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Crónicas de viaje: Chocó y Quibdó

En esta entrada, Paula Andrea Tavera, estudiante de la Pontificia Universidad Javeriana, habla sobre las labores que se han vuelto parte de la cultura de los pueblos. Más específicamente, explora sobre el apodado Gusano, quien construye comunidad y comercio a partir de su canoa. Y el viaje no termina ahí, nos relata sobre la experiencia de visitar un pueblo lleno de música: Soledad.


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Río Tutunendo - Chocó

Evadir las calles agrietadas y angostas para cuidar el paso de bicicletas, motos cargadas con bultos y peatones para salir del centro de Quibdó: ese es el camino al corregimiento de Tutunendo. A tan solo 14 kilómetros de la ciudad, por la vía Quibdó-Medellín, se encuentra este mágico lugar que se refugia entre la frescura de su naturaleza y la calidez de sus habitantes. Al bajar del bus que aún vibraba por los ritmos de la música, iniciamos la caminata por un sendero empedrado hacia las orillas del río que nos esperaba. El fuerte sol era más una alerta de lo refrescante que estaría al agua para aliviar las altas temperaturas. La escalera para bajar hacia las chalupas era de tablas flotantes sobre lodo, allí nos esperaba Florentino, Ramón Macario más conocido como Gusano y un niño de unos 8 años, quienes serían los guías en el recorrido por el río hacia las cascadas Sal de Frutas y Paloquemao.


El río Tutunendo significa río de aromas o fragancia en la lengua Emberá, su gran acogimiento permite divisar la naturaleza en su más brillante esplendor. El recorrido a las cascadas es de unos 15 minutos aproximadamente, en donde no solo el sonido de las chicharras y las corrientes de agua fresca acompañan, sino que Gusano y los demás canoeros deslumbran a los visitantes con anécdotas de su familia y sus experiencias en los años en que este territorio fue golpeado por la violencia, pero también por la valentía de hombres y mujeres en su lucha por un espacio y trabajo digno. Ser canoero es una tradición en este lugar y merece lo mejor, pues de generación en generación se ha enlazado un fuerte compromiso con el respeto del medio ambiente. Afirman que es sencillo enseñarle a los más jóvenes, pues es un trabajo que se disfruta por el placer de brindar nuevos conocimientos a los visitantes sobre la magia del departamento del Chocó.


La cascada Sal de Frutas fue parte de una hidroeléctrica en los años 70 pero hoy en día es el punto central del recorrido en chalupa, pues su aroma, sonido y tranquilidad brinda una calurosa bienvenida a quien se presente. En este mismo horizonte, la cascada Paloquemao reúne la diversión en el tobogán natural que ofrece en un costado, el cual es cubierto naturalmente por árboles de un verde majestuoso. Las risas nunca faltan cuando entre todos nos turnamos por subir a él, sin pensar en lo curiosa que sería la bajada.


El corregimiento y el río Tutunendo son la puerta de entrada al corazón de la naturaleza chocoana. La agricultura, pesca e intercambio comercial y cultural del territorio reúne la consciencia ambiental y la magia del departamento.


Barrio La Soledad – Quibdó

Estamos cerca al contagio de la alegría, el cual se transmite por la música y las sonrisas de las niñas y niños del barrio La Soledad en Quibdó. Para llegar a este gran corazón, se debe atravesar el río Atrato desde la plaza central de Quibdó en lancha y el recorrido es de unos 10 a 15 minutos. En el camino se observa la silueta de la ciudad, destacando las torres de la iglesia principal, poco a poco los minutos nos acercan a pequeñas casas de donde salen familias a saludar y curiosear por el sonido de los motores de las lanchas, mientras que a pocos metros, los niños chapucean a las orillas del río.



Para distinguir y saber que se ha llegado a La Soledad, se observa una draga de tonos vino tintos y anaranjados que son más del óxido y el olvido. Esta permanece habitada o, más bien, decorada con sábanas y unas cuantas cosas de quienes pasan horas, días y quién sabe si meses, tratando de arreglar la monumental herramienta. Pero la atención a tan gran objeto se pierde cuando pocos segundos después, salen disparadas niñas y niños a la espera de nuestra llegada. Al bajar de las lanchas hay que cuidarse de no dar un paso en falso sobre la playa de piedras que cubre al barrio, y por ello los niños escoltan a los visitantes cogiéndolos de las manos y contándoles sobre sus familias, la draga, la escuela y, sin dejarlo de lado, la increíble discoteca Afrika.


Es el primer lugar que se visita, que a tan solo unos pocos metros los pies, el cabello y hasta las caderas ya estarás moviendo a los ritmos del reggaetón y la champeta. Los niños mueven sillas y mesas para dedicarse a bailar sin control en la pista, dando sus mejores movimientos con las sonrisas más genuinas. Este lugar es el corazón del barrio, pues los bafles gigantes que los acompañan hacen vibrar a todos sus habitantes, sin dejar algún rastro de soledad como el nombre del pueblo indica. Al contrario, es maravilloso como todos, inclusive los más adultos, disfrutan al ver a las generaciones más jóvenes bailarse y gastarse la vida en la música y la danza.


Más adelante, la pequeña escuela cuenta con un terreno amplio como cancha de fútbol o espacio para las reuniones de todos los habitantes. Al caminar los estrechos senderos formados por tablas sobre lodo y gran vegetación alrededor, se encuentran las casas de madera construidas sobre palos altos que las protegen de las fuertes inundaciones generadas por el río Atrato. Cabe aclarar que no cuentan con alcantarillado y la recolección de basura ha sido uno de los temas más fuertes a tratar dentro de la comunidad. La mayoría de las casas mantienen sus puertas abiertas como muestra de confianza entre ellos y los visitantes, pues uno que otro invita a jugar cartas, un jugo o tan solo una charla, como intercambio cultural.


En esas, tuve la oportunidad de visitar la casa de mi tocaya, una niña de 12 años que también se llamaba Paula Andrea. Me presentó a su mamá y conversamos sobre lo difícil que puede ser vivir allí, pues prácticamente dependen de la economía del mercado central de Quibdó. No obstante, me recalcó el valor que los niños le dan al barrio, pues aquello que lo hace vibrar es la diversión y la danza de todos en la discoteca Afrika y en las actividades que se realizan con ellos, para transmitirles consciencia ambiental y valores para su futuro.


Pasar el día con ellos es la carga de energía más espontánea y especial, pues desde el baile, la música, la fotografía y el juego se enlazan vínculos extraordinarios con cada uno de ellos. El cuerpo se nutre de amor.

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Por: Paula Andrea Tavera, estudiante de Comunicación Social y Artes Visuales de la Pontificia Universidad Javeriana

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