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El poder de la gomelería


César Olaya es estudiante de Ciencia Política y Filosofía en la Universidad de los Andes y fue uno de los estudiantes que negoció el pliego de peticiones con la universidad. Aquí su columna "El poder de la gomelería". Para contestar a la columna de César envía tu propuesta a preiodicoeluniandino@gmail.com


"Yo creo que todavía no es

demasiado tarde para construir

una utopía que nos permita

compartir la tierra"

Gabriel García Márquez


Los pliegos que los estudiantes presentaron para hacerle frente a la asfixiante alza de las matrículas en el 2017 siguen más vivos que nunca. Ya fueron aprobados, tanto por los administrativos como por los estudiantes, una serie de puntos para avanzar conjuntamente.

El empoderamiento de los “gomelos de Los Andes” nos llevó a un estado histórico de participación en las decisiones sobre presupuesto y gobernanza institucional. Precisamente los temas de representación estudiantil en Consejos Directivos (Consejo Superior, Comité Académico y Comité Directivo) y la introducción de herramientas para controlar y sancionar las proyecciones financieras de la universidad, se postulan como los dos mayores logros.

En la tinta de los pliegos quedó impreso el espíritu de lo que los estudiantes estimaban importante. Matrículas que precipitan crisis en las familias, formas de gobierno universitario que impiden el trámite de ciertos disensos generalizados, burocracia que utiliza la asimetría de información como herramienta de rendición de cuentas, etc. Así mismo, la contraparte, que para ese caso viene siendo la altamente tecnificada administración uniandina, reafirmó su posición de conveniencia frente a gran parte de los supuestos que sostienen estas reiteradas críticas.


Durante las marchas, lunadas y asambleas, pero también, durante el proceso de construcción en la Mesa de Trabajo Conjunta, los administrativos resaltaron siempre un mismo enfoque: las universidades con mejores rankings necesitan un mayor músculo económico y este último, en su mayoría, debe subsanar gastos de inversión para seguir compitiendo entre las mejores. En plata blanca para Los Andes, esto se traduce en 32,3% de gasto en planta docente y administrativa (mayor gasto) y 21,8% para infraestructura (segundo mayor gasto)[1]. Este cóctel en el uso de recursos pretende, junto a una robustecida línea de apoyo financiero, reconciliar una universidad de investigación solvente con una universidad concentrada en pregrados profesionalizantes.


Por su parte, lo que demuestran los pliegos de peticiones es que dicho supuesto va a obligar a generaciones de uniandinos a lidiar con los mismos problemas iniciales. La creciente tendencia hacia el crecimiento del endeudamiento y en la heterogeneidad de matrícula, son dos pelos del mismo gato negro. La ecología de saberes paso a ser la ecología de las deudas: 48% de los estudiantes pagan matriculas de contado y 52% por medio de un esquema de crédito (Becas, Icetex, Global Education, etc.)[2], y los beneficiarios de Ser Pilo Paga pasaron a representar el 30% de la matrícula en pregrado[3]. Así las cosas, la pregunta que deberíamos procurar atender es cuan viable resulta sostener la ideología de inversión por competencia, con estudiantes financiados por bancos o el Estado. Y adicionalmente, ¿a quién beneficia esta manera de pensar la financiación universitaria?


Si bien no pretendo dar una respuesta, creo que el poder de los “gomelos de Los Andes” es mucho mayor. Los pliegos de peticiones representan, desde ahora, el primer paso para empezar a reflexionar desde sectores estudiantiles y no estudiantiles sobre nuestros auténticos valores institucionales, en una era donde la noción comercial parece haber superado la noción ética de la educación en la perspectiva de servicio a la humanidad. Si tomamos la “gomelería” de los pliegos como el mayor espacio de representación logrado por los estudiantes (incluso desde la protesta en el noventa y siete bajo la gobernanza de Rudoolf Holmes [4]) en un proceso de negociación frente a la administración, podemos empezar a comprender el papel de las asambleas estudiantiles como un vehículo necesario para hace viables las preocupaciones estudiantiles.


Por último, debo recordar que la Mesa de Trabajo Conjunta dejó todo un andamiaje técnico y político para que se pudiera hacer efectiva la opinión estudiantil en los temas financieros de la universidad. Es hora de hacer propios estos mecanismos. Comenzando por conceptos formales que se deben emitir desde los estudiantes ante el Consejo Superior en la aprobación del presupuesto general de la universidad, pasando por el nuevo Comité Financiero del CEU que va a tener acceso a los estados financieros y terminando con el sistema de información de consulta permanente (Mi Uniandes).


Si aun habiendo leído este artículo, aún pregunta: y esos pliegos, ¿qué sentido tienen? Entonces lo invito a explorar, desde su punto de vista, las distintas limitaciones económicas, políticas, sociales y culturales que presupone el diagnostico estudiantil plasmado en los pliegos: una educación recortada en representación estudiantil para consejos directivos, financiada por esquemas de créditos bancarios o estatales y basada en la profundidad temática de los currículos anglosajones profesionalizantes. Solo queda recordar un viejo mantra uniandino:


¡Anímense e inspiren, asuman como tal este peso histórico de estar en la vanguardia!



Comentario al margen: participé en todo el proceso de trámite de los pliegos, incluso dentro de las mesas estipuladas de trabajo y espero que ese amor ambiguo demostrado hacia una de las universidades más gomelas del mundo, pueda convertirse en un futuro no muy lejano, en la dicha completa de haber construido conjuntamente la universidad de nuestros sueños.

[1] Matriculas: Pizza con él rector. Charla realizada el jueves 2 de noviembre de 2017. Universidad de los Andes. Consejo Estudiantil Uniadino.


[2] Tomado de la Mesa de Trabajo Conjunta realizada el lunes 12 de marzo.


[3] Tomado de la Mesa de Trabajo Conjunta realizada el 14 de mayo.


[4] Uniandinos esperan acuerdos. Redacción El Tiempo. En: El Tiempo. Bogotá D.C. 01, diciembre, 1997.




Por: César Olaya


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