociedad nos requiere en este momento y, cuando uno asume que va a ser médico, esto es parte del trabajo. Yo dije, bueno, si nos tocó ahorita ser internos, pues mala suerte, pero a todo el mundo le tocó vivir en este problema del coronavirus.


Y bueno, es chiflado, es muy chiflado tener que ser interno en esta vaina.


Z.M.


Toda esta situación nos ha impactado fuertemente en un momento muy importante de la carrera. La universidad ahorita no nos puede asegurar nada y es algo que ellos han dejado muy claro. Los internos en este momento tenemos mucha incertidumbre: no sabemos qué va a pasar, no sabemos cuánto tiempo va a durar. Muchos pensamos que esto no es ni un 10% de lo que va a pasar: no ha llegado el pico, no se está aplanando la curva, nada de eso.


Hay servicios en los que los internos todavía son una pieza fundamental, como urgencias y medicina interna, y esos dos servicios son los que se han mantenido más abiertos y más llenos en medio de todo lo que está pasando. Entonces yo siento que todavía seguimos teniendo un rol muy importante ahí, pero hay otros servicios que están muertos, y como ha bajado el volumen hay menos cosas por hacer. Y lo triste, de cierta manera, es que la academia es difícil de manejar en este momento.


Todos los servicios buscan proteger a los internos. Nos protegen mucho y nos guardan, no sé si es por si luego nos necesitan [se ríe]. Es un arma de doble filo, porque la gran mayoría estamos muy agradecidos de que nos estén protegiendo, pero todavía somos estudiantes, todavía somos médicos no graduados, y la parte académica ha disminuido muchísimo, no se han logrado espacios para recobrar eso.





E.D.


En un punto los internos estaban haciendo telemedicina: como no podían ver a los pacientes, el doctor iba a verlos y luego llegaba a la sala de computadores y les contaba: “oiga, los pacientes tienen esto, esto y esto”. Entonces no sé, me parece chévere la idea de protegernos, de no tenernos en la primera línea, pero también me parece un poco patético estar evolucionando un solo paciente al día y hacer telemedicina. Yo no sé, ¿sabes? A veces siento que es exponerse, porque ir al hospital sí o sí es un riesgo. Y en muchas rotaciones es un poco inoficioso.



R.D.


Estas últimas rotaciones para mí no han sido buenas. No he tenido la posibilidad de aprender cosas que son importantes para cualquier médico general que se gradúe. Y yo no me quiero graduar con esos vacíos.





A.C.


La universidad tiene un compromiso con nosotros, primero porque estamos pagando casi 30 millones de pesos por semestre y segundo porque deben graduar unos buenos profesionales. Entonces yo digo, o nos exponen para adquirir esas habilidades que necesitamos o cancelan esto, pero estamos en un agua tibia en la que no hacemos nada.


Lo que a mí más me pone a pensar es la parte económica: estamos expuestos a ese riesgo adicional, nuestra parte académica está reducida en un 90% al igual que nuestra parte clínica, nos han cerrado muchas rotaciones en muchos hospitales... Pero los precios de la matrícula se mantienen supremamente elevados. Entonces no están cumpliendo con ninguno de sus compromisos y uno sigue pagando por algo que le están prometiendo. Si me quiero matricular el próximo semestre es básicamente: “pague 30 millones por un diploma en diciembre”. Así lo vemos muchos.


Ante todas las dudas dicen: “eso es con Matrículas”, “eso es con la universidad”. Me encantó esa frase. La misma facultad dice “eso es con la universidad”, como si ellos no fueran la universidad. Yo sí siento que somos una población un poquito más vulnerable que el resto de las carreras y que alguien debería abogar por nosotros. ¿Y quién mejor para abogar por nosotros que la misma facultad? Ahí ha faltado mucho.



D.A.


Tú dices, bueno, al fin y al cabo si me necesitan en el hospital, así no vaya a aprender mucho, de una, pero tengo que pagar 25 millones. Entonces estamos en una posición vulnerable porque dentro de un mes vamos a pagar 25 millones para ir a prestar servicio de salud asistencial. Y nos dijeron que para ese tema había que esperar a ver lo que dijera Matrículas, en lugar de tener una actitud un poquito más propositiva y decir, “bueno, esto se va a llevar a Matrículas a ver cómo se puede suavizar”.


Aunque la universidad esté pasando por un mal momento, los estudiantes también.



Sobre héroes y aplausos


No gente dispuesta a morir por una causa (un grupo

bastante grande), ni aquellos dispuestos a matar por una

causa (también un grupo bastante grande), pero gente

dispuesta a hacer esto (un grupo relativamente pequeño).


Charles Bernstein - Report from Liberty Street



La narrativa de los médicos como héroes de la pandemia inundó los medios de comunicación y las redes sociales desde el principio. En las primeras semanas se adoptó la extraña ceremonia de pararse a aplaudir en la ventana o el balcón todos los días a las 8 p.m. como muestra de apoyo al personal de salud, ceremonia que se ha mantenido durante más de un mes. Pero a medida que avanza la emergencia y se ponen en evidencia las condiciones precarias en las que trabaja el personal de salud en varios hospitales del país, el discurso de los héroes causa cada vez más indignación entre los médicos.




E.D.


Yo veo la medicina como una carrera común y corriente, es equivalente a ingeniería o a física, química, microbiología… Es una carrera más. Para mí ser médico no tiene una connotación ética superior al resto de la humanidad. Yo no creo que el médico sea un salvador, yo creo que es un técnico en salud, es equivalente al mecánico que arregla el carro, pero es el mecánico que arregla el cuerpo. Dentro de esa concepción, no considero que los médicos sean héroes, pienso que tienen un deber social por la carrera que escogieron, así como el soldado tiene el deber social de defender el país si llegan, no sé, los extraterrestres. Siento que no hay un heroísmo innato en sacrificarse por la vida de otros.


Hay gente que está muy emocionada, que quiere ir a lucharla, y eso está bien, la sociedad necesita gente que esté dispuesta. Yo no soy esa gente, pienso que puedo contribuir al bienestar social de algún otro modo que no implique sacrificarme. Si su decisión personal es ir a atender pacientes de COVID en urgencias, por favor, muy importante, que lo haga. Hay otra gente que dice, “me voy a esconder debajo de una piedra y voy a esperar a que todo pase”. Esa es la gente que luego repuebla el mundo [se ríe]. Obviamente estoy exagerando, pero, sí, cada quien tiene su rol.


Siento que esa visión del médico como un héroe es muy similar a la visión que tenía Estados Unidos durante la guerra de Irak, siento que ese heroísmo es una forma de darle moral y motivación a un personal humano para que se mantenga en las filas como carne de cañón, luchando.




H.N.


A nosotros nos ha dado muy duro el tema de los héroes y nos ha dado hasta un poco de mal genio eso de los aplausos a las 8 p.m. Es una carga horrible la de estar salvando al mundo, y si uno es un héroe, eso implica sacrificio, en alguna medida. Entonces es: “sí, estoy yendo al hospital, pero porque no estoy viviendo en mi casa”, o “estoy yendo al hospital a costa de tener pesadillas con COVID todos los días”, ¿sí? No es tan fácil. Y solo la posibilidad de contagiar a un familiar es horrible, y eso sí se siente todo el día.



P.D.


Digamos que bonito y todo lo de los aplausos y eso, pero creo que vale más que nos cuiden por lo menos brindando las medidas de seguridad mínimas, porque uno no es un superhéroe. Uno sin ninguna medida de protección a fin de cuentas es un ser humano de carne y hueso. No es como que tengamos superpoderes para protegernos y ser inmunes.



Z.M.


A mí me dio mucha rabia, me pareció irónico esa calle de aplausos que le hacen a los médicos. Pues sí, muy bonito tu sentimentalismo y todo lo que quieras, pero me parece un acto un poco hipócrita llamarnos héroes en este contexto, y en el contexto en el que trabajan tantas personas, en donde no tienen ni los mínimos elementos de protección. ¿Pero entonces, cuando se mueren sí les hago una calle de aplausos y les regalo la bandera de Colombia? A mí eso me dio rabia, me dio tristeza y me dio, obviamente, mucho miedo, porque los médicos también somos seres humanos, los médicos también nos enfermamos. Y yo siento que hay una parte de la sociedad que se olvida de eso, que idealiza la figura del médico y lo tiene en un altar y es un héroe y salva vidas y no tiene miedo… No, o sea, todos lo médicos estamos cagados del susto, solo que hay momentos en los que uno tiene que tragarse el susto y seguir adelante.





D.A.


Yo creo que lo bonito de toda esta situación es que se han dado cuenta de quién es la gente que realmente importa. Aquí ser médico cada vez es una carrera más cuesta arriba, cada vez tienes que tener más plata para estudiarla, después tienes que pagar residencia, después tienes que graduarte y ganar mala plata para las horas que haces y la especialización que tienes. Ser médico cada vez parece más masoquista. Y si esto no hubiera pasado, habrían seguido de largo y nada de aplausos, sigan haciendo su vaina, yo sigo fumando y pagando prepagada. Ahora ya el público está más de nuestro lado, ya no es tan mercantilista, ya es como que, “ah, mierda, los héroes”.


No sé si cuando esto se acabe tengamos algún hilo de donde tirar, para nosotros halar un poco más hacia nuestro lado en la negociación: mejores condiciones de trabajo, mejores salarios… Yo creo que más allá de hablar sobre qué está pasando ahora, es importante hablar sobre qué va a pasar después, cuando esto se acabe. Si van a seguir aplaudiendo.



Por: Isabella Mejía Michelsen

Diseño gráfico e ilustración (en orden de capítulos): Nicolás Lozada, Sophia Franco, Paula Orozco, Juliana Silva, David Aches y Camila Rodríguez.

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