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El fantasma universal

Actualizado: may 13

Juan Manuel Muñoz, es estudiante de la Maestría en Ciencia Política. Aquí su columna "El fantasma universal". Para contestar la columna envía tu propuesta a preiodicoeluniandino@gmail.com.

La crisis social, política y económica que ésta viviendo Colombia no tiene precedentes en la historia reciente del país. Todos los días, desde la llegada del COVID- 19, millones de familias que ya vivían en condiciones precarias se han estado enfrentando con uno de los peores suplicios que ha azotado a los seres vivos desde el origen de la existencia: el hambre. Esa es la palabra que retumba una y otra vez en las calles y tiene en vilo no solamente a Colombia, sino también al mundo. Los ídolos de barro que se habían erigido con la consagración de la modernidad, y que nos habían resaltado hasta la saciedad la infalibilidad del sistema, se derrumban ante el paso de un gigante que la humanidad había olvidado, pero que la historia misma se ha encargada de recordarnos: la pandemia. Hasta el momento la única forma de contrarrestarla mientras se logra crear una vacuna que combata al virus, es la cuarentena total que obligue a todas las personas, exceptuando al personal fundamental, a aislarse en sus residencias. Por lo cual, de manera intempestiva, miles de millones de personas están viviendo un proceso disruptivo en sus vidas que, posiblemente, marcara un punto de inflexión.

Con esto en mente, no es extraño que desde varios sectores de la sociedad se haya desbordado la nostalgia por conmemorar y querer volver a esa “normalidad” y “estabilidad” del pasado. Bien señala el poeta Cesar Vallejo, en su memorable poema Los Heraldos Negros, que uno de los dolores más profundos que se pueden sentir es el derrumbamiento de los cristos del alma. Es decir, experimentar la caída de aquello que habíamos consagrado como eterno e inmutable -como lo pueden ser nuestros hábitos de vida- y mediante el cual nos habíamos configurado como sujetos. Por eso, en medio de este naufragio, muchas personas tienden a sentirse confundidas y abandonas: esta crisis trasciende del plano empírico y es también de índole espiritual. Pareciera que, como señala de manera enfática Nietzsche, el anhelo de la humanidad por querer alcanzar las estrellas fue tanto que se olvidó de sí misma y del mundo que la rodeaba. Ahora, ante la confusión e incertidumbre que reina en esta coyuntura y el ocaso de lo que habíamos consagrado como eterno, hay una especie de fatiga que está presente en el diario vivir. Una asfixia que no nos permite pensar con claridad, pero que a su vez se encarga de recordarnos la finitud de nuestra propia mortalidad.

¿Qué hacer ante este fantasma universal que viene por todo? Creo que hoy más que nunca es hora de pensar en el otro. Si algo ha evidenciado esta pandemia es la necesidad de hacer un análisis introspectivo de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. El maestro Orlando Fals Borda recordaba constantemente en sus escritos la necesidad de que el compromiso social fuera un pilar central en nuestras vidas. Es hora de interiorizar este postulado y, en el caso colombiano, repensar el papel que ha cumplido esta crisis en la agudización de los conflictos sociales que se viven actualmente.

Esta encrucijada, al manifestarse tanto en el plano material como espiritual, ha profundizado y evidenciado aun más unos reclamos históricos que, a pesar de haber sido exigidos desde tiempos inmemorables, han sido invisibilizados sistemáticamente tanto por parte de algunos sectores de la opinión pública como de las fuerzas del Estado. No obstante, ante los cientos de relatos que se escuchan en los medios de comunicación, en los que se resaltan la situación de vulnerabilidad a la que esta expuesta el país -y sobretodo su clase trabajadora- ha generado que este debate sea inaplazable. Con esto me refiero a una discusión que a todos nos incumbe: el de la justicia social y la vida.

Por consiguiente, la discusión, si se pretende salvaguardar la vida de esos millones de colombianos que se cuestionan diariamente si tendrán algo con que comer o no, debe estar enfocada en la construcción de una agenda social que, por primera vez en la historia de este

país, tenga como núcleo central a los de abajo. Si bien los estragos de la pandemia han herido significativamente a los sectores más vulnerables de la población, el origen de estas problemáticas estructurales -el desplazamiento forzado, la monopolización del aparato rural productivo en pocas manos, la escasez de oportunidades laborales, entre muchas otras- se remontan a décadas atrás. De lo que se ha encargado esta pandemia es de evidenciar el rezago, en materia de ofrecimiento de servicios públicos, de construcción de redes hospitalarias, de trabajo formal y de acceso a dispositivos tecnológicos, que sufre el país.

Este no es el momento para que los privilegiados se atrincheren en su atalaya ni mucho menos para que el gobierno trate de resolver el problema con paños de agua fría. El cuestionamiento hacia este modelo socioeconómico debe tener como eje central la necesidad de impulsar reformas sociales y económicas que permitan verdaderamente una reducción significativa en las brechas de desigualdad para combatir con eficacia estos males endémicos. ¿Qué futuro podemos esperar en los próximos años si abandonamos a su suerte, otra vez, a la clase trabajadora? Ninguno, cometeríamos una vez más ese crimen que es tan característico de la historia de Colombia: el del olvidar al prójimo. Dolería enormemente que al final se cumpla la profecía vaticinada por Joseph Conrad en El Corazón de las tinieblas y sea el horror el que se apodere del mundo. El reto de esta generación es dar ese salto por la vida.

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Por: Juan Manuel Muñoz, estudiante de la Maestría en Ciencia Política

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