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Baby la vida es un ciclo...y las artes también


La originalidad es uno de esos conceptos que se pueden definir desde infinitas perspectivas, y del que brotan aún más preguntas. ¿Ser original es realmente inventar algo nuevo? Pero, ¿no está todo inventado ya? A propósito, un versículo del libro Eclesiastés, I, 9-10 dice lo siguiente: “¿qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol. ¿Hay algo de lo que se pueda decir: he aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido.”

De acuerdo con lo anterior, me parece importante dar cabida a la reutilización de las temáticas a la hora de definir algo como original. Así como la naturaleza está mandada por cadenas tróficas, donde un organismo resulta el sustento del siguiente en la sucesión, en el arte también aparecen estas dinámicas de encadenamiento. La inspiración también puede verse de esa forma: engullir una idea anterior y transformar su “energía” en una reinterpretación. Dicen que la vida imita el arte, pero también sucede en sentido contrario. Por lo tanto, no porque antes existiera una impresión de un tema en una forma específica y el artista se encargue únicamente de reformarla se debe considerar la obra final como menos “original”. El agobio por surgir con nuevos conceptos es un esperpento que persigue al artista desde que empieza a crear –Twenty One Pilots concordaría conmigo en temas como Stressed Out–. Esta es la idea del versículo de Eclesiastés citado anteriormente. Al final, la creación es un ciclo infinito de traducción de formatos pasados a nuevas obras.

Como dijo Bad Bunny: “Baby la vida es un ciclo, y lo que no sirve yo no lo reciclo”; pero hay mucho que sí sirve, y que sí puede reciclarse. Ahora, es clave exhortar al lector a no asociar lo cíclico al estancamiento. La ciclicidad da cabida a la transformación y, con eso, al progreso. ¿O acaso no es esta la base de la evolución? La replicación del código genético como oportunidad para realizar pequeños cambios –mutaciones– que acumulados den lugar a un organismo diferente. De nuevo, el arte imita a la vida. Los ciclos están en todas partes, y, aunque suene algo insensato, son puertas a la originalidad.


La definición de originalidad fue una discusión que Borges también llevó en su obra. Así, en El Inmortal, el autor igualmente citó el fragmento de Eclesiastés que aparece al inicio de esta nota. Además, escribió un poema al respecto (de título homónimo al del primer versículo), con una estrofa en específico que me resultó muy bella –y conveniente– como para no incluirla:


“Repito lo cumplido innumerables veces en mi camino señalado. No puedo ejecutar un acto nuevo, Tejo y torno a tejer la misma fábula, Repito un repetido endecasílabo”

Sin embargo, ¿de dónde viene esta repetición? Aristóteles afirmaba que antes que sentidos, tenemos sentimientos. En consecuencia, no definimos, no representamos un sentimiento antes de haberlo experimentado. A lo mejor, la inspiración surge entonces de experimentar en otra obra lo que el artista siente y busca representar, identificándose. Pero, para que esto fuera cierto, el producto de ambas creaciones debería despertar, al final, el mismo sentimiento – al menos en el artista–. De lo anterior emergen muchas excepciones pues, si se afirmase que una obra tiene un “fin último” este estaría sujeto a muchas transformaciones a lo largo de la creación. De esta manera, un cuadro puede resultar evocando sentimientos completamente contrastantes a aquellos que surgen en la obra de la que fue inspirado.


El cine no es ninguna excepción a todo lo anterior, pues lo visual da pie a la inspiración a partir de grandes obras de arte. Así, hay infinitas ocasiones en las que los directores han hecho pequeños guiños a artistas pictóricos, reinterpretando pinturas de todo tipo en ciertas escenas de sus películas. Al final, las obras dialogan entre sí, reforzando o contradiciendo los sentimientos que tanto el cuadro como la escena infunden. A continuación, una recopilación de algunos de mis casos preferidos:


Las aventuras del barón de Munchausen (1988), Gilliam - El nacimiento de Venus (1486), Boticelli


No es de extrañar que, entre estas reproducciones, figure una surgida de una obra maestra. El nacimiento de Venus, de Sandro Boticelli, fue pintado hacia la mitad de la década de 1480. No será novedad para nadie mencionar que es una de las pinturas más famosas del mundo. Por lo tanto, resulta casi lógico que una de las primeras veces que se dieron estos casos de inspiración pictórica en el cine, fue a partir de un clásico.


Solo en el cuadro puede verse, de nuevo, el tema de la reinterpretación, en este caso de la mitología. Observar el nacimiento de Venus es ver la literatura de Ovidio a través de los ojos de Boticelli. Esta toma de Las aventuras del barón de Munchausen implica ver este cuadro a través de los ojos de Terry Gilliam. Está claro que este tema es uno de esos que sirve y vale la pena reciclar, que no envejece.



Psycho (1960), Hitchcock - Casa junto a las vías del tren (1925), Hopper



Si los clásicos artísticos no se salvan de la reinterpretación, tampoco lo hacen los cinematográficos. Las escenas de Hopper, me atrevería a decir, son de las más reinterpretadas; sirviendo como ejemplo no solo esta, sino New York Movie, Nighthawks y El sol de la mañana. Reconsiderar sus cuadros es un ejercicio cada vez más común para los estudiantes de cine. Y no solo para ellos, incluso para Alfred Hitchcock. Casa junto a las vías del tren fue el modelo a seguir para su película Psycho. El aire solitario de la casa refleja muy bien el desequilibrio de Norman Bates. Y no solo la de él, también la de la familia Adams, pues este cuadro también inspiró la casa de dicha película.


Melancholia (2011), Von Trier – Ofelia (1852), Everett



A pesar del punto de vista del espectador, este es uno de esos casos que me hacen creer que el artista se inspira porque ve en el cuadro lo que quiere mostrar en la película. Ambas imágenes transmiten un mensaje de desesperación, y el diálogo entre ellas resulta verdaderamente armónico. Es más, la imagen plasmada por Everett representa muy bien la sensación de la película –la desesperanza, el pesimismo–, más que únicamente esta escena.

Ahora, sí hay artistas que son muy reinterpretados, como Hopper, hay otros que gustan mucho de reinterpretar, como Lars Von Trier. Melancholia no es su única reproducción, dos años después, en Ninfomaníaca, representó The Dying Artist (1901) de Zygmut.


Moonrise Kingdom (2012), Anderson - To Prince Edward Island (1965), Colville



Si la conversación anterior entre las obras era concordante y armoniosa, esta resulta disonante, aunque inicialmente no lo parezca. El personaje ilustrado por Colville parece buscar dar la sensación de estar mirando a la lejanía; sin embargo, en Moonrise Kingdom el objetivo de Suzy y sus binoculares es acercarse a Sam.


Shutter Island (2010), Scorsese - The Kiss (1909), Klimt


Que una escena reproducida conserve su similitud al cuadro en el que originalmente se inspiró es más sencillo en unos casos que en otros. Sin duda, nada que tenga que ver con Klimt resulta simple, y El beso no es la excepción. De esta comparación en específico, muchos critican que no es lo suficientemente semejante como para ser resaltada. No obstante, considero que esta es una de las más interesantes... ¡qué más complejo que imitar exitosamente a Klimt!


El laberinto del Fauno (2006), Del Toro - Saturno devorando uno de sus hijos (1823), Goya



Este caso es diferente al resto de los de la lista. A pesar de que no se trate de una copia fiel, la evocación de ambas obras tiene el mismo objetivo. En medio de lo macabro seguramente Goya y Del Toro debían tener el mismo sentimiento. La inspiración es clara, así la escena haya evolucionado lejos del cuadro. En esta ocasión, el tema de la originalidad se hace bastante presente. El efecto de las imágenes es análogo, la inspiración viene de una fuente preexistente y aún así la transformación resulta en algo completamente diferente y a la vez exactamente igual. En este caso, ¿es Guillermo Del Toro original? En mi opinión, claro que sí.


Moonlight (2016), Jenkins - El traje de noche (1954), Magritte



Para terminar, una comparación que me trae mucha paz. A pesar de estar frente a sujetos virtualmente opuestos –en términos de raza, género, incluso extremos del océano Atlántico–, ambas imágenes despiertan la misma emoción en el espectador. La calma que trae cualquiera de los dos cuadros es fruto de la psicología del color. Probablemente, tanto en este caso como en muchos de los anteriores, el uso de paletas de color similares es un factor importante a la hora de dar lugar a una conversación serena entre obra inspirada y obra inspiración, aunque haya muchos otros decisivos.


Entonces, espero haber añadido una definición más al término originalidad, en la cual no sea imperativo aparecer con algo nuevo, sino que acoja la transmutación como otro rumbo de creación.


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Por: Andrea P. Gómez Jaime










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