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El último latido de los negocios que dependen de Los Andes

Cada año, finalizando enero, los locales comerciales dentro y alrededor de la Universidad de los Andes vuelven a abrir sus puertas para el inicio del semestre. La actividad se mantiene hasta los últimos días de mayo, se suaviza en junio y julio durante los intersemestrales. En agosto vuelve el ritmo normal, para cerrar por completo en diciembre. Así año tras año. Esta vez los clientes no vuelven desde el viernes 13 de marzo.


El café que vende tinto caliente temprano, la fotocopiadora que imprime libros enteros de matemáticas, el restaurante del menú del día más limonada de panela, el parqueadero donde se espera al wheels, el carrito con los paquetes para después de clase, el bar que sirve la cerveza del viernes a las 5:00 pm. Las puertas de los locales comerciales dentro y fuera de la universidad han cerrado y las personas encargadas de su funcionamiento se han visto directamente afectadas por los efectos de la virtualidad.


Aviso tras aviso de Los Andes, los dueños y administradores de los negocios se han encontrado con la necesidad de pensar una estrategia de domicilios, la búsqueda de descuentos en los arriendos, la imposibilidad de pagarle a los empleados. “Siempre se ahorra para el arriendo y los servicios de los meses que estamos cerrados. Este año solo llevábamos dos meses, no teníamos muchos ahorros para lo que se venía encima. Se nos fue todo, sacamos un préstamo para pagar lo que pudiéramos, pero ya los gastos no dan espera”. Cuenta Johan Morales uno de los dos dueños del restaurante One Burrito.





Entre los torniquetes


"¿Cuándo se reactiva la vida universitaria? ¿El siguiente semestre será también virtual? ¿Los estudiantes van a matricularse? ¿Van a venir a comprar? ¿Cómo vamos a cubrir los costos? No sabemos cuáles son las posibilidades. Todo es un gran… No sé"

Dentro del campus hay 31 puntos de alimentación y varios puntos de fotocopiado, impresión y papelería. Todos cerraron el día antes de la semana de receso a mediados de marzo. Los negocios que operan dentro del campus contratan con la universidad bajo la modalidad de concesión de espacio comercial. Karol Tapias, la persona encargada de administrar los negocios de la universidad, le explicó a El Uniandino que bajo este formato los concesionarios pagan mensualmente una remuneración por el uso del espacio, otro pago por las ventas que van directamente al FOPRE y asumen los gastos de servicios públicos de los locales que ocupan. Dadas las circunstancias, Tapias cuenta que la universidad suspendió todos los cobros a los concesionarios, sin embargo, a muchos de los negocios se les ha dificultado salir adelante y ya le han manifestado a la universidad que cada decisión es crucial para definir si aguantan más.


“No se olviden de nuestras concesiones, todos están pasando por dificultades, darles visibilidad por redes sociales es la forma de recordarle a la comunidad que ahí están, que están presentes y están buscando la manera de proteger a su gente” comenta Tapias.


Para los concesionarios los remedios ofrecidos por la universidad parecen no haber sido suficientes. En algunos casos, los dueños de los negocios no son grupos empresariales, sino pequeños empresarios que, sin operación, se han visto obligados a suspender y cancelar los contratos laborales de sus empleados, pues han dejado de recibir el ingreso principal para su sostenimiento.


Elizabeth Garzón, propietaria de la frutería Frut&Late en el bloque Z y concesionaria desde hace ocho años, cuenta que pudo pagar la quincena de sus empleados hasta el 30 de marzo. Le quedaron varios pagos pendientes e incluso con los alivios que ofreció la universidad durante abril y mayo Garzón siente incertidumbre frente a los próximos meses, se pregunta “¿Cuándo se reactiva la vida universitaria? ¿El siguiente semestre será también virtual? ¿Los estudiantes van a matricularse? ¿Van a venir a comprar? ¿Cómo vamos a cubrir los costos? No sabemos cuáles son las posibilidades. Todo es un gran… No sé”.





Además, considera que los negocios de la universidad están en desventaja frente a los de afuera del campus: “A todos les preocupa la situación de los comerciantes estando fuera de la universidad, pero ellos pueden hacer algo de domicilio, pueden inventarse algo, nosotros estamos metidos dentro de la universidad cerrada, no podemos hacer absolutamente nada, no hay forma de trabajar”. Hasta ahora Garzón ha intentado conseguir algunos mercados para los empleados y ha trabajado por estructurar un plan de domicilios, sin embargo dice que no sabe cuánto van a resistir.


Por otro lado, Anderson Londoño, copropietario de El Mono, considera que trabajar dentro de la universidad en estas épocas es incluso más complicado que tener el local de afuera. El Mono no solo es concesionario del local comercial en el bloque O, sino que es también proveedor de la universidad. Londoño siente que las cargas económicas que imponen en los comerciantes son injustas “tenemos que pagar, además de lo correspondiente al local, una comisión de ventas para el FOPRE, eso está muy bien para ayudarle a los estudiantes, pero no dicen quiénes son los que aportan y si lo dicen igual parece que se llevan el crédito”. Londoño le dijo a El Uniandino que los alivios de pagos que ha dado la universidad solo han sido para abril y mayo, y además ya se confirmó que no se suspenderá el FOPRE el próximo semestre, “que se aprieten un poquito ellos también”, considera Londoño.



De puertas para afuera


"dependemos 100% de los estudiantes, en este momento no hay nada qué hacer, ya estamos quebrados, pero nuestros planes son aguantar lo más que se pueda"

Los primeros pisos de las casas en las cuadras alrededor del campus han visto abrir y cerrar cientos de locales comerciales durante las pasadas décadas. La economía del sector dependía principalmente del flujo de estudiantes a lo largo del semestre, como contamos en esta historia sobre los vecinos de la universidad. La mayoría de estos establecimientos no tienen un vínculo formal con Los Andes, sin embargo, ahora parece que dependen por completo de sus decisiones.


Los nueve negocios con los que habló El Uniandino contaron historias similares: pugnas entre la insistencia de los arrendadores para cobrar y esfuerzos de los arrendatarios para conseguir rebajas, situaciones irregulares e inseguras para sus empleados y un bajada de ventas que supera el 90%.


Diego Espinosa, socio de Hot Dogs y más, administra dos restaurantes de comida rápida al lado de la universidad. En la normalidad empleaba a seis personas, pero desde que comenzó la virtualidad y la emergencia sanitaria decretada por el Gobierno Nacional, solo ha podido emplear a una persona cada semana. Su restaurante habilitó el servicio de domicilio, pero las ventas apenas han alcanzado entre 3%-5% de la operación regular. Además, no les ha pagado a sus empleados un salario fijo, sino que les paga día a día de acuerdo a las ventas. “Toca hacer fuerza para que la universidad retome las clases porque sino no aguantamos, lo que sea que aumentemos las ventas nos ayuda”, concluye Espinosa.


La situación no es muy diferente para Camilo Medina, hijo del propietario de El Peaje, negocio de arepas y empanadas abajo del bloque Aulas. Medina cuenta que desde el cierre de la universidad han permanecido cerrados y que en 15 años jamás se imaginó estar en una situación así: “dependemos 100% de los estudiantes, en este momento no hay nada qué hacer, ya estamos quebrados, pero nuestros planes son aguantar lo más que se pueda”, comenta Medina.



La panadería Doña Blanca fue de las primeras en abrir y hacer domicilios para los clientes. Han modificado los horarios y han disminuido su producción en más de 80%, según cuenta Carolina Sierra administradora e hija de la fundadora del negocio, Blanca Sierra. Sierra considera que ha sido una situación que los ha puesto a prueba en todo sentido y que deben ajustarse de cualquier forma a la nueva realidad. Su mamá, su hijo y su hermana también dependen económicamente de la panadería, y para ella no hay otra salida que “sacar nuevamente adelante la panadería entre los cuatro, hay que ser fuertes y no desfallecer”.


“detrás de un local no hay una sola persona. El dueño es el que se va a quebrar, pero detrás del dueño están los empleados y detrás de ellos están sus familias. Cuando usted cierra un local cierra un montón de gente”

Varios negocios aledaños a la universidad han planeado estrategias de domicilios y ventas para mitigar de alguna forma los efectos de la abrumadora reducción de la demanda en el barrio y llegar a otros sectores. Sin embargo, algunos otros parecen vivir en función exclusiva de la vida universitaria y la virtualidad ha desaparecido su razón de ser: las papelerías y fotocopiadoras.


El 11 de mayo se autorizó la reapertura de algunos sectores de la economía, entre ellos las papelerías. Las docenas de papelerías que rodean el campus se han ido restableciendo lentamente, pero sin estudiantes las ventas son irrisorias.


José Luis Pérez, propietario de Pacho Copias, entre el bloque Franco y CityU, comenta que la situación de las papelerías ya venía en crisis, el temor es que su función desaparezca por completo. “Yo creo que las papelerías en Los Andes están en peligro de extinción, las fotocopias han bajado mucho desde que todo se sube a Sicua, ahora cuando abran esto lo que va a pasar es que se van a cerrar los negocios, no hay cómo sostenerlos”. A Pérez le preocupa las sitaución actual y el futuro del negocio: “detrás de un local no hay una sola persona. El dueño es el que se va a quebrar, pero detrás del dueño están los empleados y detrás de ellos están sus familias. Cuando usted cierra un local cierra un montón de gente”.


En un panorama similar se encuentra Blanca Vera, propietaria de CopyAlina, fotocopiadora ubicada sobre el Eje Ambiental desde hace casi dos décadas. Vera admite que su rol en la universidad ya ha ido cambiando desde hace varios semestres, pero que la virtualidad le quitó la base de su negocio. Uno de sus ingresos fijos que aliviaba un poco la reducción de copias e impresiones consistía en ser proveedora de algunas facultades, pero con el cierre del campus tampoco se han vuelto a solicitar materiales. Incluso implementando domicilios, Vera sostiene que en la virtualidad su modelo de negocio es insostenible, el futuro le parece tan incierto que no está segura de cómo evolucionará su empresa. “La línea del negocio depende de lo que surge de la necesidad, ahora no hay necesidad para cubrir. Dependemos mucho de la Universidad de los Andes y esta situación va a hacer que ellos cambien su enfoque, no sé qué papel vayamos a jugar ahí”.


Hay otro matiz para la problemática, dejando a un lado los pronósticos financieros de los propietarios. Se trata de la situación de informalidad que se vive en la zona: en muchos negocios los empleados trabajan semestre a semestre, son llamados cuando inician las clases y en vacaciones buscan otro trabajo. Con la suspensión de la presencialidad, muchos trabajadores se fueron a sus casas y con ellos cualquier posible ingreso. Otros, que trabajan por turnos u ocasionalmente, reciben un pago muy inferior a lo establecido en la ley.


Yesid Rodríguez se presenta como desempleado, cuenta que ha trabajado durante siete años entre las papelerías cercanas a la universidad. “Eso funciona con un contrato palabreado, como por días. No hay prestaciones sociales, no hay cesantías, no hay ARL, nada de eso que tenga que ver con la ley, todo es negociado y siempre ha sido así. Igual, yo me ganaba casi dos mínimos y unas bonificaciones semestrales pero trabajaba más de las ocho horas legales”, cuenta Rodríguez sobre el clima laboral del sector.


Antes de la virtualidad, trabajaba en una de las fotocopiadoras del sector. Se fue a su casa el 12 de marzo, y habló unos días después con su jefe. Le dijeron que tocaba esperar hasta que la situación se normalizara. Desde entonces no ha vuelto a hablar con ellos y tampoco ha vuelto a recibir un pago o una ayuda. Cuenta que está buscando trabajo en cualquier lugar en el que se gane por lo menos un salario mínimo. Sobre el futuro siente que “si la universidad dice que vuelve a abrir un día, ese día volvemos a trabajar. Yo ni siquiera dependo del lugar en el que trabajo porque ellos dependen de las decisiones de la universidad”.


Así le sucede también a Luis Rodríguez, empleado de otra de las papelerías vecinas. Le dijo a El Uniandino que está “prácticamente sin trabajo y sin sueldo desde el 30 de marzo”. Los dueños del negocio lo han contactado para ayudarlo a acceder a un mercado. Sin embargo, comenta que será muy difícil volver a trabajar allá: “Todo está en suspenso, a uno le van habilitando más o menos la vida con las decisiones que toman. Si vuelven los estudiantes ahí vuelven las posibilidades de trabajo”. Su empleador ya le comunicó que si el próximo semestre era virtual sería imposible darles trabajo a todos los empleados que había antes, no los podrían sostener.



Paños de agua tibia


"Las ayudas del gobierno son para gente muy vulnerable, pero nosotros como independientes que tenemos locales estamos en un margen intermedio donde no nos cobija nada"

En un entorno en crisis las alternativas parecen no ser suficientes. Por un lado, la universidad suspendió por abril y mayo los cobros a los concesionarios. Además, como cuenta Karol Tapias, reunieron información sobre sus empleados para facilitar la aplicación a ser beneficiarios de uno de los mercados que entregó Positivo Para Solidaridad, campaña de Los Andes para dar alivios a los vecinos del sector.


Luz Ángela Gómez, directora de Progresa Fenicia, uno de los participantes y ejecutores de la campaña Positivo Para Solidaridad, cuenta que el grueso de las donaciones se ha usado para mercados y bonos de Sodexo redimibles por los vecinos. Estas medidas fueron originalmente previstas para ejecutarse hasta el 8 de mayo; sin embargo, Gómez cuenta que algunas líneas de ayuda a los negocios del sector siguen activas. Entre las principales están la fabricación y venta de tapabocas por miembros de la comunidad y las estrategias de difusión de los locales del barrio por medio de la creación de un directorio.


Aún así, no todos recibieron ayudas. Según Jessica Ballesteros, gestora social de Progresa Fenicia, los mercados y bonos se entregaron con base al grado de vulnerabilidad de la persona: “construimos una base de datos para clasificar las vulnerabilidades: madre cabeza de hogar, adulto de la tercera edad, trabajador informal, persona con discapacidad, migrante, ocupante del espacio público, persona menor de 5 años, habitante de calle. Una persona puede tener dos o tres vulnerabilidades y esto va aumentando el puntaje. Esa clasificación de vulnerabilidad entra en una fórmula con el número de personas del grupo familiar, así nos arroja el número de mercados y el valor promedio y la regularidad del bono Sodexo”. Los trabajadores, así no vivieran en el sector, podían solicitar que se caracterizara su puntaje de vulnerabilidad, pero para nadie era garantía que inscribirse se iba a traducir en una ayuda.





En todo caso, la posición de los negocios alrededor de la universidad es compleja, pero en muchos casos no todos los empleados ni propietarios ocupan los primeros lugares de vulnerabilidad para que les entreguen las ayudas, tanto privadas como estatales. “Las ayudas del gobierno son para gente muy vulnerable, pero nosotros como independientes que tenemos locales estamos en un margen intermedio donde no nos cobija nada” cuenta Smith Vega, propietario de Dissacell.


Frente a la inestable situación de los negocios, el Consejo Estudiantil de la Facultad de Administración (CEFA) recaudó fondos para entregar a papelerías cercanas a la universidad. Ana María Buitrago, presidente del CEFA, le comentó a El Uniandino que “ellos están en un punto medio, no son población vulnerable ni son asalariados con un trabajo fijo. Perdieron su principal fuente de sustento”. Así, con la donación de unos 100 mil pesos para cada integrante de la papelería se hizo un aporte a 42 familias de ocho de estos negocios cercanos al campus.


Después del temporal alivio de los aportes de estudiantes, organizaciones, fundaciones o los esfuerzos de la universidad, la permanencia de los propietarios y empleados de los negocios de la zona depende del desarrollo de las restricciones para el próximo semestre. Si la virtualidad continúa perderán su razón de ser.



La prueba del libre mercado


"Los Andes debería pensar en nosotros como una herramienta más para ellos, los hemos apoyado mucho, a los estudiantes los queremos y los hemos ayudado, somos parte de la comunidad, también le damos vida a la universidad"

Sobre las posibilidades para el próximo semestre Anderson Londoño, socio de El Mono, cree: “Si de mil estudiantes que había antes llegan cien, igual sería bueno. La competencia va a ser tenaz, tan poca gente para consumir en tantos locales”.


Al respecto, Juan Camilo Cárdenas, exdecano de la Facultad de Economía, considera que el regreso al campus va a ser gradual e híbrido, la disminución de población en el sector va a generar una caída “brutal” en la demanda. “Va a pasar lo mismo que se ve en una escala mayor de la economía: quienes tienen el músculo financiero para aguantar van a tener capacidad de evolución, transformación y adaptación, ese músculo financiero es el ahorro”. Para Cárdenas, es el momento de comenzar a explorar nuevas opciones de mercado y de comunidad, considerar los emprendimientos potenciales para la “nueva normalidad”.


En últimas, definir a quién le corresponde ayudar a los negocios dentro y fuera del campus plantea una nueva reflexión para Cárdenas acompañada de un elemento de equidad “¿Cómo encontrar un sistema que proteja a los más débiles que saldrán más aporreados? ¿Cuánta responsabilidad le cabe a la universidad? Es complejo, porque ¿qué es universidad? Pueden ser los estudiantes, los profesores, los directivos, los administrativos. Debemos definir qué haremos como comunidad”.


Con el retorno al campus, los concesionarios deberán respetar los lineamientos y costos de formalidad, bioseguridad y salubridad que ordene Los Andes, en contraste los negocios vecinos serán más independientes pero no se habrán podido beneficiar de manera directa de las alternativas que ofrece la universidad. En todo caso, tanto concesionarios como independientes, dependen de las decisiones de los directivos. “Lo que llamamos Uniandes es un reflejo pequeño de muchas cosas de este país: formalidad e informalidad, desigualdades enormes, algunos con mayor seguridad para asumir el futuro y otros no tanto...” termina Cárdenas.


“Los Andes debería pensar en nosotros como una herramienta más para ellos, los hemos apoyado mucho, a los estudiantes los queremos y los hemos ayudado, somos parte de la comunidad, también le damos vida a la universidad”, agrega Londoño.



Por: Susana Echavarría Medina y Samuel Malkún.

Fotografías: Cortesía de Felipe Acosta


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